Adrianópolis, 378: el día en que Roma perdió a su emperador y a su ejército de golpe

Adrianópolis, 378: el día en que Roma perdió a su emperador y a su ejército de golpe

El 9 de agosto del año 378, cerca de la ciudad de Adrianópolis (la actual Edirne, en la Turquía europea), el ejército del Imperio romano de Oriente sufrió una de las derrotas más catastróficas de toda su historia. Aquel día no solo pereció la flor de las tropas imperiales, sino también el propio emperador, Valente, cuyo cuerpo jamás fue encontrado. El historiador Amiano Marcelino, casi contemporáneo de los hechos, la comparó con el desastre de Cannas, la peor pesadilla que un romano podía imaginar.

Un pueblo que huía de otro pueblo

La historia de Adrianópolis empieza dos años antes, en el 376, con una imagen que impresionó a los cronistas: miles y miles de godos agolpados en la orilla norte del Danubio, suplicando permiso para cruzar y entrar en territorio romano. No venían como invasores, al menos no al principio. Huían de un enemigo aún más temible que había irrumpido en las estepas: los hunos, jinetes venidos de Asia que estaban desarticulando el mundo bárbaro.

El emperador Valente vio en aquellos refugiados una oportunidad. Podía asentarlos dentro del imperio como aliados que, a cambio de tierras, aportarían soldados a sus ejércitos. Autorizó el cruce de los tervingios de Fritigerno. Pero lo que podría haber sido una integración ordenada se convirtió en una catástrofe por culpa de la codicia y la incompetencia de los funcionarios romanos encargados de acogerlos.

Nuestra principal fuente sobre lo que ocurrió es Amiano Marcelino, un antiguo militar convertido en historiador que escribió pocos años después y cuyo relato, sobrio y detallado, sigue siendo la base de casi todo lo que sabemos. Gracias a él conocemos no solo el desarrollo de la batalla, sino también el clima de tensión, corrupción y desconfianza que la precedió. Roma llevaba siglos acostumbrada a integrar bárbaros en sus filas, pero nunca había admitido de golpe a un pueblo entero, armado y cohesionado, en semejante número. Fue un experimento arriesgado que se le fue de las manos.

Godos
Miles de godos cruzaron el Danubio huyendo de los hunos y buscando refugio dentro del Imperio.

Del hambre a la rebelión

Los oficiales romanos, en lugar de alimentar a los recién llegados, especularon con el hambre. Se cuenta que vendieron alimentos a precios abusivos y que exigían esclavos a cambio de comida; algunos godos tuvieron que entregar incluso a sus propios hijos. La humillación y el hambre encendieron la mecha. Hacia el 377, los godos se alzaron en armas y comenzaron a saquear los Balcanes. Las guarniciones romanas de la región, insuficientes, no lograron contenerlos.

Valente, que estaba ocupado en la frontera oriental frente a los persas, tuvo que cerrar la paz con ellos y dirigirse a toda prisa hacia los Balcanes. Su sobrino Graciano, emperador de Occidente, acababa de aplastar a los alamanes en la frontera del Rin y le envió aviso: acudiría con refuerzos y le rogaba que lo esperase para atacar juntos a los godos con fuerzas abrumadoras.

La impaciencia de un emperador

Y aquí está la clave del desastre. Valente no esperó. Los motivos se han discutido durante siglos: quizá los celos hacia su joven y victorioso sobrino, quizá el deseo de apuntarse él solo una gran victoria, quizá una información de inteligencia equivocada. Sus exploradores le informaron de que el grueso godo contaba con apenas unos diez mil guerreros, una cifra que parecía manejable. En realidad, el enemigo era mucho más numeroso.

El 9 de agosto, el ejército romano salió de Adrianópolis al amanecer y marchó durante horas bajo un sol abrasador, por caminos polvorientos, para alcanzar el campamento godo, un gran círculo de carros en lo alto de una loma. Cuando por fin llegaron ante él, los soldados estaban exhaustos, sedientos y hambrientos. Para colmo, los godos prendieron fuego a la hierba seca de los campos para aumentar el calor y el humo.

Valente
El emperador Valente decidió atacar sin esperar los refuerzos de su sobrino Graciano.

La trampa se cierra

Fritigerno, astuto, entabló negociaciones para ganar tiempo. Y el tiempo jugaba a su favor por una razón decisiva: la caballería goda, formada sobre todo por los greutungos de Alateo y Safrax, andaba lejos, forrajeando. Fritigerno necesitaba que regresara antes de combatir de verdad. Mientras tanto, la infantería romana esperaba de pie, cociéndose bajo el sol.

El combate estalló casi por accidente, cuando algunas unidades romanas atacaron sin órdenes claras. Y entonces ocurrió lo peor para Roma: la caballería goda regresó en ese preciso instante y cayó como un alud sobre el flanco romano. Los jinetes godos arrollaron a la caballería imperial y luego se volvieron contra la infantería, que quedó atrapada entre los carros del campamento y el ataque por los costados.

La matanza

Lo que siguió no fue una batalla, sino una carnicería. Los legionarios romanos quedaron tan apretados unos contra otros que, según Amiano, apenas podían levantar los brazos para blandir las armas. Las flechas y lanzas godas caían sobre una masa compacta que no podía maniobrar ni huir. El polvo cegaba a los hombres y el calor los asfixiaba. Durante horas, el ejército oriental fue aniquilado en aquella loma.

Se calcula que murieron dos de cada tres soldados del ejército romano presente, junto con decenas de altos oficiales, entre ellos los principales generales que acompañaban al emperador. El emperador Valente cayó en la matanza. Una versión cuenta que, herido, fue llevado a una humilde casa de campo que los godos, sin saber a quién tenían dentro, incendiaron con él en el interior. Su cuerpo nunca apareció, un final indigno para un emperador de Roma y una imagen que resumía la magnitud del desastre: ni siquiera hubo un cadáver que enterrar con honores.

El mundo después de Adrianópolis

Adrianópolis fue un golpe brutal, pero conviene matizar los mitos. Durante mucho tiempo se dijo que aquella batalla marcó «el fin de la infantería y el comienzo del dominio de la caballería» en la guerra, e incluso el principio del fin del Imperio romano. Los historiadores actuales son más prudentes: ni la caballería reemplazó de golpe a la infantería, ni el imperio se derrumbó al día siguiente.

El desastre tuvo además un efecto psicológico profundo. Roma, que durante siglos se había considerado invencible frente a los pueblos del otro lado de la frontera, descubrió que un ejército imperial completo podía ser aniquilado en campo abierto por aquellos a los que despreciaba como bárbaros. La derrota obligó a repensar toda la política de fronteras y a depender cada vez más de tropas de origen germánico para defender el propio imperio, con las consecuencias que ello acarrearía a largo plazo.

Lo que sí es cierto es que Roma no logró expulsar a los godos. El nuevo emperador, Teodosio I, tuvo que firmar en el 382 un pacto que asentaba a los godos dentro del imperio como pueblo aliado, conservando sus propios jefes y su cohesión. Por primera vez, un pueblo bárbaro se instalaba en suelo romano sin diluirse en él. Aquella grieta, abierta por la impaciencia de un emperador en una tarde de agosto, no volvería a cerrarse.

El ejemplo más célebre llegaría en el año 410, cuando los visigodos de Alarico, herederos de aquellos godos del Danubio, entraron en Roma y la saquearon durante tres días. Era la primera vez en ochocientos años que la Ciudad Eterna caía en manos de un enemigo extranjero, y el suceso conmocionó al mundo mediterráneo. El hilo que unía aquel saqueo con la tarde de Adrianópolis era directo: la impaciencia de un emperador había abierto una puerta que ya nadie logró volver a cerrar.