Alesia, 52 a. C.: cómo César venció rodeado por dos ejércitos a la vez

Alesia, 52 a. C.: cómo César venció rodeado por dos ejércitos a la vez

La Galia en llamas

Cuando Julio César llegó a la Galia en el año 58 a. C., lo hizo como gobernador ambicioso y endeudado, en busca de la gloria y el botín que necesitaba para su carrera política en Roma. Durante seis años sometió tribu tras tribu en campañas relámpago que él mismo narró, con notable talento propagandístico, en sus Comentarios sobre la guerra de las Galias. Pero en el año 52 a. C. el país entero se le rebeló a la vez, y al frente de esa insurrección se puso un joven noble de los arvernos llamado Vercingétorix.

Vercingétorix comprendió que ninguna tribu aislada podía vencer a las legiones en campo abierto, así que cambió de estrategia. Apostó por una guerra de desgaste: evitar las grandes batallas, hostigar las columnas romanas y arrasar cosechas y aldeas para que el invasor no encontrase con qué alimentarse. Esa política de tierra quemada estuvo a punto de funcionar. En la ciudad fortificada de Gergovia, César sufrió una dura derrota y tuvo que retirarse, la primera gran humillación de toda su campaña gala.

Vercingétorix
Vercingétorix, el caudillo arverno que unió a las tribus galas contra Roma.

Vercingétorix se encierra en Alesia

Envalentonado por Gergovia, Vercingétorix cometió el error que César estaba esperando. En lugar de seguir con su guerra de emboscadas, aceptó un choque de caballería que salió mal y tuvo que refugiarse con todo su ejército en Alesia, un oppidum situado en lo alto de una colina, en la actual Borgoña francesa. Era una posición naturalmente fuerte, casi inexpugnable por asalto directo, rodeada de valles y ríos. Pero encerrarse allí con decenas de miles de guerreros tenía un peligro evidente: si el enemigo lograba aislar la colina, el hambre haría el trabajo por él.

Eso fue exactamente lo que César decidió hacer. Renunció a tomar Alesia al asalto y optó por el asedio. Sus ingenieros trazaron alrededor de toda la colina una impresionante línea de fortificaciones de casi dieciocho kilómetros, con torres, fosos, empalizadas y trampas ocultas. Esta muralla interior, la circunvalación, miraba hacia la ciudad para impedir que nadie saliera. El plan era sencillo y brutal: convertir la fortaleza natural de Vercingétorix en la jaula donde moriría de inanición.

Dos murallas: sitiar y ser sitiado a la vez

César, sin embargo, sabía que Vercingétorix había pedido auxilio a toda la Galia antes de quedar encerrado. Tarde o temprano llegaría un enorme ejército de socorro dispuesto a atacarlo por la espalda mientras él vigilaba la ciudad. La solución que ideó es una de las obras maestras de la ingeniería militar de la Antigüedad: mandó construir una segunda muralla, la contravalación, esta vez orientada hacia el exterior, para protegerse del ataque que llegaría desde fuera.

El resultado fue asombroso. Las legiones quedaron entre dos anillos de fortificaciones, uno mirando hacia dentro y otro hacia fuera, sitiando a Vercingétorix y protegiéndose al mismo tiempo de quien viniese a rescatarlo. Entre ambas líneas, los romanos vivían, dormían y guardaban sus provisiones. El terreno se sembró de obstáculos con nombres casi poéticos: los lilia, hoyos con estacas afiladas disimuladas como parterres de lirios; los stimuli, púas de hierro clavadas en el suelo; y troncos aguzados que erizaban los fosos. Pocas veces un general ha estado a la vez tan a la ofensiva y tan a la defensiva.

El gran ejército de socorro

Dentro de Alesia, el hambre empezó a hacer estragos. Vercingétorix, para estirar las provisiones, tomó una decisión desesperada: expulsó de la ciudad a los no combatientes, las mujeres, los niños y los ancianos de la tribu que los acogía. Confiaba en que César los dejaría pasar a través de sus líneas, aunque solo fuera por piedad. Pero César no abrió sus murallas. Aquella multitud quedó atrapada, muriendo de hambre en la tierra de nadie, entre la ciudad y el cerco romano. Es una de las páginas más sombrías del relato, y el propio César la cuenta sin remordimiento, como una pieza más de la lógica implacable del asedio.

Por fin apareció el ejército de socorro, una masa de guerreros llegados de decenas de tribus galas. César, siempre dado a engrandecer sus hazañas, habla de cifras gigantescas, del orden de un cuarto de millón de hombres; los historiadores modernos las rebajan mucho, pero coinciden en que superaban con creces a las tropas romanas. De pronto, unos cuarenta o cincuenta mil legionarios se veían atrapados entre los sitiados por dentro y una marea humana por fuera. La suerte de la conquista de la Galia, y quizá la vida de César, iban a decidirse en aquellos muros.

El día decisivo

Los galos lanzaron varios ataques coordinados: el ejército de socorro embestía la muralla exterior mientras Vercingétorix salía de la ciudad para golpear la interior, buscando romper el cerco por dos lados a la vez. Durante horas, los romanos combatieron en dos frentes opuestos, tapando brechas y corriendo de un punto a otro de sus kilométricas fortificaciones. La presión llegó a su punto crítico en el sector del monte Rea, un punto débil que los galos habían detectado y donde concentraron su asalto más feroz.

En el momento más desesperado, César acudió en persona a la zona amenazada. Las fuentes cuentan que se dejó ver con su inconfundible capa roja de general para que sus hombres supieran que su comandante luchaba con ellos. Ordenó entonces una maniobra audaz: envió a su caballería, en buena parte germana, a rodear por fuera al ejército de socorro y atacarlo por la retaguardia justo cuando este se lanzaba contra las murallas. Cogidos entre dos fuegos, los galos que venían a rescatar Alesia se desbandaron. Desde lo alto de la ciudad, Vercingétorix vio cómo su última esperanza huía en desorden por la llanura.

La rendición y el precio de la victoria

Al día siguiente, Vercingétorix reunió a los jefes que resistían con él y les ofreció su propia vida para salvar a los demás. Según el relato clásico, cabalgó fuera de las puertas, se presentó ante César y depositó sus armas a sus pies en señal de rendición. Aquella imagen, cargada de dramatismo, fascinó siglos después a los pintores románticos y se convirtió en un símbolo del nacimiento de Francia, hasta el punto de inspirar cuadros y estatuas que aún hoy adornan el país.

Julio César
Julio César, cuya victoria en Alesia selló la conquista de la Galia.

El destino del vencido fue mucho menos glorioso. Vercingétorix pasó unos seis años prisionero en Roma hasta que, en el año 46 a. C., fue exhibido encadenado en el desfile triunfal de César y después ejecutado. Su rival, en cambio, salió de Alesia convertido en el hombre más poderoso de la República. La conquista de la Galia le dio riquezas inmensas, un ejército leal curtido en años de guerra y un prestigio con el que muy pocos podían competir. Apenas tres años después cruzaría el Rubicón para iniciar la guerra civil que acabaría con la República y lo convertiría en dueño de Roma. Alesia no fue solo el final de la Galia libre: fue el trampolín desde el que César saltó hacia el poder absoluto.