Entre todas las guerras que ha librado la humanidad, la más larga de la historia tiene un mérito insólito: no causó una sola víctima, no se disparó ni un cañón y, durante la mayor parte de su duración, ninguno de los dos bandos recordaba siquiera que seguía en pie. Duró oficialmente trescientos treinta y cinco años, enfrentó a una de las grandes potencias europeas con un diminuto archipiélago de pescadores y terminó con un apretón de manos y una sonrisa. Es la llamada Guerra de los Trescientos Treinta y Cinco Años, entre los Países Bajos y las islas Sorlingas.
La historia parece un chiste, pero tiene raíces perfectamente serias en uno de los conflictos más sangrientos de la Inglaterra del siglo XVII.
Una Inglaterra partida en dos
Para entenderla hay que remontarse a la Guerra Civil inglesa, que enfrentó entre 1642 y 1651 a los partidarios del rey Carlos I, los realistas, con los del Parlamento. Fue una contienda brutal que acabó con la ejecución del propio monarca en 1649 y con la victoria del bando parlamentario, liderado por Oliver Cromwell. Los realistas, derrotados en tierra firme, se vieron obligados a replegarse hacia sus últimos reductos.
En aquel enfrentamiento, la joven República de las Provincias Unidas, es decir, los Países Bajos, tomó partido por el Parlamento, que era el bando con más posibilidades de ganar y con el que mantenía estrechos lazos comerciales. Los neerlandeses eran entonces una potencia naval de primer orden, y su alianza con los parlamentarios tendría, sin quererlo, una curiosa consecuencia lejana.

El último refugio realista
Mientras el Parlamento se imponía en el continente británico, una parte de la flota realista logró refugiarse en las islas Sorlingas, un pequeño archipiélago situado frente a la punta de Cornualles, en el suroeste de Inglaterra. Desde allí, aquellos barcos leales al rey, convertidos en corsarios, hostigaban el tráfico marítimo que cruzaba el canal, y entre sus víctimas figuraban numerosos mercantes neerlandeses, que sufrían capturas y pérdidas cuantiosas.
Las Sorlingas eran, y siguen siendo, un rosario de islotes de clima suave y aguas peligrosas, célebres por sus numerosos naufragios. Su posición estratégica a la entrada del canal de la Mancha las convertía en un enclave valioso para cualquiera que quisiera vigilar el paso de los barcos entre el Atlántico y el norte de Europa. Por eso los realistas se aferraron a ellas cuando ya lo habían perdido casi todo en tierra firme: eran una base ideal desde la que seguir hostigando al enemigo por mar.
Los Países Bajos, hartos de ver cómo sus barcos eran apresados desde aquel nido realista, decidieron actuar. En 1651 enviaron a las Sorlingas a uno de sus almirantes más prestigiosos, Maarten Tromp, con la misión de exigir reparaciones por los daños sufridos. Al no obtener una respuesta satisfactoria, los neerlandeses dieron el paso formal que originaría toda la leyenda.

Una declaración de guerra muy peculiar
Aquí está la clave de todo. Como el resto de Inglaterra estaba en manos del Parlamento, aliado de los neerlandeses, estos no podían declarar la guerra a Inglaterra sin más. Así que hicieron algo insólito: declararon la guerra específicamente a las islas Sorlingas, aquel pedazo de territorio todavía en poder de los realistas. Una potencia europea entera entraba oficialmente en guerra con un archipiélago de apenas unos kilómetros cuadrados.
El conflicto, sin embargo, se resolvió a toda prisa y sin violencia. Poco después, las fuerzas parlamentarias, al mando del almirante Robert Blake, presionaron a la guarnición realista de las Sorlingas hasta obligarla a rendirse. Sin enemigo contra el que combatir, la flota neerlandesa se marchó de vuelta a casa sin haber disparado un solo tiro. Todo había terminado en cuestión de meses.
Trescientos treinta y cinco años de olvido
Todo, salvo un detalle. En medio de aquel ajetreo, nadie se acordó de firmar la paz con las Sorlingas. La declaración de guerra se había dirigido contra el archipiélago de manera aislada, y cuando la guarnición realista se rindió a los parlamentarios, el pequeño conflicto quedó simplemente olvidado, sin tratado que lo cerrara oficialmente. En teoría, y solo en teoría, aquel estado de guerra siguió vigente.
Durante más de tres siglos, la vida transcurrió con absoluta normalidad. Las islas Sorlingas siguieron dedicándose a la pesca y, más tarde, al turismo; los Países Bajos se convirtieron en un próspero reino europeo. Ninguno de los dos bandos movió un dedo, entre otras cosas porque nadie recordaba que estuvieran enfrentados. La guerra existía únicamente sobre un papel amarillento que nadie había vuelto a leer.
Que un descuido burocrático se prolongara durante más de tres siglos puede parecer inverosímil, pero tiene su lógica: sencillamente, a nadie le convenía ni le interesaba reabrir el asunto. No había territorio en disputa, ni reparaciones pendientes, ni tensión alguna entre neerlandeses y británicos que justificara desempolvar un viejo agravio contra un puñado de islas. El olvido, en este caso, fue la forma más cómoda de convivencia.
Cómo una guerra puede durar sin librarse
El caso de las Sorlingas ilustra una peculiaridad del derecho y la diplomacia: una guerra no termina cuando cesan los combates, sino cuando las partes firman formalmente la paz. Mientras no exista ese documento, dos territorios pueden considerarse técnicamente enemigos aunque lleven siglos sin dispararse. La historia ofrece otros ejemplos de estados de guerra prolongados por simples olvidos administrativos o por la desaparición de uno de los bandos antes de rubricar el acuerdo definitivo.
Lo que hace único al conflicto de las Sorlingas es la desproporción entre su duración y su intensidad. Muchas contiendas han sido más largas sobre el papel, pero pocas han combinado tantos años de vigencia con una ausencia tan absoluta de hostilidades. En la práctica nunca hubo frente, ni ejércitos movilizados, ni fronteras cerradas: solo un expediente traspapelado que nadie se molestó en cerrar y que, precisamente por inofensivo, tampoco nadie tuvo prisa por resolver.
La paz de 1986
El asunto podría haber quedado en el olvido para siempre de no ser por la curiosidad de un historiador local. En 1985, el presidente del Consejo de las Sorlingas oyó hablar de la vieja leyenda y decidió llegar al fondo del asunto. Escribió a la embajada neerlandesa en Londres para preguntar si aquella guerra ancestral seguía técnicamente en vigor. Tras revisar los archivos, los diplomáticos confirmaron que, en efecto, no constaba ningún tratado de paz: sobre el papel, ambos territorios podían seguir en guerra.
La solución fue tan elegante como festiva. El 17 de abril de 1986, el embajador de los Países Bajos viajó en persona a las islas Sorlingas y firmó allí un tratado que ponía fin, por fin, a trescientos treinta y cinco años de conflicto. Según se cuenta, el embajador bromeó diciendo que debía de haber sido inquietante para los isleños vivir todo aquel tiempo sabiendo que los neerlandeses podían haber atacado en cualquier momento.
Conviene añadir una nota de prudencia: varios historiadores dudan de que aquella guerra fuera jamás legalmente válida, ya que no está claro que la declaración original reuniera todos los requisitos formales de un conflicto entre Estados soberanos. Sea como fuere, la anécdota se ha ganado un lugar entrañable en la historia. En un mundo acostumbrado a que las guerras dejen ruinas y cementerios, resulta reconfortante recordar aquella que duró más que ninguna y, sin embargo, no hizo daño a nadie. Su único disparo fue, al cabo de tres siglos, el corcho de una botella descorchada para celebrar la paz.
