El 22 de junio de 1940, Francia firmó su rendición ante Alemania en el mismo vagón de tren, en el mismo bosque, en el mismo lugar exacto donde Alemania había firmado la suya 22 años antes. No fue casualidad: Hitler lo organizó así a propósito.
El vagón que humilló a Alemania en 1918
El 11 de noviembre de 1918, el mariscal francés Ferdinand Foch recibió a la delegación alemana en un vagón de tren estacionado en el bosque de Compiègne, al norte de Francia. Elegir un vagón no fue un capricho: ofrecía privacidad y neutralidad para negociar lejos de la prensa. Ahí se firmó el armisticio que terminó los combates de la Primera Guerra Mundial. Terminada la guerra, Francia convirtió el vagón en un trofeo: lo trasladó a París y lo expuso al público como símbolo de la victoria y de la derrota alemana.
El mismo vagón, el mismo bosque, veintidós años después
La caída de Francia en la primavera de 1940 (rota su defensa por la ofensiva alemana a través de las Ardenas) obligó al mariscal Philippe Pétain, ya al frente del gobierno, a pedirle un armisticio a Hitler. Alemania aceptó, pero Hitler quiso algo más que una simple rendición: ordenó sacar el vagón de su museo y devolverlo al mismo punto exacto del bosque de Compiègne donde Francia había humillado a Alemania en 1918. Ahí, el 22 de junio de 1940, con Hitler, Göring, Ribbentrop y Keitel sentados del lado alemán y el general Charles Huntziger encabezando la delegación francesa, se firmó el nuevo armisticio. La puesta en escena era el mensaje: Alemania no solo había ganado la batalla, había revertido la historia.

Lo que Francia tuvo que firmar
Las condiciones dividieron el país en dos: una zona ocupada por la Wehrmacht, que cubría cerca del 60 % del territorio (el norte y toda la costa atlántica), y una zona libre al sur, bajo un gobierno francés instalado en Vichy que en la práctica colaboraba con Alemania. Más de un millón y medio de prisioneros de guerra franceses siguieron cautivos en Alemania, muchos de ellos como mano de obra forzada hasta 1945. En la zona libre, el ejército francés quedó reducido a diez mil hombres, sin artillería pesada ni aviación. Y Francia tuvo que pagar, de su propio bolsillo, el mantenimiento del ejército alemán que la ocupaba: unos 400 millones de francos al día.
Una cláusula en particular tuvo consecuencias inmediatas y sangrientas: la flota de guerra francesa debía regresar a sus puertos habituales, varios de ellos ya en zona ocupada. A Winston Churchill le aterraba que esos barcos acabaran en manos alemanas, así que el 3 de julio de 1940, apenas once días después de la firma, la marina británica exigió a la flota francesa fondeada en Mazalquivir (norte de África) que se uniera a los Aliados o se retirara. El almirante francés al mando se negó. El resultado fue un combate directo entre exaliados, la batalla de Mers el-Kébir, en la que los británicos hundieron buena parte de esos barcos y mataron a cerca de 1300 marineros franceses.

El trofeo que Hitler mandó destruir
Después de la firma, el vagón hizo el viaje inverso al de 1918: Hitler ordenó llevarlo a Berlín como trofeo, prueba física de que Alemania había borrado la humillación. Ahí se quedó durante casi toda la guerra. Pero en 1945, con Alemania perdiendo en todos los frentes y el propio Hitler encerrado en su búnker de Berlín, el dictador dio una última orden sobre el vagón: que las SS lo volaran con explosivos. No quería correr el riesgo de que Alemania tuviera que firmar una nueva rendición ahí dentro. La precaución no sirvió de mucho: la capitulación alemana se firmó igual, semanas después, solo que en otro lugar y sin el objeto que tanto le importaba destruir. Contamos esos días finales, y lo que Hitler decidió hacer con su propia vida antes de que llegara ese momento, en El búnker de Hitler: cómo cayó Berlín en 1945 y lo que vino después.

Del vagón original no queda nada: solo una réplica ocupa hoy el mismo lugar en el bosque de Compiègne, junto a una losa que recuerda las dos firmas. Sobre cómo Francia, considerada la potencia militar más fuerte de Europa, llegó a esa mesa de negociación en solo seis semanas, ya contamos la otra mitad de la historia en La Blitzkrieg: cómo la velocidad se convirtió en el arma más temida del siglo XX.
