¿Y si la Armada Invencible hubiera vencido? La invasión de Inglaterra que no fue

¿Y si la Armada Invencible hubiera vencido? La invasión de Inglaterra que no fue

En el verano de 1588, la mayor flota que había surcado jamás las aguas de Europa zarpó de la península ibérica rumbo al canal de la Mancha. Se la conoció como la Grande y Felicísima Armada, aunque la historia la recordaría con un nombre cargado de ironía: la Armada Invencible. Su objetivo era nada menos que derribar a Isabel I de Inglaterra, devolver la isla al catolicismo y convertir a Felipe II, el hombre más poderoso del mundo, en árbitro indiscutible de la cristiandad. Fracasó. Pero ¿y si no hubiera sido así? ¿Qué habría pasado si aquellos barcos hubieran cumplido su misión?

El plan de Felipe II

Conviene recordar qué se intentaba de verdad, porque la Armada por sí sola no iba a conquistar Inglaterra. El plan era más sutil y, sobre el papel, brillante. La flota, con unos ciento treinta navíos al mando del duque de Medina Sidonia, debía navegar por el canal hasta Flandes. Allí la esperaba la pieza decisiva: el ejército de Flandes de Alejandro Farnesio, duque de Parma, la mejor infantería del mundo, los legendarios tercios españoles, curtidos en las guerras de los Países Bajos.

La Armada no era, ante todo, una fuerza de combate naval, sino un gigantesco escudo flotante. Su misión era dominar el canal el tiempo suficiente para proteger el cruce de los tercios de Parma en barcazas desde Flandes hasta las costas inglesas. Una vez en tierra, aquellos veteranos se enfrentarían a un país que carecía de un ejército profesional permanente. Ese, y no otro, era el corazón del plan: no hundir a la marina inglesa, sino desembarcar un ejército invencible en su suelo.

Por qué fracasó en realidad

El plan se deshizo por una acumulación de problemas. El principal fue de coordinación: Parma no disponía de un puerto de aguas profundas donde la Armada pudiera fondear con seguridad, y sus barcazas estaban bloqueadas por los ligeros y hostigadores navíos holandeses. Cuando la Armada llegó a las costas de Flandes, el enlace con el ejército de tierra sencillamente no pudo producirse.

Mientras la flota española esperaba anclada frente a Calais, los ingleses lanzaron contra ella brulotes, barcos incendiarios que sembraron el pánico y obligaron a los navíos a cortar amarras y dispersarse. Al día siguiente, en el combate de Gravelinas, la artillería inglesa, más ágil y de mayor alcance en el tipo de duelo que se planteó, castigó a la Armada. Y luego llegó el enemigo definitivo: el viento. Incapaz de regresar por el canal, la flota se vio obligada a dar la vuelta a las islas británicas por el norte, y las tormentas del Atlántico, frente a las costas de Escocia e Irlanda, destrozaron decenas de barcos. De los cerca de ciento treinta navíos que zarparon, muchos no volvieron; miles de hombres murieron, la mayoría por naufragio y enfermedad antes que en combate.

El punto de divergencia: y si el enlace funciona

Imaginemos ahora que la historia se tuerce a favor de España. Supongamos que Parma logra tener listas sus tropas y un punto de embarque seguro, que la Armada mantiene la formación y que ni el viento ni los brulotes rompen el dispositivo. Supongamos que los tercios cruzan el canal y desembarcan, digamos, en las costas de Kent, a las puertas de Londres.

El escenario que se abre es inquietante para Inglaterra. Isabel I no tenía un ejército profesional comparable a los tercios; su defensa dependía de milicias reunidas a toda prisa y de una nobleza dispuesta, pero poco entrenada para enfrentarse a la mejor infantería de Europa. Farnesio era, además, uno de los mejores generales de su tiempo. Una batalla campal en suelo inglés podría haber sido, para las fuerzas isabelinas, un desastre no muy distinto de lo que Cannas fue para Roma.

Isabel I de Inglaterra
Isabel I, la reina cuya corona pendía del resultado de la Armada

Una Inglaterra católica: el efecto dominó

Supongamos que los tercios vencen y que Londres cae. ¿Qué mundo nace de ahí? Lo más probable es que Felipe II impusiera un cambio de régimen: la deposición de Isabel, a la que Roma consideraba ilegítima y hereje, y su sustitución por un monarca católico afín. Inglaterra habría regresado, por la fuerza, al catolicismo, y la Reforma protestante habría perdido a uno de sus baluartes más firmes.

Las consecuencias se habrían extendido como ondas en el agua. La rebelión de los Países Bajos protestantes, que sobrevivía en buena medida gracias al apoyo inglés, habría quedado aislada y probablemente aplastada, consolidando el dominio español sobre toda la región. Sin una Inglaterra protestante y con los Países Bajos sometidos, la hegemonía de la monarquía hispánica en Europa se habría prolongado, tal vez, durante generaciones.

El mapa religioso del continente también se habría tambaleado. Inglaterra era, junto a los rebeldes holandeses y algunos príncipes alemanes, uno de los grandes sostenes del protestantismo; su caída habría dado a la Contrarreforma católica un impulso formidable justo cuando Europa se debatía entre ambas confesiones. Es probable que Felipe II, dueño ya de un imperio en el que no se ponía el sol, se hubiera erigido en la figura hegemónica indiscutible de la política europea, capaz de inclinar a su favor el equilibrio de fuerzas durante décadas. Francia, su gran rival, habría quedado casi cercada por posesiones y aliados de los Habsburgo, con consecuencias difíciles de calcular para todo el siglo siguiente.

Felipe II de España
Felipe II de España, el monarca que soñó con una Inglaterra católica

Un mundo sin el siglo isabelino

Quizá lo más fascinante sea imaginar lo que no habría ocurrido. La derrota de la Armada suele señalarse como el momento en que Inglaterra empezó a creerse una potencia marítima y comenzó su ascenso hacia el dominio de los mares, que culminaría siglos después en el mayor imperio de la historia. Una victoria española podría haber cortado ese ascenso de raíz.

Sin una Inglaterra pujante y protestante, la colonización inglesa de Norteamérica podría haberse retrasado o incluso no haber ocurrido tal como la conocemos, y el mundo anglosajón que hoy domina buena parte del planeta quizá no habría existido; puede que la lengua franca de la humanidad no fuera hoy el inglés. Y en el terreno cultural, aquella Inglaterra isabelina que dio a William Shakespeare su época de esplendor podría haber vivido, bajo una restauración católica y una posible represión, un destino muy diferente. Es imposible saber si un Shakespeare habría escrito lo mismo en semejante mundo.

Los límites de todo «y si»

Llegados aquí, conviene pisar el freno. La historia contrafactual es un ejercicio apasionante, pero también un terreno resbaladizo. Que los tercios desembarcaran no garantizaba en absoluto la conquista de Inglaterra. Napoleón y Hitler, siglos después, comprobarían lo endiablado que resulta cruzar el canal e imponerse a un pueblo isleño decidido a resistir. Un ejército invasor, por bueno que sea, se enfrenta a suministros que deben cruzar el mar, a una población hostil, a un territorio desconocido y a la posibilidad de una guerra larga de desgaste. Es muy posible que, incluso desembarcando, España se hubiera empantanado en un conflicto interminable.

Por eso el mayor valor de estos ejercicios no está en adivinar un futuro alternativo imposible de conocer, sino en iluminar el presente que sí ocurrió. Pensar en la Armada victoriosa nos ayuda a comprender hasta qué punto la historia pende de hilos finísimos: un cambio de viento, un puerto que falta, una coordinación que no llega. En 1588, el rumbo del mundo estuvo, quizá, a merced de una tormenta. Que la historia tomara el camino que tomó y no otro nos recuerda que casi nada de lo que damos por seguro estaba escrito de antemano.