Verdún, 1916: trescientos días en el infierno donde una guerra se convirtió en matadero

Verdún, 1916: trescientos días en el infierno donde una guerra se convirtió en matadero

Si existe un lugar donde la Primera Guerra Mundial mostró su rostro más absurdo y atroz, ese lugar es Verdún. Durante casi diez meses de 1916, franceses y alemanes se destrozaron mutuamente en un puñado de colinas y fortalezas junto al río Mosa, en un combate que apenas movió las líneas del mapa pero que dejó centenares de miles de muertos. Verdún no fue una batalla por conquistar territorio, sino algo más siniestro: una operación planificada para consumir vidas humanas a escala industrial. Y, como suele ocurrir con esa clase de cálculos, se volvió contra quien la ideó.

Un plan para desangrar a Francia

A finales de 1915, el frente occidental era una línea de trincheras congelada que se extendía desde el mar del Norte hasta Suiza. El jefe del Estado Mayor alemán, Erich von Falkenhayn, comprendió que ninguna ofensiva lograría ya una ruptura limpia. Su idea, expuesta según él en un memorando dirigido al káiser, era distinta y escalofriante: elegir un punto que los franceses se vieran obligados a defender hasta el último hombre, por su enorme valor simbólico, y convertirlo en una trituradora. No se trataba de tomar terreno, sino de provocar una sangría que agotara a Francia.

El punto elegido fue Verdún, una antigua ciudad-fortaleza rodeada de fuertes, cargada de historia militar y encajada en un saliente del frente. Los alemanes acumularon en secreto una concentración de artillería sin precedentes. La lógica era macabramente sencilla: los cañones matarían y los franceses seguirían enviando hombres a morir para no perder Verdún.

21 de febrero: el huracán de acero

La mañana del 21 de febrero de 1916, más de mil cañones abrieron fuego a la vez sobre las posiciones francesas. En las primeras horas cayó cerca de un millón de proyectiles, un diluvio de metal que arrasó bosques enteros, sepultó trincheras y dejó el terreno convertido en un paisaje lunar de cráteres. Tras el bombardeo avanzaron las tropas de asalto alemanas, equipadas con una novedad terrorífica: los lanzallamas.

El frente francés estuvo a punto de hundirse en los primeros días. Los defensores, aturdidos y superados, cedían terreno metro a metro. Parecía que el plan de Falkenhayn funcionaba a la perfección.

La caída de Douaumont

El golpe más duro para la moral francesa llegó el 25 de febrero, con la caída del fuerte de Douaumont, la mayor y más moderna de las fortificaciones de Verdún. Increíblemente, la imponente mole fue capturada casi sin lucha: la guarnición se había reducido a un puñado de hombres y un pequeño grupo de asaltantes alemanes logró colarse en su interior prácticamente sin disparar. La noticia conmocionó a toda Francia y convirtió a Douaumont en un símbolo obsesivo. Reconquistarlo se transformaría en una cuestión de honor nacional.

Fuerte Douaumont
El fuerte de Douaumont, capturado casi sin combate por los alemanes en febrero de 1916.

La Vía Sagrada y el general Pétain

Para frenar el desastre, el mando francés puso al frente de Verdún al general Philippe Pétain, un hombre metódico obsesionado con la protección de sus soldados. Pétain comprendió que la clave era el abastecimiento y la moral. Como la única vía de suministro utilizable era una modesta carretera secundaria, la organizó como una arteria vital: por ella circulaban camiones día y noche, uno cada pocos segundos, llevando hombres, munición y víveres al frente y evacuando heridos. Aquella ruta pasó a la historia como la Voie Sacrée, la Vía Sagrada.

Pétain implantó además un sistema de rotación por el que las divisiones pasaban por el infierno de Verdún durante periodos cortos y luego eran relevadas. Así, un enorme número de unidades del ejército francés acabó combatiendo allí, y toda la nación sintió Verdún como algo propio. A la determinación de resistir se asoció una consigna que resumía el espíritu de la defensa: no pasarán.

No pasarán

Los meses siguientes fueron una agonía de ataques y contraataques por unos pocos kilómetros de terreno pulverizado. Los alemanes alcanzaron su máximo avance en junio, con la caída del fuerte de Vaux tras una lucha desesperada en la que los defensores resistieron incluso sin agua. La aldea de Fleury cambió de manos más de una docena de veces hasta desaparecer del mapa. Pero el esfuerzo alemán empezó a agotarse.

En julio, la gran ofensiva británica y francesa en el Somme obligó a Alemania a desviar hacia allí artillería y reservas, aliviando la presión sobre Verdún. En otoño, los franceses pasaron al contraataque con métodos cuidadosamente preparados y fueron recuperando lo perdido. En octubre reconquistaron Douaumont y poco después Vaux. Para diciembre, el frente había regresado casi al punto de partida de febrero. La sangría había sido inmensa y el mapa apenas se había movido.

Un matadero sin vencedores

Verdún se prolongó unos trescientos días y dejó, sumando muertos y heridos de ambos bandos, en torno a setecientas mil bajas, repartidas de forma casi pareja. El plan de Falkenhayn de desangrar a Francia sin desgaste propio se había revelado una ilusión: Alemania sangró tanto como su enemigo. El propio Falkenhayn fue destituido antes de que terminara el año.

Más allá de las cifras, Verdún se convirtió en el símbolo por excelencia del sacrificio y del absurdo de la guerra de trincheras. Todavía hoy, el osario de Douaumont guarda entre sus muros los restos mezclados de unos ciento treinta mil combatientes, franceses y alemanes, que nunca pudieron ser identificados. Ningún monumento resume mejor lo que fue aquella batalla: una lucha en la que la victoria y la derrota se disolvieron en una montaña común de huesos anónimos.

Osario de Douaumont
El osario de Douaumont custodia los restos de unos 130.000 soldados sin identificar.