¿Y si Alemania hubiera ganado la batalla de Inglaterra?

¿Y si Alemania hubiera ganado la batalla de Inglaterra?

En el verano de 1940, el destino de Europa se decidió a miles de metros de altura. Tras la fulminante caída de Francia en junio, la Alemania nazi dominaba el continente desde el Atlántico hasta las fronteras de la Unión Soviética. Solo un enemigo seguía en pie al otro lado del Canal de la Mancha: el Reino Unido. Para invadirlo, Hitler necesitaba antes arrebatar el control del aire a la Royal Air Force. Aquel duelo, que los británicos bautizaron como la batalla de Inglaterra, es uno de los grandes «¿y si…?» del siglo XX.

El verano en que se jugó el destino de Europa

La batalla comenzó, según la cronología británica, alrededor del 10 de julio de 1940 y se prolongó hasta finales de octubre. Al principio, la Luftwaffe atacó convoyes y puertos del Canal; después dirigió su fuerza contra los aeródromos y las estaciones de radar del sur de Inglaterra. El objetivo estaba claro: destruir al Mando de Caza de la RAF para dejar indefensa a la isla ante una invasión. Hermann Göring, jefe de la fuerza aérea alemana, prometió a Hitler que sus escuadrones lograrían la superioridad aérea en pocas semanas. El 13 de agosto, bautizado como «Día del Águila», lanzó una ofensiva masiva para hundir de una vez a los cazas británicos.

Los historiadores británicos suelen dividir el combate en varias fases: primero los ataques a los convoyes del Canal en julio, luego la ofensiva contra los aeródromos y la infraestructura en agosto y, por último, el giro hacia el bombardeo de las ciudades en septiembre. En su momento culminante, cientos de aparatos se enfrentaban a diario sobre el sur de Inglaterra, dejando el cielo cruzado de estelas blancas que la población observaba desde el suelo. Para muchos británicos, aquellas semanas fueron la primera vez que la guerra moderna se libraba, literalmente, sobre sus cabezas.

Por qué la RAF resistió

A pesar de la superioridad numérica alemana, la RAF contaba con ventajas decisivas. La primera era tecnológica y organizativa: la red de radares Chain Home, integrada en el llamado «sistema Dowding» —por Hugh Dowding, jefe del Mando de Caza—, permitía detectar a los bombarderos enemigos con antelación y dirigir a los cazas justo donde hacían falta, sin malgastar combustible patrullando un cielo vacío. La segunda era el propio material: el Supermarine Spitfire y el Hawker Hurricane eran cazas excelentes, y los pilotos alemanes derribados caían en territorio enemigo, mientras que los británicos, si sobrevivían, podían volver a volar al día siguiente. Además, el caza alemán Messerschmitt Bf 109 tenía tan poca autonomía que apenas podía combatir unos minutos sobre Inglaterra antes de regresar. A comienzos de septiembre, la Luftwaffe cometió un error crucial: cambió el bombardeo de los aeródromos por el de Londres, iniciando el Blitz. Aquella decisión dio a la RAF un respiro vital para recuperarse.

Tampoco puede olvidarse el factor humano. Los pilotos de caza, muchos de ellos jóvenes de apenas veinte años, realizaban varias salidas al día hasta caer rendidos de agotamiento. Junto a los británicos combatieron aviadores de toda la Commonwealth y de países ocupados: polacos, checos, canadienses, australianos, neozelandeses o sudafricanos. El escuadrón polaco 303, en particular, se convirtió en uno de los más eficaces de toda la campaña. Aquella mezcla de tecnología, organización y determinación humana fue la que permitió a la RAF aguantar el envite en su hora más difícil.

Supermarine Spitfire
El Spitfire, símbolo de la defensa británica

Qué significaba realmente «ganar»

¿Qué habría supuesto exactamente una victoria alemana? La respuesta no es tan evidente como parece. La Luftwaffe no buscaba conquistar territorio en el aire, sino crear las condiciones para algo mayor: una invasión anfibia. «Ganar» significaba dejar a la RAF sin capacidad de defender el espacio aéreo sobre el Canal y las playas del sur durante el tiempo suficiente para que el ejército alemán cruzara. Pero lograr la superioridad aérea temporal sobre Kent o Sussex es una cosa, y dominar de forma permanente todo el cielo británico, otra muy distinta. Los alemanes descubrieron pronto que cada semana de combate les costaba pilotos y aparatos difíciles de reemplazar, mientras la industria británica fabricaba cazas a mayor ritmo del que los perdía. Aniquilar a la RAF resultó estar mucho más lejos de lo que Göring había prometido.

El fantasma de la Operación León Marino

Suponer que Alemania ganó la batalla de Inglaterra obliga a preguntarse qué habría ocurrido después. El plan de invasión, la Operación León Marino, preveía cruzar el Canal con barcazas fluviales requisadas y desembarcar decenas de miles de soldados en la costa sur. Pero aquí aparece el gran problema que muchos historiadores subrayan: la superioridad aérea, por sí sola, no bastaba. Entre la Wehrmacht y las playas inglesas estaba la Royal Navy, la marina más poderosa del mundo. La Kriegsmarine, la armada alemana, había quedado maltrecha tras la campaña de Noruega y no podía proteger un desembarco frente a los acorazados y destructores británicos. Incluso con la RAF debilitada, un intento de invasión podría haber terminado en una catástrofe, con las tropas alemanas hundidas en mitad del Canal.

Operación León Marino
El plan de invasión alemán que nunca llegó a ejecutarse

Un mundo sin trampolín para liberar el continente

Imaginemos, aun así, que la presión aérea hubiera forzado un armisticio o un cambio de gobierno en Londres. Las consecuencias habrían sido enormes. El Reino Unido era la última gran base occidental desde la que, años después, se lanzaría la reconquista del continente. Sin las islas británicas como un gigantesco portaaviones, no habría existido el bombardeo estratégico sobre Alemania, ni la campaña del norte de África partiendo de Egipto, ni el desembarco de Normandía en 1944. Estados Unidos habría perdido su plataforma natural para intervenir en Europa. Es probable que Hitler hubiera podido volcar más recursos en su verdadera obsesión: la invasión de la Unión Soviética, lanzada en junio de 1941. Muchos historiadores creen, sin embargo, que ni siquiera eso habría cambiado el resultado final en el frente del Este, donde de verdad se decidió la guerra.

Conviene recordar, además, el efecto que la resistencia británica tuvo sobre el resto del mundo. Mientras Gran Bretaña siguiera en pie, la guerra no estaba decidida y quedaba una puerta abierta para todos los que se oponían a Hitler. Si esa puerta se hubiera cerrado en 1940, los movimientos de resistencia en la Europa ocupada habrían perdido su principal fuente de esperanza, de armas y de apoyo por radio. La sola existencia de una Gran Bretaña libre y combatiente fue, durante los años más oscuros, un faro para millones de personas bajo la ocupación.

Los límites de imaginar una victoria alemana

Conviene ser prudente con estos ejercicios. La batalla de Inglaterra fue importantísima para la moral —fue el primer gran fracaso alemán y la ocasión del célebre discurso de Winston Churchill sobre «los pocos» a quienes tantos debían tanto—, pero rara vez las guerras se deciden en un único choque. Aunque la RAF hubiera sido barrida del cielo del sur de Inglaterra, quedaban aeródromos más al norte, la Royal Navy intacta, un gobierno decidido a resistir e incluso planes para trasladar la corona y la flota a Canadá si la isla caía. La verdadera lección del verano de 1940 no es solo que Gran Bretaña ganó una batalla aérea, sino que demostró que la Alemania nazi no era invencible, algo que resonó en todos los países ocupados. Y esa idea fue, quizá, tan decisiva como cualquier avión derribado.