Durante los primeros años, un diagnóstico de sida era, en la práctica, una sentencia de muerte a corto plazo. Hoy, con el tratamiento adecuado, una persona con VIH puede llevar una vida normal y una esperanza de vida casi idéntica a la de cualquier otra persona. Entre esos dos escenarios hay quince años exactos, y una carrera científica marcada por hallazgos, confusión de nombres y una disputa internacional que tardó décadas en resolverse del todo.
1981: casos raros en jóvenes sanos
La primera señal de alarma llegó el 5 de junio de 1981, cuando el Centro para el Control de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) publicó en su boletín semanal un informe que describía un tipo de neumonía extremadamente rara, causada por el hongo Pneumocystis, en cinco hombres jóvenes y homosexuales de Los Ángeles, todos previamente sanos. Aquella neumonía solía aparecer únicamente en pacientes con el sistema inmunitario ya muy debilitado, nunca en jóvenes sin ninguna otra enfermedad. Poco después llegaron informes similares desde Nueva York, con casos de un cáncer de piel igualmente inusual, el sarcoma de Kaposi. Nadie sabía todavía qué lo causaba, pero quedaba claro que algo estaba destruyendo el sistema inmunitario de estos pacientes desde dentro.

1983: el Instituto Pasteur aísla el virus
Dos años después de aquellos primeros informes, un equipo del Instituto Pasteur de París, liderado por el virólogo Luc Montagnier junto con la viróloga Françoise Barré-Sinoussi, consiguió aislar el agente infeccioso responsable a partir de una biopsia de un ganglio linfático de un paciente joven. Los resultados se publicaron el 20 de mayo de 1983 en la revista Science, y bautizaron al virus como LAV, siglas de «virus asociado a linfadenopatía». Era la primera vez que alguien lograba identificar y aislar en laboratorio al causante real del sida.
Confusión de nombres y una disputa millonaria
Lo que siguió fue un periodo de confusión científica y disputa internacional. Un laboratorio estadounidense, dirigido por Robert Gallo, identificó en mayo de 1984 un virus al que llamó HTLV-III, y otro equipo encontró en agosto de ese mismo año un tercer virus, denominado ARV. En enero de 1985 quedó confirmado que los tres, el LAV francés, el HTLV-III y el ARV estadounidenses, eran en realidad el mismo virus visto por equipos distintos. En mayo de 1986 se le dio por fin un nombre único y definitivo: VIH, Virus de la Inmunodeficiencia Humana. La disputa, sin embargo, no era solo de nomenclatura: Francia y Estados Unidos se enfrentaban por la paternidad científica del descubrimiento y, sobre todo, por los derechos económicos de las pruebas de detección del virus que ya se estaban comercializando. El conflicto se resolvió en 1987 mediante un acuerdo político entre ambos gobiernos que declaró a Gallo y Montagnier «codescubridores» del virus, una solución diplomática más que científica.
El Nobel que zanjó la disputa
El veredicto científico definitivo llegó mucho después, en 2008, cuando el Comité Nobel concedió el Premio Nobel de Medicina por el descubrimiento del VIH exclusivamente a Luc Montagnier y Françoise Barré-Sinoussi. Robert Gallo quedó fuera del galardón, una decisión que la comunidad científica interpretó como el reconocimiento tardío de que el equipo francés había sido, en efecto, el primero en aislar el virus.

1996: de sentencia de muerte a enfermedad crónica
El otro punto de inflexión decisivo llegó en 1996, con la introducción de la terapia antirretroviral combinada, conocida popularmente como «triple terapia». Combinar varios fármacos a la vez, entre ellos los nuevos inhibidores de la proteasa como el ritonavir, el saquinavir o el indinavir, resultó mucho más eficaz que cualquier tratamiento anterior con un solo medicamento, porque dificultaba enormemente que el virus desarrollara resistencia. El cambio en el pronóstico fue inmediato y radical: lo que hasta entonces era casi siempre una condena de muerte a pocos años vista se convirtió, para quienes tenían acceso al tratamiento, en una enfermedad crónica y manejable a largo plazo.
Una historia todavía inacabada
Aquella palabra, «acceso», resultó ser la siguiente gran batalla. Los nuevos tratamientos eran extraordinariamente caros, y durante años solo estuvieron al alcance de los países ricos, mientras la epidemia seguía golpeando con fuerza a las regiones más pobres del planeta. La llegada posterior de medicamentos genéricos más baratos permitió ampliar el acceso a millones de personas, aunque la desigualdad global en el tratamiento del VIH sigue siendo, hoy, una de las asignaturas pendientes de aquella historia que empezó con cinco casos extraños de neumonía en Los Ángeles.
