El 97 % del agua del planeta es salada. La lluvia, los ríos y la mayoría de los lagos, en cambio, son dulces. Si toda esa agua viene, en última instancia, del mismo ciclo del agua, ¿de dónde sale la sal que termina concentrada casi exclusivamente en el mar?
La sal viene de dos fuentes distintas
La primera fuente es la erosión de las rocas continentales. La lluvia no es agua pura: contiene dióxido de carbono disuelto, lo que la vuelve ligeramente ácida. Al caer sobre las rocas, esa acidez las disuelve muy despacio y libera minerales, entre ellos sodio y cloro, los mismos elementos que forman la sal común. Los ríos arrastran esos minerales disueltos, en cantidades minúsculas en cada gota, hasta el mar. Repetido durante miles de millones de años, ese goteo constante se traduce en una acumulación descomunal.
La segunda fuente está bajo el propio océano. En el fondo marino existen fuentes hidrotermales, grietas donde el agua entra en contacto con el magma y sale cargada de minerales disueltos a alta temperatura. Las dorsales oceánicas, las grandes cordilleras submarinas donde se forma nueva corteza terrestre, contribuyen de forma significativa a esa entrada constante de sales directamente al agua, sin pasar por ríos ni por la superficie continental.

El detalle que lo explica todo: el mar no tiene salida
Aquí está la clave de por qué la mayoría de los lagos no acumulan sal aunque reciban los mismos minerales disueltos. Casi todos los lagos tienen salida: el agua entra por ríos y sale por otros ríos, de modo que los minerales disueltos no se quedan acumulados, sino que siguen su camino río abajo. El agua dulce entra y sale de forma continua, arrastrando consigo la sal antes de que pueda concentrarse.
El océano, en cambio, funciona como un lago endorreico gigante: el agua llega por miles de ríos de todo el planeta, pero solo sale por evaporación. Y ahí está el mecanismo que lo cambia todo: cuando el agua se evapora para formar las nubes, la sal no se evapora con ella. Los minerales disueltos se quedan atrás, en el agua que permanece, mientras el ciclo del agua sigue devolviendo agua dulce a la superficie en forma de lluvia. El resultado, repetido durante eones, es una acumulación progresiva de sal que no tiene forma de escapar.
Los lagos que sí se vuelven salados
La excepción confirma la regla. Los lagos endorreicos, esos que como el océano no tienen salida hacia el mar, siguen exactamente la misma lógica y terminan salados. El mar Muerto, el Gran Lago Salado en Utah o el mar Caspio son los ejemplos más conocidos: reciben agua de ríos, mineral tras mineral, y solo la pierden por evaporación, así que la sal se concentra progresivamente igual que en un océano en miniatura. El mar Muerto, de hecho, es tan salado (unas diez veces más que un océano normal) que su elevadísima densidad es lo que hace flotar a cualquiera que se meta en él.

Un equilibrio que lleva millones de años estable
Un dato que suele sorprender: la salinidad del océano no sigue subiendo sin parar. Se estabilizó hace millones de años porque la tasa a la que entra sal, por ríos y por volcanismo submarino, se compensa aproximadamente con la que se retira del agua y queda depositada en el fondo marino en forma de sedimentos minerales y estructuras de organismos marinos. Es un sistema en equilibrio dinámico, no una acumulación indefinida.
Para hacerse una idea de la magnitud de todo ese proceso: si pudiera extraerse toda la sal disuelta en el océano y repartirse de forma uniforme sobre toda la superficie terrestre, cubriría continentes y fondos marinos por igual con una capa de aproximadamente 150 metros de espesor. Esa es, en números, la respuesta a por qué el mar sabe a sal y un lago de montaña no: no es un ingrediente añadido, es la consecuencia inevitable de miles de millones de años sin una puerta de salida.

