La biblioteca que estuvo emparedada durante mil años

La biblioteca que estuvo emparedada durante mil años

En el verano de 1900, un humilde guardián de un templo excavado en la roca, al noroeste de China, retiraba arena de un pasillo cuando notó algo extraño en la pared. Detrás del enlucido parecía haber un hueco. Al abrirlo apareció una pequeña cámara sellada, repleta desde el suelo hasta el techo de fardos de manuscritos, pinturas y documentos. Nadie había puesto un pie allí en unos novecientos años. Aquel monje acababa de tropezar con una de las mayores bibliotecas ocultas de la historia, una cápsula del tiempo que transformaría por completo nuestro conocimiento de la Edad Media asiática.

Un monje, una grieta y un tesoro

El descubridor se llamaba Wang Yuanlu, un monje taoísta que se había erigido en cuidador autodesignado de un enorme conjunto de cuevas budistas que llevaban siglos semiabandonadas. Dedicaba su tiempo a limpiar de arena los corredores y a restaurar como podía las capillas. Fue durante esa labor, mientras despejaba la entrada de una de las grutas, cuando dio con la pared falsa que ocultaba la cámara.

El espacio que se abrió ante él era pequeño, apenas una estancia lateral, pero estaba abarrotado. Se calcula que contenía decenas de miles de rollos y documentos apretados en fardos, sellados y protegidos del exterior. La entrada había sido tapiada y disimulada bajo una capa de pintura mural, de modo que durante siglos nadie sospechó que allí dentro dormía semejante tesoro. Wang no era un erudito y no comprendía del todo lo que tenía delante, pero intuyó que era importante y trató, sin mucho éxito, de avisar a las autoridades de la lejana capital.

Las cuevas de los mil budas

Para entender el hallazgo hay que situar el lugar. Las grutas se hallan en Mogao, cerca del oasis de Dunhuang, un enclave clave de la Ruta de la Seda en el actual noroeste de China. Durante siglos, Dunhuang fue una encrucijada por la que pasaban caravanas, peregrinos, monjes y mercaderes que unían China con Asia central, India y Persia. Era la última gran parada antes de adentrarse en los desiertos hacia el oeste, y también la primera al regresar.

A partir del siglo IV, comunidades budistas empezaron a excavar capillas en un acantilado de roca blanda a las afueras del oasis. Con el paso del tiempo llegaron a horadarse cientos de cuevas, decoradas con miles de metros cuadrados de pinturas murales y con estatuas de Buda de todos los tamaños. Por eso se conocen popularmente como las «cuevas de los mil budas». Aquel santuario, sostenido por las donaciones de viajeros que rezaban por un trayecto seguro, se convirtió en un extraordinario cruce de culturas y en un depósito vivo de arte y de textos sagrados.

Qué guardaba la habitación sellada

El contenido de la cámara desbordó todas las expectativas. Había miles y miles de documentos, y no solo escrituras budistas. Junto a los sutras aparecieron textos taoístas, cristianos nestorianos, maniqueos e incluso fragmentos de tradición judía, además de material profano de lo más variado: contratos de compraventa, cartas privadas, calendarios, recetas médicas, cuentas comerciales, ejercicios escolares y hasta canciones populares. Era la vida entera de una región documentada en papel.

La diversidad de lenguas resultaba igual de asombrosa: chino, tibetano, sánscrito, sogdiano, uigur antiguo, jotanés y otros idiomas hoy poco conocidos convivían en aquellos fardos, testimonio del carácter cosmopolita de la Ruta de la Seda. Pero la joya de la colección era un ejemplar concreto: una copia impresa del Sutra del diamante fechada con precisión en el año 868. Se trata del libro impreso con fecha más antiguo que se conserva completo en el mundo, un objeto que demuestra que la imprenta de bloques de madera funcionaba en China casi seis siglos antes de que Gutenberg montara su taller en Europa.

Sutra del diamante
El Sutra del diamante del año 868, el libro impreso con fecha más antiguo que se conserva

¿Por qué se emparedó la biblioteca?

La gran pregunta sigue abierta: ¿por qué alguien tapió deliberadamente una cámara llena de documentos hacia comienzos del siglo XI y no volvió jamás a por ellos? Los especialistas manejan sobre todo dos hipótesis. La primera es la del «depósito sagrado»: en muchas tradiciones no se pueden destruir sin más los textos religiosos gastados o defectuosos, de modo que se acumulan en un lugar respetuoso. La cámara habría sido, según esta idea, una especie de archivo de escrituras retiradas del uso pero demasiado sagradas para tirarlas.

La segunda hipótesis apunta a una emergencia. Hacia esa época, la región vivía tiempos convulsos, con reinos vecinos en expansión y amenazas de invasión sobre el corredor. Los monjes podrían haber escondido apresuradamente sus documentos más valiosos tras un muro para protegerlos de un posible saqueo, con la intención de recuperarlos cuando pasara el peligro. Si esa fue la razón, algo impidió que volvieran, y la biblioteca quedó sellada y olvidada durante nueve siglos. Ambas explicaciones tienen defensores, y el enigma continúa alimentando el debate entre los historiadores.

La dispersión de los manuscritos

La noticia del hallazgo corrió despacio, pero corrió, y pronto atrajo a exploradores extranjeros que recorrían Asia central en busca de antigüedades. En 1907, el arqueólogo Aurel Stein, de origen húngaro y al servicio de los británicos, consiguió que Wang le vendiera miles de documentos a cambio de una suma modesta en plata. Al año siguiente llegó el francés Paul Pelliot, que sabía chino y pudo seleccionar personalmente algunas de las piezas más raras. Después vinieron expediciones rusas y japonesas. Cuando las autoridades chinas reaccionaron y ordenaron trasladar el resto a la capital, buena parte del tesoro ya había salido del país.

El resultado es que los manuscritos de Dunhuang se hallan hoy repartidos entre bibliotecas y museos de Londres, París, Pekín, San Petersburgo y otras ciudades. El episodio sigue siendo controvertido: para unos fue un expolio de un patrimonio irrepetible; para otros, una forma de conservación en una época de inestabilidad en que muchos documentos podrían haberse perdido. En las últimas décadas, un proyecto internacional se dedica a digitalizar los fondos dispersos y a reunirlos de nuevo, esta vez de manera virtual, para que los estudiosos puedan consultar juntas unas colecciones que la historia separó.

Otras bibliotecas escondidas entre muros

El caso de Dunhuang es excepcional, pero no del todo único. A lo largo de la historia, los monasterios y templos han actuado una y otra vez como guardianes del saber, y a veces han llegado a ocultarlo literalmente para salvarlo. En el desierto del Sinaí, el monasterio de Santa Catalina conserva una de las bibliotecas en funcionamiento más antiguas del mundo, con miles de manuscritos y códices; entre sus muros se localizó en el siglo XIX el Códice Sinaítico, uno de los ejemplares más valiosos del texto bíblico. En Europa, la biblioteca de la abadía de San Galo, en Suiza, custodió durante la Edad Media un fondo extraordinario de códices medievales que hoy es patrimonio de la humanidad.

Todos estos lugares comparten una misma historia de fondo: la de comunidades que, en medio de guerras, invasiones y siglos de olvido, decidieron proteger las palabras escritas como si fueran su bien más preciado. La biblioteca emparedada de Dunhuang es el ejemplo más espectacular de esa vieja convicción humana de que un texto salvado del tiempo es, en cierto modo, una parte de nosotros que se niega a desaparecer.