Para qué sirven realmente las gárgolas: el mito del monstruo y la verdad del desagüe

Gárgola de piedra con función de desagüe en la catedral de Notre-Dame de París

Subir a lo alto de una catedral gótica y encontrarse cara a cara con una gárgola sigue provocando el mismo efecto de siempre: un escalofrío. Bocas abiertas, colmillos, alas de murciélago, miradas fijas sobre la ciudad. Durante siglos se ha asumido que estaban ahí para asustar a los fieles, para representar el mal acechando fuera del templo o, como mínimo, para decorar. Nada de eso es la razón real. Las gárgolas existen por un motivo mucho más aburrido y mucho más ingenioso a la vez: sacar el agua de lluvia del tejado sin que se cuele por la piedra.

Una palabra que suena a lo que hace

El propio nombre delata su función. «Gárgola» viene del francés antiguo gargouille, que significaba literalmente «conducto por el que fluye el agua», y esa palabra a su vez nace de una raíz imitativa, garg-, que reproduce el sonido del agua al pasar por la garganta. La misma raíz dio origen al verbo «gargarizar» y a la palabra inglesa gargle (hacer gárgaras). Es decir: antes de ser un monstruo de piedra, gárgola era, literalmente, «la cosa que hace glu-glu cuando pasa el agua».

El problema real que resolvían

Las catedrales góticas son, sobre todo, edificios enormes de piedra tallada, y la piedra tiene un enemigo silencioso: el agua de lluvia que resbala por los muros año tras año. Si el agua caía directamente desde el tejado por la fachada, acababa filtrándose entre los bloques y disolviendo poco a poco el mortero que los mantenía unidos, debilitando la estructura entera con el tiempo. La solución de los arquitectos medievales fue tan simple como eficaz: tallar un canalón con forma de criatura, hueco por dentro, que recogiera el agua del tejado y la lanzara lejos de la base del muro, normalmente por la boca abierta de la figura.

Ahí está también la razón de que casi nunca hubiera una sola gárgola, sino filas enteras de ellas repartidas por todo el perímetro del edificio. Cuantos más desagües, menos agua tenía que evacuar cada uno, y menos castigaba el chorro a la piedra del suelo donde caía. Una gárgola solitaria intentando drenar todo un tejado se habría convertido, con lluvias fuertes, en una manguera capaz de erosionar cualquier superficie en pocos años.

Varias gárgolas y quimeras talladas en la fachada de una catedral gótica
Varias gárgolas y quimeras juntas en la fachada de una catedral gótica: cuantas más, menos agua tenía que evacuar cada una.

Gárgola no es sinónimo de monstruo de piedra

Aquí está el detalle que casi nadie tiene en cuenta: técnicamente, muchas de las criaturas que la gente llama «gárgolas» en fotos y postales no lo son. Si una figura tallada no cumple función de desagüe y es puramente decorativa, el término correcto es «grotesco» o «quimera», no gárgola. Las famosas figuras pensativas y melancólicas que vigilan París desde lo alto de Notre-Dame, tan fotografiadas, son en realidad quimeras: se añadieron en el siglo XIX, durante la restauración del edificio dirigida por Eugène Viollet-le-Duc, y no tienen ningún canalón interior. Son arte puro, sin fontanería. La distinción parece menor, pero resume bien la historia completa: una gárgola es, ante todo, una pieza de ingeniería hidráulica disfrazada de monstruo.

Quimera de piedra sin función de desagüe en lo alto de Notre-Dame de París, con la ciudad al fondo
Esta famosa figura de Notre-Dame es en realidad una quimera, no una gárgola: no tiene canalón de desagüe, es puramente decorativa.

La leyenda que le dio nombre a un dragón

Aunque la explicación técnica es prosaica, la tradición popular medieval no se conformó con «es un canalón» y le construyó su propia leyenda de origen. Cuenta la historia que, en el siglo VII, un dragón llamado la Gargouille aterrorizaba los alrededores de la ciudad francesa de Ruan, devorando barcos y viajeros a orillas del río Sena. San Romano, obispo de la ciudad, se ofreció a enfrentarse a la bestia con la única condición de que, si la vencía, los habitantes se convirtieran al cristianismo. Logró someterla, la llevó de vuelta a Ruan y allí fue quemada, salvo la cabeza y el cuello, demasiado curtidos por su propio aliento de fuego para arder. Esa cabeza se montó entonces en el muro de la catedral recién construida, como advertencia y protección. La leyenda es casi con certeza posterior a la palabra, inventada para explicar un nombre que ya existía, pero explica por qué durante siglos se pensó que aquellas criaturas de piedra alejaban a los espíritus malignos.

De las catedrales góticas a hoy

Las gárgolas más antiguas que se conocen decoran la catedral de Laon, en Francia, y datan de alrededor del año 1200. A partir de ahí la moda se extendió por toda la arquitectura gótica europea durante los siglos siguientes. Su declive llegó con la modernidad: desde el siglo XVIII, la generalización de tuberías y canalones metálicos de bajada hizo innecesario tallar un canalón nuevo con forma de criatura cada vez que hacía falta evacuar agua de un tejado. La función que resolvían sigue siendo exactamente la misma en cualquier edificio actual, solo que ahora se oculta dentro de un tubo de PVC en lugar de en las fauces de un grifo de piedra. La próxima vez que llueva y el agua desaparezca discretamente por un bajante de plástico, vale la pena recordar que, durante setecientos años, ese mismo trabajo lo hacía un monstruo tallado a mano, cuya cara aterradora escondía el gesto más práctico de toda la catedral.

V
Víctor Díaz

Autor de Historia Curiosa. Apasionado de la historia y de sus grandes preguntas: batallas, imperios, personajes y curiosidades que explican el mundo de hoy.