El 22 de enero de 1879, al pie de una colina rocosa con forma de esfinge llamada Isandlwana, en el actual territorio de Sudáfrica, un ejército del Imperio británico —el más poderoso del mundo, dueño de fusiles modernos y artillería— fue sorprendido y aniquilado por guerreros zulúes armados en su mayoría con lanzas y escudos de piel. Fue una de las derrotas más humillantes de la historia colonial británica y una de las mayores victorias jamás obtenidas por un ejército africano sobre una potencia europea.
Un imperio en busca de una guerra
A finales de la década de 1870, Gran Bretaña quería consolidar su dominio sobre el sur de África agrupando las colonias y estados de la región bajo su control. En ese tablero, el reino zulú, un estado africano fuerte, independiente y con un ejército numeroso, resultaba un estorbo. Las autoridades británicas de la zona, encabezadas por el alto comisionado Henry Bartle Frere, buscaron deliberadamente un pretexto para la guerra. A finales de 1878 presentaron al rey zulú Cetshwayo un ultimátum imposible de cumplir, que entre otras cosas exigía la disolución de su ejército. Cuando el plazo expiró sin respuesta satisfactoria, las tropas británicas invadieron Zululandia. Al frente de la expedición iba lord Chelmsford, un general confiado que menospreciaba la capacidad militar de su enemigo y esperaba una campaña rápida y sencilla.

Los impis del rey Cetshwayo
El ejército zulú no era una horda desorganizada, sino una institución muy disciplinada, heredera de las reformas militares introducidas décadas atrás por el legendario rey Shaka. Sus regimientos, los impis, agrupaban a los hombres por edades y estaban sometidos a un entrenamiento riguroso. El arma característica del guerrero zulú era el iklwa, una lanza corta de hoja ancha pensada para el combate cuerpo a cuerpo, muy distinta de la vieja jabalina arrojadiza. Sobre el campo de batalla, los zulúes empleaban una táctica envolvente célebre por su nombre: «los cuernos del búfalo». El grueso de las fuerzas, el «pecho», atacaba de frente, mientras dos alas rápidas, los «cuernos», se abrían para rodear al enemigo por los flancos y cerrarse a su espalda; una reserva, los «lomos», aguardaba detrás para intervenir donde hiciera falta. Bien ejecutada, esta maniobra permitía cercar y aniquilar a un adversario mucho mejor armado.

El campamento bajo la montaña
El 20 de enero de 1879, la columna central británica acampó al pie de Isandlwana. Confiado en su superioridad, lord Chelmsford cometió una serie de errores que resultarían fatales. No ordenó fortificar el campamento ni formar el tradicional laager, el círculo defensivo de carretas que los colonos usaban en la región, porque consideraba que la posición era segura y la estancia, temporal. Peor aún, dividió sus fuerzas: engañado por movimientos de distracción zulúes, partió al amanecer del día 22 con buena parte de la columna en busca del ejército enemigo, que creía lejos, dejando el campamento en manos de una guarnición reducida. Mientras Chelmsford perseguía sombras, el verdadero ejército zulú, más de veinte mil guerreros, aguardaba oculto en un valle cercano, a muy poca distancia del campamento indefenso.
Los cuernos del búfalo
Aquella mañana, una patrulla británica descubrió por casualidad, asomándose a un barranco, a la inmensa masa del ejército zulú agazapada en silencio. Descubiertos, los guerreros se levantaron de inmediato y avanzaron hacia Isandlwana desplegando su formación clásica de los cuernos del búfalo. Al principio, los defensores británicos, parapetados y disparando con sus fusiles Martini-Henry, causaron numerosas bajas y frenaron el avance del centro zulú. Pero la línea defensiva estaba demasiado extendida para el número de soldados disponibles, y los flancos empezaron a ceder ante el rápido envolvimiento de los cuernos. Se ha discutido mucho sobre los problemas de munición: algunos relatos apuntan a que el reparto de cartuchos se hizo con lentitud en el peor momento posible. Cuando los cuernos zulúes se cerraron a la espalda del campamento, la resistencia se fragmentó en focos aislados de hombres que combatieron hasta el final, espalda contra espalda, con bayonetas y culatas. Al caer la tarde, un eclipse parcial de sol oscureció el cielo sobre el campo de batalla, tiñendo de dramatismo aún mayor la escena.
El desastre y Rorke’s Drift
El resultado fue una carnicería. De los cerca de 1.800 hombres que defendían Isandlwana, la inmensa mayoría —más de 1.300, entre soldados británicos y auxiliares africanos— murieron. Los zulúes también pagaron un precio altísimo, con miles de bajas causadas por el fuego de fusil. Aquella misma tarde, una fracción del ejército zulú victorioso se lanzó contra un pequeño puesto fronterizo cercano, la misión de Rorke’s Drift, defendida por poco más de un centenar de soldados. Allí, en una batalla que la propaganda británica ensalzaría hasta la exageración para tapar el desastre de Isandlwana, la diminuta guarnición resistió durante toda la noche los asaltos zulúes y sobrevivió, en un episodio célebre por el que se concedieron numerosas condecoraciones.

El eco de una derrota
La noticia de Isandlwana causó estupor en Gran Bretaña. Que un ejército indígena hubiera destruido a una fuerza británica moderna parecía inconcebible, y el golpe a la confianza imperial fue enorme. La reacción, sin embargo, fue implacable: Londres envió refuerzos y, pocos meses después, una nueva ofensiva mejor organizada derrotó a los zulúes en la batalla de Ulundi, incendió la capital real y puso fin a la independencia del reino. Cetshwayo fue capturado y desterrado. La victoria de Isandlwana no salvó a su pueblo de la conquista, pero quedó grabada como un símbolo perdurable: la prueba de que el coraje, la disciplina y una buena táctica podían, al menos por un día, derrotar a la tecnología más avanzada de su tiempo.
