La momia con pasaporte: el increíble viaje de Ramsés II a París

La momia con pasaporte: el increíble viaje de Ramsés II a París

Un faraón enfermo tres mil años después

Ramsés II reinó sobre Egipto durante unos sesenta y seis años, allá por el siglo XIII antes de Cristo. Fue uno de los faraones más poderosos y célebres de toda la historia egipcia, constructor incansable de templos colosales y protagonista de la famosa batalla de Kadesh. Se le conoce a veces como Ramsés el Grande, y no es para menos. Pero esta historia no trata de sus conquistas, sino de un viaje que emprendió más de tres milenios después de su muerte.

Su momia, hallada en el siglo XIX y conservada desde entonces en El Cairo, empezó a deteriorarse gravemente a mediados del siglo XX. Un enemigo invisible atacaba el cuerpo del faraón, y los especialistas egipcios comprendieron que necesitaban ayuda urgente para salvarlo. La solución llevó a una de las anécdotas más surrealistas y entrañables de la historia de la arqueología: un faraón muerto tres mil años atrás tuvo que tramitar un pasaporte.

Ramsés II
Estatua de Ramsés II, uno de los faraones más poderosos del Antiguo Egipto

El culpable: un hongo microscópico

El problema que amenazaba a la momia era biológico. Con el paso de las décadas, el cuerpo de Ramsés se había convertido en terreno fértil para hongos y bacterias que iban devorando lentamente sus tejidos. Los conservadores observaron con alarma cómo el estado del faraón empeoraba, y las técnicas disponibles en Egipto no bastaban para frenar el avance del deterioro.

En aquel momento, los laboratorios franceses figuraban entre los más avanzados del mundo en el estudio y la conservación de restos antiguos. Por eso, a mediados de la década de 1970, las autoridades egipcias tomaron una decisión sin precedentes: enviar la momia a París para que un equipo de expertos la examinara a fondo, identificara el agente que la atacaba y la sometiera a un tratamiento capaz de detener la infección. Nunca antes un faraón había salido de Egipto de aquella manera.

Un pasaporte para un muerto ilustre

Aquí surgió el obstáculo más inesperado. La legislación exigía que cualquier persona que saliera del país, viva o muerta, contara con la documentación en regla. Trasladar un cuerpo a través de fronteras internacionales requería papeles oficiales, y una momia no era una excepción. Así que las autoridades egipcias hicieron lo único que podían hacer: expidieron un pasaporte oficial a nombre de Ramsés II.

El documento incluía sus datos y una fotografía del rostro momificado. En el apartado de profesión u ocupación figuraba, con toda solemnidad, «rey (fallecido)». De este modo, el faraón que había gobernado el valle del Nilo en la época de las grandes construcciones se convirtió, oficialmente, en el titular de un pasaporte moderno. Es, casi con seguridad, el documento de viaje más antiguo de la historia por la edad de su portador.

Honores de jefe de Estado en París

El viaje se organizó con una pompa asombrosa. Cuando el avión que transportaba la momia aterrizó en el aeropuerto de París, Ramsés II no fue recibido como una carga arqueológica cualquiera, sino como lo que en vida había sido: un monarca. Las autoridades francesas le rindieron honores militares propios de un jefe de Estado, con guardia formada y ceremonia oficial en la pista.

La escena tenía algo de irreal y a la vez de profundamente respetuoso. Un rey egipcio de la Antigüedad, envuelto en vendas de lino de más de tres mil años, era saludado con todo el protocolo que se reserva a los grandes dignatarios. Aquel gesto reconocía no solo el enorme valor histórico de la momia, sino también la dignidad que se le atribuía como antiguo soberano. Pocos viajeros han sido recibidos con semejante ceremonia.

Momia
Las momias egipcias se conservan gracias a un cuidadoso proceso de embalsamamiento

La prensa de la época se hizo eco del acontecimiento con una mezcla de asombro y solemnidad. No todos los días un país europeo recibe a un rey que gobernó cuando aún no se habían levantado los grandes templos de la Grecia clásica. Para muchos ciudadanos, ver desfilar a la guardia en honor de una momia resultaba casi surrealista; para los egiptólogos, en cambio, era el reconocimiento merecido a una de las figuras cumbre de la Antigüedad. El faraón viajero se convirtió, durante unos días, en la celebridad más antigua del mundo.

El regreso a casa

Ya en París, la momia fue estudiada por un amplio equipo de científicos que la sometieron a análisis detallados. Identificaron el hongo responsable del deterioro y trataron el cuerpo para eliminar la infección, empleando técnicas modernas de conservación. Gracias a aquel esfuerzo, se logró frenar el proceso que amenazaba con destruir uno de los testimonios más valiosos del Antiguo Egipto.

El examen también aportó datos fascinantes sobre el faraón: su avanzada edad al morir, los achaques que sufrió, e incluso rasgos como el color rojizo de su cabello. Concluido el tratamiento, la momia regresó a Egipto en perfecto estado de conservación. Hoy se exhibe junto a otros reyes en un museo de El Cairo, a salvo del hongo que estuvo a punto de acabar con lo que ni siquiera tres mil años de historia habían logrado destruir.

El largo sueño de una momia

Antes de subir a un avión, el cuerpo de Ramsés II ya había protagonizado una odisea de tres mil años. El faraón fue enterrado en su tumba del Valle de los Reyes, una gran sepultura excavada en la roca y decorada para acompañarlo en el más allá. Pero en los siglos posteriores el saqueo de tumbas se convirtió en una auténtica plaga, y los sacerdotes egipcios, temerosos de que los ladrones profanaran a sus reyes, tomaron una decisión drástica para protegerlos.

Reunieron las momias reales y las escondieron en depósitos secretos. La de Ramsés II acabó, junto a la de otros grandes faraones, en un pozo oculto cerca de Deir el-Bahari, donde permaneció olvidada durante casi tres milenios. Allí la encontraron en el siglo XIX, cuando el hallazgo de aquel escondite lleno de reyes momificados asombró al mundo y enriqueció los museos de El Cairo. El faraón había cambiado varias veces de morada mucho antes de conocer los aeropuertos y los pasaportes.

Ese largo periplo explica también el excepcional valor del cuerpo. No se trata de una momia cualquiera, sino de uno de los soberanos mejor documentados de toda la Antigüedad, cuyo rostro todavía podemos contemplar hoy. Perder ese testimonio por culpa de un hongo microscópico habría sido una tragedia para el conocimiento del Egipto faraónico, y de ahí la determinación con que se organizó el rescate y el viaje hasta Francia.

Visto así, el pasaporte y los honores militares no fueron un capricho excéntrico, sino el último eslabón de una larga cadena de cuidados. Desde los sacerdotes que lo ocultaron de los saqueadores hasta los científicos que lo trataron en París, generaciones enteras se han esforzado por conservar a Ramsés II. Su viaje al extranjero fue, en cierto modo, una prolongación moderna de aquel antiguo empeño por que el gran faraón no desapareciera jamás del todo.

Por qué la anécdota nos fascina

Que un faraón necesitara un pasaporte para viajar en avión resume, en una sola imagen, el extraño encuentro entre lo antiquísimo y lo moderno. Un hombre que gobernó cuando aún no existían ni Grecia ni Roma tuvo que someterse a los mismos trámites burocráticos que cualquier turista del siglo XX. Hay algo profundamente humano y a la vez cómico en esa colisión de mundos separados por milenios.

Pero la historia también encierra una enseñanza. El cuidado con que se trató a Ramsés II, desde el pasaporte hasta los honores militares, refleja el respeto que las sociedades modernas sienten por el legado del pasado. Salvar aquella momia no era solo conservar un cuerpo, sino proteger un puente directo con una civilización desaparecida. Y quizá por eso la anécdota, mitad récord curioso, mitad gesto solemne, sigue conquistando a quien la escucha por primera vez.