Antimateria: el gemelo del revés de la materia y el enigma de por qué existe el universo

Antimateria: el gemelo del revés de la materia y el enigma de por qué existe el universo

Un espejo con la carga del revés

Imagina una partícula idéntica al electrón en casi todo: la misma masa, el mismo tamaño, el mismo comportamiento, salvo que su carga eléctrica es positiva en lugar de negativa. Esa partícula existe, se llama positrón y es el primer ladrillo conocido de la antimateria. Por cada tipo de partícula de materia ordinaria existe una antipartícula que es como su imagen reflejada: los mismos números, con los signos cambiados. El antiprotón tiene carga negativa; el antineutrón, aunque neutro, está hecho de antiquarks. Combinando esas antipartículas se podrían construir, en teoría, antiátomos, antimoléculas y, si la naturaleza lo hubiera querido, mundos enteros de antimateria.

La antimateria no es ciencia ficción ni una hipótesis exótica: se produce a diario en los laboratorios, en la fruta de tu cocina e incluso en las tormentas, y forma parte de una prueba médica tan común como el escáner PET. Lo verdaderamente inquietante no es que exista, sino que apenas exista. Y ahí empieza uno de los mayores rompecabezas de toda la física.

Una ecuación que predijo lo invisible

La historia arranca en 1928 con el físico británico Paul Dirac. Intentaba escribir una ecuación que describiera el electrón respetando a la vez la mecánica cuántica y la relatividad de Einstein. La fórmula funcionó, pero tenía un efecto secundario incómodo: admitía soluciones con energía negativa, algo que parecía carecer de sentido físico. En lugar de descartarlas, Dirac se atrevió a tomarlas en serio y propuso que correspondían a una partícula nueva, idéntica al electrón pero con la carga opuesta.

Fue una de las predicciones más audaces de la historia de la ciencia: la teoría, por pura coherencia matemática, exigía la existencia de algo que nadie había visto jamás.

Paul Dirac
El físico Paul Dirac, cuya ecuación de 1928 predijo la existencia de la antimateria

La confirmación llegó apenas cuatro años después. En 1932, el estadounidense Carl David Anderson estudiaba los rayos cósmicos con una cámara de niebla, un dispositivo que hace visibles las trazas de las partículas. Encontró una huella idéntica a la de un electrón, pero que se curvaba hacia el lado contrario bajo un campo magnético: era el positrón que Dirac había anticipado. La antimateria había pasado del papel al laboratorio.

Cuando la materia y la antimateria se encuentran

El rasgo más espectacular de la antimateria es lo que ocurre cuando toca a su gemela ordinaria: ambas se aniquilan. Sus masas no se pierden, se transforman íntegramente en energía siguiendo la célebre equivalencia de Einstein, la energía igual a la masa multiplicada por el cuadrado de la velocidad de la luz. Un electrón y un positrón desaparecen y en su lugar surgen fotones de altísima energía, rayos gamma. Es la conversión de masa en energía más eficiente que conocemos: el cien por cien, muy por encima de la fisión nuclear o incluso de la fusión que alimenta al Sol.

Para hacerse una idea de esa eficiencia, basta una comparación. En la fisión de una central nuclear solo se convierte en energía menos de una milésima parte de la masa del combustible; en la fusión del Sol, algo menos del uno por ciento. En una aniquilación de materia y antimateria se aprovecha, en cambio, la totalidad de la masa. Un solo gramo de antimateria aniquilándose con un gramo de materia liberaría una energía comparable a la de una bomba atómica de las que marcaron el siglo XX. Por fortuna, nadie está ni remotamente cerca de acumular semejante cantidad: hasta hoy, todo el antihidrógeno fabricado por la humanidad, sumado, no bastaría ni para calentar una taza de café.

Esa propiedad tiene un uso cotidiano y pacífico. En la tomografía por emisión de positrones, o PET, se administra al paciente una sustancia con un isótopo que emite positrones. Al aniquilarse con los electrones del cuerpo, generan rayos gamma que los detectores registran, dibujando un mapa de la actividad de los órganos. Millones de personas se han beneficiado de la antimateria sin saberlo.

Tomografía por emisión de positrones
El escáner PET, una aplicación médica cotidiana basada en la aniquilación de positrones

Antimateria en tu cocina y en el cielo

Aunque suene a laboratorio de alta tecnología, la antimateria surge también de forma natural y cercana. El potasio de un plátano contiene una pizca de un isótopo radiactivo que, al desintegrarse, emite de cuando en cuando un positrón; cada pocas horas, una fruta común lanza una partícula de antimateria que se aniquila de inmediato con los electrones del entorno. Los rayos cósmicos que bombardean la atmósfera generan positrones sin cesar, y hasta las tormentas eléctricas más violentas producen breves destellos de antimateria en las capas altas del cielo. Lo que no encontramos en ninguna parte es antimateria acumulada: dura lo que tarda en tropezar con materia ordinaria, es decir, casi nada.

Fabricar y atrapar un antiátomo

Producir antipartículas sueltas es relativamente sencillo; fabricar antimateria compleja es otra historia. El antiprotón se obtuvo por primera vez en 1955, en un acelerador de California. Pero el gran salto fue crear antihidrógeno, el antiátomo más simple, formado por un antiprotón y un positrón. Los primeros nueve átomos se produjeron en el CERN en 1995, aunque duraban una fracción ínfima de segundo y viajaban casi a la velocidad de la luz.

El procedimiento es delicado en extremo. Los antiprotones se generan lanzando partículas a gran velocidad contra un blanco y seleccionando, entre los restos, los poquísimos que salen con la carga adecuada. Después hay que frenarlos, porque nacen a velocidades enormes, y guardarlos en trampas de vacío sostenidas por campos eléctricos y magnéticos, ya que cualquier roce con las paredes los destruiría al instante. Solo cuando se combinan antiprotones fríos con positrones, también atrapados, se forma el antiátomo. Todo ello ocurre en un vacío más perfecto que el del espacio interplanetario y a temperaturas cercanas al cero absoluto, para que las antipartículas se muevan tan despacio que puedan sujetarse.

El reto siguiente era atraparlos y estudiarlos con calma. En 2010, el experimento ALPHA del CERN logró confinar átomos de antihidrógeno mediante campos magnéticos y mantenerlos el tiempo suficiente para medirlos. ¿Por qué tanto esfuerzo? Porque la física espera que el antihidrógeno se comporte exactamente igual que el hidrógeno: que emita la misma luz y que caiga con la misma gravedad. Cualquier diferencia mínima abriría una grieta en nuestras teorías y podría iluminar el gran misterio que viene a continuación.

Organización Europea para la Investigación Nuclear
El CERN, donde se producen y se atrapan átomos de antimateria para estudiarlos

El universo que no debería existir

Según nuestras mejores teorías, el Big Bang debió crear materia y antimateria en cantidades exactamente iguales. Pero si eso hubiera ocurrido así, cada partícula habría encontrado a su antipartícula, ambas se habrían aniquilado y el cosmos sería hoy un océano vacío de radiación, sin estrellas, sin planetas y sin nadie para contarlo. Sin embargo, aquí estamos, rodeados de materia. La antimateria, en cambio, ha desaparecido casi por completo del universo observable.

La única explicación posible es que en el origen hubo un desequilibrio minúsculo: por cada mil millones de antipartículas existían mil millones y una partículas de materia. Cuando todo lo que podía aniquilarse se aniquiló, ese sobrante de una parte entre mil millones quedó como resto. De esa ínfima ventaja estamos hechos las galaxias, la Tierra y nosotros mismos.

Conviene apreciar lo extremo de ese número. Que sobreviviera una sola partícula por cada mil millones que se aniquilaban significa que casi toda la materia y la antimateria del universo primitivo se convirtió en radiación, y que todo lo que vemos hoy, cada estrella y cada átomo de nuestro cuerpo, es apenas el residuo de aquel colosal desajuste. Los fotones nacidos de aquella aniquilación siguen entre nosotros: forman el llamado fondo cósmico de microondas, un tenue resplandor que baña todo el cielo y cuyas partículas superan en número a las de materia por muchísimos órdenes de magnitud. Somos, en un sentido muy literal, las sobras de una catástrofe.

¿De dónde salió ese desequilibrio? En 1967, el físico Andréi Sájarov enumeró las condiciones que debían cumplirse para que la naturaleza prefiriera la materia sobre la antimateria. Una de ellas es que las leyes físicas no traten a ambas de forma perfectamente simétrica, una asimetría llamada violación CP. Se ha observado de verdad en el laboratorio, primero en unas partículas llamadas kaones en 1964 y después en otras, pero la asimetría medida resulta demasiado pequeña para explicar todo el desequilibrio cósmico.

Un misterio todavía abierto

Por eso la antimateria sigue siendo territorio de frontera. Experimentos como los del CERN intentan comparar átomos y antiátomos con una precisión extrema, buscando cualquier diferencia por sutil que sea. Si algún día se encontrara, tendríamos por fin la pista de por qué el universo se decantó por la materia en lugar de disolverse en pura luz al nacer.

Mientras tanto, conviene desmontar un mito: la antimateria no es una fuente de energía práctica ni un combustible al alcance de la mano. Fabricar unos pocos gramos costaría, con la tecnología actual, cifras astronómicas y milenios de trabajo, porque se produce partícula a partícula. Su valor no está en mover naves, sino en algo más profundo: es la herramienta con la que la ciencia interroga a la propia existencia. La antimateria no amenaza al universo; su casi total desaparición es, precisamente, la razón de que el universo esté aquí para asombrarnos.