Gaixia, 202 a. C.: la noche en que nació la China imperial

Gaixia, 202 a. C.: la noche en que nació la China imperial

Dos hombres para un solo imperio

En el año 221 a. C., el rey de Qin culminó lo que parecía imposible: unificar bajo un mismo trono los territorios que durante siglos se habían despedazado en la época de los Reinos Combatientes. Se hizo llamar Qin Shi Huang, «primer emperador», pero su Estado, levantado sobre el miedo, los castigos y el trabajo forzado, apenas le sobrevivió. Cuando murió en 210 a. C., el edificio se derrumbó en pocos años entre revueltas campesinas y ambiciones de viejas casas nobiliarias.

De aquel caos emergieron dos hombres opuestos hasta la médula. Uno era Xiang Yu, aristócrata del antiguo reino de Chu, guerrero colosal y general de un talento deslumbrante que arrollaba cuanto se le ponía por delante. El otro era Liu Bang, un funcionario de aldea de origen humilde, astuto y prudente, dotado de una virtud rara entre los conquistadores: sabía escuchar a quienes sabían más que él. Entre 206 y 202 a. C., ambos protagonizaron la guerra Chu-Han, un pulso a muerte por los restos del imperio.

Sobre el papel, Xiang Yu era muy superior: se había proclamado «rey hegemón de Chu Occidental» y había ganado casi todas las batallas campales. Pero su genio militar convivía con una soberbia feroz y una crueldad que le fue restando aliados. Liu Bang, en cambio, perdía batallas y ganaba la guerra: se rodeó de consejeros y generales brillantes y tejió alianzas con la paciencia de una araña. Uno de esos generales sería decisivo: Han Xin, para muchos el mayor estratega de su época.

El cerco de Gaixia

Hacia finales del año 203 a. C., agotados los dos bandos, se firmó una tregua que dividía China por un canal, el Honggou: el este para Chu, el oeste para Han. Xiang Yu emprendió la retirada creyendo cerrada la guerra. Fue entonces cuando Liu Bang, aconsejado por sus estrategas, rompió el pacto y lanzó a su ejército contra la retaguardia enemiga. La jugada era arriesgada, pero la trampa se cerraría en un lugar llamado Gaixia, en la actual provincia de Anhui.

Allí confluyeron los ejércitos de Liu Bang y de sus aliados, coordinados por Han Xin, que asumió el mando del centro. Las cifras que dan las crónicas antiguas están sin duda infladas, pero todas coinciden en un punto: los hombres de Chu, hambrientos y muy inferiores en número, quedaron rodeados. Han Xin desplegó sus tropas en varias líneas escalonadas y fue estrujando poco a poco el campamento enemigo. Xiang Yu, el invicto, se encontró por primera vez atrapado en una posición de la que su fuerza bruta no podía sacarlo.

Han Xin
Han Xin, el general que diseñó el cerco de Gaixia para Liu Bang.

La canción de Chu por los cuatro costados

La victoria de Gaixia no se decidió solo con lanzas, sino con una idea. Según la tradición, durante la noche los soldados de Han se pusieron a entonar canciones populares del reino de Chu desde todos los flancos del cerco. Xiang Yu, al oír aquellas melodías de su propia tierra brotando de las filas enemigas, creyó que Han ya había conquistado Chu entero y que hasta sus paisanos se habían pasado al bando contrario. La moral de sus hombres, ya al límite, se desplomó. De aquel episodio nació una expresión que aún se usa en chino, «canciones de Chu por los cuatro costados», para describir a alguien acorralado y sin salida por todas partes.

La leyenda añade a esa noche una escena que la cultura china no ha olvidado. En su tienda, Xiang Yu bebió y cantó junto a su fiel concubina, Yu, consciente de que el final estaba cerca. La despedida entre el guerrero derrotado y la mujer que no quiso sobrevivirle inspiró siglos después una de las óperas más célebres de China, conocida en Occidente como «Adiós a mi concubina». Historia y mito se funden aquí hasta hacerse inseparables, pero el poso emocional de aquella derrota sigue vivo en el imaginario chino.

La última carga del rey de Chu

De madrugada, Xiang Yu decidió no morir encerrado. Con apenas unos cientos de jinetes escogidos rompió el cerco y galopó hacia el sur, perseguido por millares de soldados de Han. Las fuentes cuentan que, tras cruzar ríos y despistar a sus perseguidores, le quedaban ya solo un puñado de hombres. Aun así se revolvió y cargó una y otra vez, derribando a cuantos se le acercaban, como para demostrar que su desastre era obra del destino y no de una falta de valor.

Cuando llegó a la orilla del río Wu, un barquero se ofreció a cruzarlo para ponerlo a salvo en su tierra natal, donde podría reunir un nuevo ejército. Xiang Yu se negó. Según el relato clásico, dijo que no podía regresar ante los padres y hermanos de los miles de jóvenes de Chu que había llevado a la muerte. Entregó su caballo al barquero, combatió a pie hasta caer cubierto de heridas y se quitó la vida con su propia espada. Tenía poco más de treinta años. Con él moría el último gran obstáculo para Liu Bang.

Del campo de batalla al trono: nace la dinastía Han

Eliminado su rival, Liu Bang no tardó en dar el paso definitivo. En 202 a. C. fue proclamado emperador y fundó la dinastía Han, tomando el nombre póstumo por el que la historia lo conoce, Gaozu. El campesino que había empezado como jefe de una escuadra de guardias se convertía así en dueño de toda China. Fijó su capital en Chang’an y, aprendiendo de los errores del régimen de Qin, suavizó los castigos más brutales y alivió la presión fiscal sobre un país exhausto tras años de guerra.

Liu Bang
Liu Bang, coronado como emperador Gaozu, fundador de la dinastía Han.

La diferencia con la efímera dinastía Qin fue abismal. Mientras que el imperio de Qin Shi Huang se había desmoronado en apenas quince años, la Han se mantendría en pie, con un breve paréntesis, durante más de cuatro siglos, hasta el año 220 d. C. Bajo su gobierno se consolidaron la burocracia imperial, la Ruta de la Seda y un modelo de Estado que las dinastías posteriores tomarían como referencia. Por eso muchos consideran Gaixia no solo el final de una guerra, sino el auténtico acto fundacional de la China imperial duradera.

Por qué Gaixia sigue resonando

El eco de aquella batalla llega hasta el presente de una forma sorprendente. La dinastía marcó tan profundamente la identidad del país que la etnia mayoritaria de China se sigue llamando a sí misma «han», y su escritura, «caracteres han» (hanzi). En otras palabras, la victoria de Liu Bang no solo cambió a quién obedecía China: acabó dando nombre a su pueblo y a su idioma escrito. Pocas batallas pueden presumir de una huella tan larga.

El choque entre Xiang Yu y Liu Bang se convirtió además en una lección moral repetida durante siglos por historiadores y estrategas chinos. El guerrero más brillante, más fuerte y más valiente perdió; el hombre más discreto, capaz de rodearse de talento y de saber esperar, ganó el imperio. Gaixia se recuerda así como la prueba de que en la guerra, y quizá en la vida, la genialidad individual pesa menos que la paciencia, la alianza y la humildad para escuchar. Bajo la luz de las hogueras de aquel campamento, mientras sonaban las canciones de Chu, no se decidió solo un trono: se decidió el rumbo de una civilización.