La Revolución Neolítica: por qué dejamos de cazar para cultivar (¿y si fue un error?)

La Revolución Neolítica: por qué dejamos de cazar para cultivar (¿y si fue un error?)

Durante más del noventa y cinco por ciento de nuestra historia como especie, los seres humanos vivieron cazando animales y recolectando plantas silvestres. Luego, hace unos diez mil años, en varios rincones del planeta y de forma independiente, algunos grupos empezaron a hacer algo nuevo y aparentemente trivial: guardar semillas, sembrarlas y esperar la cosecha. Aquel gesto modesto desencadenó la mayor transformación de la historia humana, la que hizo posibles las ciudades, la escritura, los imperios y, en última instancia, el mundo en que vivimos. Los arqueólogos la llaman la Revolución Neolítica. Y, por sorprendente que parezca, todavía se discute si fue una bendición o una trampa.

Cazadores y recolectores: la vida antes del arado

Antes de la agricultura, nuestros antepasados vivían en pequeños grupos nómadas que se desplazaban siguiendo la caza y las estaciones. Durante mucho tiempo se imaginó aquella vida como una lucha constante y miserable, pero los estudios sobre los pocos pueblos cazadores-recolectores que han llegado hasta épocas recientes sugieren un panorama más matizado. Solían tener una dieta variada, trabajaban menos horas de las que creemos y disfrutaban de una salud, en algunos aspectos, mejor que la de los primeros agricultores.

Su gran limitación era el número: un territorio solo puede alimentar a un puñado de cazadores. Sin excedentes de comida que almacenar, no podía haber grandes poblaciones ni asentamientos permanentes. La vida se organizaba en torno al movimiento y a compartir lo obtenido cada día. Todo eso estaba a punto de cambiar para siempre.

La gran transición del Neolítico

El cambio empezó al final de la última glaciación, hace unos doce mil años, cuando el clima se volvió más cálido y estable. En una región de Oriente Próximo conocida como el Creciente Fértil, que abarca partes de los actuales Irak, Siria, Turquía, Israel y Jordania, crecían de forma natural cereales silvestres como el trigo y la cebada y vivían animales fáciles de domesticar como la cabra, la oveja y el cerdo. Fue allí donde, hacia el año 10.000 antes de nuestra era, se dieron los primeros pasos hacia la agricultura y la ganadería.

El proceso no fue una invención repentina, sino una lenta domesticación. Generación tras generación, los humanos fueron seleccionando, a veces sin proponérselo, las plantas de semillas más grandes y los animales más dóciles. Los cereales cultivados se volvieron más productivos que sus parientes salvajes; los animales, más mansos y útiles. A cambio, las personas quedaron atadas a sus campos y rebaños, obligadas a establecerse cerca de ellos para protegerlos y cuidarlos.

Creciente Fértil
El Creciente Fértil, la región de Oriente Próximo donde nació la agricultura.

No ocurrió una sola vez

Uno de los datos más fascinantes de la Revolución Neolítica es que no fue un acontecimiento único ni un secreto que se propagara desde un solo lugar. La agricultura se inventó de manera independiente en varias partes del mundo, con miles de kilómetros y a veces miles de años de diferencia. Además del Creciente Fértil, hubo focos originarios en China, donde se domesticaron el arroz y el mijo; en Mesoamérica, con el maíz, el frijol y la calabaza; en los Andes, con la patata y la quinua; y en otras regiones de África, Nueva Guinea y América del Norte.

Que pueblos sin ningún contacto llegaran por su cuenta a la misma solución sugiere que, una vez que el clima lo permitió, la agricultura fue casi una tendencia natural. En yacimientos como el de Göbekli Tepe, en la actual Turquía, se han hallado además monumentales construcciones de piedra levantadas justo en los albores de este proceso, lo que ha llevado a algunos investigadores a preguntarse si no fue la necesidad de reunirse y celebrar ritos, tanto como el hambre, lo que empujó a los humanos a asentarse.

Göbekli Tepe
Göbekli Tepe, monumental santuario erigido por sociedades que aún vivían en el umbral de la agricultura.

Lo que ganamos: ciudades, Estados y civilización

Las consecuencias del cambio fueron colosales. Por primera vez, los humanos podían producir más alimento del que consumían y almacenar los excedentes. Ese excedente lo cambió todo. Permitió alimentar a mucha más gente en el mismo territorio, de modo que la población creció de forma espectacular. Permitió también que no todos tuvieran que dedicarse a producir comida: aparecieron artesanos, sacerdotes, soldados, gobernantes y, con el tiempo, escribas.

De los primeros poblados agrícolas surgieron las aldeas, y de estas las primeras ciudades y Estados. Con el excedente y la propiedad llegaron también la contabilidad, los impuestos, la escritura (inventada en buena medida para registrar cosechas y deudas) y las jerarquías sociales. Prácticamente todo lo que asociamos con la palabra «civilización», las urbes, los templos, los ejércitos, los reyes, la ley escrita, descansa sobre aquel excedente de grano. Sin la Revolución Neolítica no habría habido ni pirámides, ni imperios, ni bibliotecas.

El nuevo modo de vida llegó incluso a modificar nuestro propio cuerpo. La convivencia con vacas, ovejas y cabras favoreció, en algunas poblaciones, la difusión de una mutación que permite digerir la leche en la edad adulta, algo que la mayoría de los mamíferos pierde al dejar de mamar. Del mismo modo, las dietas ricas en almidón dejaron su huella en nuestros genes. En apenas unos milenios, un abrir y cerrar de ojos en términos evolutivos, la agricultura no solo transformó los paisajes y las sociedades, sino también la biología de quienes la practicaban.

Lo que perdimos: el «peor error de la historia»

Y, sin embargo, no todo fueron ventajas. En 1987, el geógrafo y biólogo Jared Diamond publicó un provocador artículo titulado «El peor error de la historia de la raza humana», en el que sostenía que el paso a la agricultura fue, para el individuo corriente, un mal negocio. Las pruebas que aportaba la arqueología resultaban incómodas: los esqueletos de los primeros agricultores muestran, en comparación con los de sus antepasados cazadores, menor estatura, peor dentadura y más señales de desnutrición y de enfermedades.

Las razones son varias. La dieta agrícola, basada en unos pocos cereales, era más monótona y pobre que la variada alimentación de los cazadores-recolectores. La vida sedentaria y el hacinamiento en aldeas favorecieron la aparición de epidemias, muchas de ellas contagiadas por los animales domésticos. El trabajo del campo era extenuante y repetitivo. Y los excedentes almacenables, al poder acumularse y arrebatarse, dieron origen a la desigualdad, a las élites que controlaban el grano y, con ellas, a nuevas formas de dominio y de guerra. Para muchas personas, cambiar la caza por el arado supuso trabajar más para vivir peor.

Un cambio sin marcha atrás

Si la agricultura era tan dura para el individuo, ¿por qué triunfó? La respuesta está en los números. Aunque cada persona viviera peor, las sociedades agrícolas podían alimentar a muchísima más gente por hectárea que las cazadoras. Una comunidad de granjeros, más numerosa y sedentaria, siempre acababa desplazando, absorbiendo o superando a los grupos de cazadores vecinos. La agricultura no ganó por hacer más felices a las personas, sino por producir más personas.

Además, una vez dado el paso, no había vuelta atrás. Una población que se ha multiplicado gracias a los cereales ya no puede volver a alimentarse solo de la caza: son demasiadas bocas. Quedamos, en cierto sentido, atrapados en nuestro propio éxito. Por eso la Revolución Neolítica es, seguramente, la decisión más trascendental que jamás tomó nuestra especie, aunque nadie la tomara conscientemente. Nos dio las ciudades, el arte, la ciencia y la historia; pero también las plagas, las desigualdades y el trabajo sin fin. Preguntarnos si mereció la pena es, en el fondo, preguntarnos qué entendemos por progreso.