Leuctra, 371 a. C.: el día que Tebas hizo añicos el mito de la invencibilidad espartana

Leuctra, 371 a. C.: el día que Tebas hizo añicos el mito de la invencibilidad espartana

Durante casi dos siglos, una sola palabra bastó para intimidar a cualquier ejército de la antigua Grecia: Esparta. Sus hoplitas, criados desde la infancia en el durísimo sistema educativo de la agogé, no eran simples soldados, sino la única fuerza plenamente profesional en un mundo de milicias ciudadanas. En campo abierto y en igualdad de condiciones, nadie había logrado quebrar una falange espartana. El recuerdo de los trescientos de Leónidas en las Termópilas y de generaciones de victorias había convertido esa fama en un arma en sí misma: muchas batallas se ganaban antes de empezar, porque el enemigo daba por perdido el choque contra el ala lacedemonia. En el verano del 371 a. C., junto a una llanura beocia llamada Leuctra, aquel mito se hizo pedazos.

El pueblo que nació para la guerra

La superioridad espartana no se apoyaba solo en el valor, sino en un método. Mientras el resto de las ciudades griegas confiaba su defensa a campesinos y artesanos que dejaban el arado para empuñar la lanza unas semanas al año, Esparta había hecho de la guerra su única profesión. Los ciudadanos de pleno derecho, los espartiatas, vivían mantenidos por una enorme población sometida, los ilotas, que trabajaban la tierra por ellos. Liberados de todo oficio, podían entrenar sin descanso las maniobras que otros apenas ensayaban.

El resultado era una falange capaz de girar, cerrar filas y avanzar cantando sin romper la formación, algo que a los ejércitos rivales les resultaba casi imposible. A esa disciplina se sumaba el peso psicológico de la leyenda. Un adversario que veía la muralla de escudos rojos avanzar al son de las flautas solía flaquear antes de que se cruzara la primera lanza. Esparta era, en esencia, invencible por consenso.

Beocia se rebela contra el amo de Grecia

Tras vencer a Atenas en la larga guerra del Peloponeso, Esparta se había convertido en la potencia hegemónica del mundo griego, y ejercía ese poder con creciente arrogancia. En el 382 a. C. una guarnición espartana ocupó por sorpresa la ciudadela de Tebas, la Cadmea, en plena paz. La humillación duró tres años, hasta que un puñado de exiliados tebanos, encabezados por Pelópidas, se infiltró en la ciudad, expulsó a los ocupantes y restauró la independencia.

Tebas reorganizó entonces la Liga Beocia bajo su mando y se preparó para lo inevitable. En una conferencia de paz celebrada en el 371 a. C., el delegado tebano, un hombre de nombre Epaminondas, se negó a disolver esa liga. El rey espartano Agesilao, furioso, borró a Tebas del tratado, lo que equivalía a una declaración de guerra. El ejército lacedemonio, al mando del rey Cleómbroto, marchó de inmediato sobre Beocia para dar un escarmiento a los insolentes.

Epaminondas y una idea que rompía las reglas

La guerra hoplítica seguía un guion casi ritual. Ambos ejércitos se desplegaban en largas líneas de ocho a doce filas de profundidad y situaban a sus mejores tropas en el ala derecha. Como cada hombre tendía a arrimarse al escudo del compañero de su derecha para protegerse, las líneas se desplazaban de forma natural hacia ese lado, y solían ser las dos alas derechas las que arrollaban a los rivales. La batalla se decidía casi siempre allí.

Epaminondas invirtió por completo esa lógica. En lugar de reforzar su derecha, concentró a sus mejores hombres en el ala izquierda y la formó con una profundidad descomunal, cincuenta escudos, apuntando directamente contra el ala derecha espartana, donde estaban el rey y la flor de los espartiatas. Al mismo tiempo retrasó su ala derecha, más débil, para que no entrara en contacto con el enemigo hasta que el golpe decisivo ya se hubiera dado. Era el llamado orden oblicuo, la aplicación temprana de un principio que la historia militar repetiría durante siglos: concentrar una fuerza aplastante en el punto exacto donde se busca la decisión.

El Batallón Sagrado, 150 parejas de guerreros

En la punta de aquella columna profunda se situó una unidad singular: el Batallón Sagrado de Tebas. Se trataba de un cuerpo de élite de trescientos hombres, organizado, según las fuentes antiguas, en ciento cincuenta parejas de amantes, bajo la idea de que ningún guerrero huiría ni mostraría cobardía delante de la persona a la que amaba. A diferencia de la mayoría de las tropas griegas, era una fuerza permanente, mantenida y entrenada por la ciudad, y estaba mandada por Pelópidas, el mismo héroe de la liberación de la Cadmea.

Colocar a esta tropa selecta al frente del ala reforzada convertía el impacto inicial en un ariete casi imparable. Donde otras falanges chocaban de igual a igual, la tebana golpeaba con una densidad de hombres y una calidad de combatientes que el ala espartana jamás había tenido enfrente.

Una tarde de verano del 371 a. C.

El combate empezó con un choque de caballería en el espacio abierto entre los dos ejércitos. La caballería tebana, más numerosa y adiestrada, arrolló a la espartana y la empujó hacia atrás, sembrando el desorden entre las propias filas de infantería lacedemonia justo cuando estas se disponían a avanzar. Sobre ese caos cayó la columna profunda de Epaminondas.

El ala derecha espartana, incapaz de absorber semejante masa, comenzó a ceder. En la refriega cayó mortalmente herido el propio rey Cleómbroto, el primer monarca espartano muerto en batalla desde Leónidas en las Termópilas. Con su caída, la resistencia se hundió. Cuando los supervivientes lograron recuperar el cuerpo del rey y retirarse, cerca de mil peloponesios habían muerto, entre ellos alrededor de cuatrocientos de los setecientos espartiatas presentes. Para una ciudad cuyo número de ciudadanos plenos se contaba ya por unos pocos miles, aquella cifra era una catástrofe demográfica.

Hoplita
Hoplitas griegos con la panoplia completa: casco, escudo redondo y lanza.

El fin de un mito y el nacimiento de otro

La derrota de Leuctra fue mucho más que una batalla perdida: destruyó el aura de invencibilidad que sostenía todo el poder espartano. Envalentonado, Epaminondas invadió el Peloponeso, el corazón mismo del territorio enemigo, algo impensable pocos años antes. Allí liberó a los ilotas de Mesenia, sometidos durante siglos, y fundó la ciudad de Mesene, arrebatando a Esparta buena parte de la mano de obra y de las tierras que sustentaban su economía guerrera. Fundó además Megalópolis como bastión contra futuras agresiones. Esparta, mutilada, no volvería a ser nunca la potencia dominante de Grecia.

La ironía final la pondría un joven que por aquellos años vivía como rehén en Tebas: Filipo de Macedonia. Observando de cerca las innovaciones tebanas, aprendió la lección del orden oblicuo y de la concentración de fuerzas, y con ellas reorganizó su propio ejército. De ese aprendizaje nacerían las victorias que su hijo, Alejandro Magno, llevaría hasta la India. Epaminondas moriría en el 362 a. C. en la batalla de Mantinea, en el momento mismo de la victoria. La hegemonía tebana fue breve, pero el golpe que asestó en Leuctra fue definitivo: la Grecia que temía a Esparta había dejado de existir para siempre.