Durante más de un siglo, dos ciudades se disputaron el control del Mediterráneo occidental. Una era Roma, una república latina en plena expansión; la otra, Cartago, un imperio comercial fundado por los fenicios en la costa del actual Túnez. Entre el 264 y el 146 a. C. libraron tres guerras, las Guerras Púnicas, que terminaron con la aniquilación total de Cartago. Pero la balanza estuvo, en más de una ocasión, a punto de inclinarse hacia el otro lado. ¿Cómo sería nuestro mundo si hubiera vencido Cartago?
Dos potencias para un solo mar
Roma y Cartago eran, en muchos sentidos, opuestas. Roma era una potencia terrestre, agrícola y militar, con una ciudadanía-soldado y una enorme reserva de hombres dispuestos a combatir. Cartago era una talasocracia, un imperio del mar basado en el comercio, las colonias y una poderosa flota, que confiaba buena parte de sus guerras a ejércitos de mercenarios. En la Primera Guerra Púnica, entre el 264 y el 241 a. C., chocaron por Sicilia. Roma, que apenas tenía marina, construyó una flota desde cero y, tras años de lucha y desastres navales, acabó imponiéndose en la batalla de las islas Egadas en el 241 a. C. Cartago perdió Sicilia y una fortuna en indemnizaciones, pero no fue destruida. La revancha llegaría pronto, y de la mano de un solo hombre.
El ingenio romano quedó patente ya en aquella primera contienda. Como no sabían combatir en el mar, los romanos idearon el «cuervo», un puente de abordaje con un gancho que se dejaba caer sobre la cubierta enemiga para convertir la batalla naval en un combate de infantería, su especialidad. Fue una muestra temprana de la capacidad romana para adaptarse y aprender de sus enemigos, un rasgo que resultaría decisivo en todas las guerras posteriores.

Aníbal a las puertas de Roma
Ese hombre fue Aníbal Barca, uno de los mayores genios militares de la historia. En la Segunda Guerra Púnica, entre el 218 y el 201 a. C., en lugar de esperar a los romanos, los sorprendió cruzando los Pirineos y los Alpes con su ejército y sus célebres elefantes, y cayó sobre Italia desde el norte. Allí encadenó una serie de victorias asombrosas: en el río Trebia, en el lago Trasimeno y, sobre todo, en Cannas, en el 216 a. C. En aquella llanura, Aníbal envolvió y aniquiló a un ejército romano muy superior en número mediante una maniobra de doble cerco que aún se estudia en las academias militares. Fue una de las peores derrotas de la historia de Roma: decenas de miles de muertos en un solo día. Italia parecía a merced del cartaginés, y varias ciudades y aliados se pasaron a su bando.
Se cuenta que, tras la victoria, uno de sus oficiales, Maharbal, le urgió a marchar de inmediato sobre Roma, y que ante la negativa de Aníbal exclamó que los dioses no concedían todos los dones a un mismo hombre: sabía vencer, pero no aprovechar la victoria. Aquella frase, verdadera o no, resume el gran enigma de la guerra: por qué el mejor general de su tiempo, tras semejante triunfo, no llegó a dar el golpe definitivo.

Por qué Roma no se rindió
Y sin embargo, Roma no se rindió. Aquí está la clave de todo el «¿y si…?». Tras Cannas, cualquier otro Estado habría pedido la paz; Roma, en cambio, se negó siquiera a negociar. Reclutó nuevos ejércitos, evitó las grandes batallas campales frente a Aníbal —la célebre estrategia de desgaste de Fabio Máximo, apodado «el Contemporizador»— y llevó la guerra a otros frentes: Hispania y, finalmente, la propia África. Aníbal, brillante en el campo de batalla, no logró tomar la ciudad de Roma ni recibió refuerzos suficientes desde Cartago, cuyos dirigentes desconfiaban de la poderosa familia Barca. El joven general romano Publio Cornelio Escipión, más tarde llamado «el Africano», invadió el territorio cartaginés y obligó a Aníbal a regresar para defender su patria. En la batalla de Zama, en el 202 a. C., Escipión derrotó por fin al invicto Aníbal. Cartago quedó a merced de Roma, y medio siglo después, en la Tercera Guerra Púnica, fue arrasada hasta los cimientos.

Un Mediterráneo púnico en lugar de romano
¿Qué habría pasado si Aníbal hubiera tomado Roma tras Cannas, o si Cartago hubiera apoyado con más fuerza a su general? Lo más probable es que el Mediterráneo occidental hubiera quedado bajo la hegemonía de una potencia comercial y marítima, no de un imperio militar y expansionista como el romano. Cartago tendía a controlar rutas, puertos y colonias más que a conquistar y asimilar vastos territorios interiores. Un mundo dominado por Cartago quizá se habría organizado como una red de ciudades comerciales, con menos afán por unificar culturalmente a los pueblos sometidos. Es posible que no hubiese existido nada parecido al gigantesco imperio territorial que Roma construyó después, con sus calzadas, sus legiones y su ciudadanía extendida a millones de personas.
Incluso el mapa político de Europa podría haber sido irreconocible. Sin la maquinaria conquistadora de Roma, la Galia, Hispania o Britania quizá no habrían sido romanizadas, y muchos pueblos y lenguas que Roma acabó absorbiendo tal vez habrían pervivido durante mucho más tiempo. El equilibrio entre el mundo mediterráneo y las tribus del norte de Europa habría seguido caminos imposibles de prever.
Otro idioma, otro derecho, otra fe
Las consecuencias culturales serían todavía más profundas. Roma difundió el latín por todo el occidente europeo; de él nacieron el español, el francés, el italiano, el portugués o el rumano. Con una Cartago triunfante, la lengua franca del Mediterráneo occidental podría haber sido el púnico, de raíz fenicia y emparentado con el hebreo. Tampoco tendríamos el derecho romano, la base de buena parte de los sistemas jurídicos actuales, ni las instituciones políticas que Roma legó a Occidente. Y habría que preguntarse por la religión: fue el Imperio romano el que, siglos después, sirvió de cauce para la expansión del cristianismo por Europa. Sin ese marco, la historia de las creencias del continente habría sido, sencillamente, otra. Es imposible saber cuál, pero desde luego muy distinta.
Hay además una dificultad de fondo para imaginar ese mundo: casi todo lo que sabemos de Cartago nos ha llegado a través de sus enemigos. Los propios cartagineses apenas dejaron textos que hayan sobrevivido, de modo que su historia la escribieron sobre todo romanos y griegos, poco inclinados a la simpatía. Por eso arrastran una fama sombría, con acusaciones de crueldad y de sacrificios humanos que hoy los historiadores examinan con cautela. Un Mediterráneo púnico no solo habría hablado otra lengua: habría contado su propia historia con su propia voz, y quizá nuestra imagen de aquella civilización sería completamente distinta.
Los límites de imaginar una Cartago triunfante
Como todo ejercicio de historia contrafactual, este tiene sus límites. La resistencia de Roma tras Cannas demuestra que su fuerza no residía solo en sus ejércitos, sino en una enorme capacidad de reclutamiento, una red de alianzas en Italia y una tenacidad política casi inagotable. Muchos historiadores dudan de que Cartago, más dividida en su interior y dependiente de mercenarios, hubiera podido sostener durante siglos una hegemonía tan sólida como la romana, incluso ganando una guerra. Vencer en una batalla, o incluso en una guerra, no es lo mismo que construir un orden duradero. Por eso el enfrentamiento entre Roma y Cartago sigue fascinando: no solo por lo que ocurrió, sino porque nos hace ver hasta qué punto el mundo en que vivimos —nuestras lenguas, nuestras leyes, nuestras fronteras— se decidió, en parte, en unas llanuras de Italia y del norte de África hace más de dos mil años.
