En la primavera de 1242, el continente europeo contuvo la respiración. Un ejército llegado de las estepas de Asia había arrasado Rusia, aplastado a los ejércitos de Polonia y Hungría y plantado sus tiendas a orillas del Danubio. Nada parecía capaz de detenerlo. Y entonces, cuando media Europa se daba por perdida, los invasores dieron media vuelta y desaparecieron por donde habían venido. Es uno de los grandes puntos de bifurcación de la historia: ¿qué habría ocurrido si los mongoles no se hubieran retirado?
La tormenta que llegó del este
El Imperio mongol fundado por Gengis Kan fue la mayor construcción política contigua que ha conocido la humanidad. A su muerte en 1227, sus sucesores continuaron la expansión en todas direcciones. Hacia occidente, la ofensiva la dirigían Batu Kan, nieto de Gengis, y sobre todo el veterano general Subotai, uno de los estrategas más brillantes y menos conocidos de todos los tiempos.
Entre 1237 y 1240, los mongoles sometieron los principados rusos uno tras otro y culminaron su campaña con el saqueo de Kiev. No eran una simple horda de jinetes: combinaban una caballería de arqueros de movilidad asombrosa con ingenieros de asedio chinos y persas, un sistema de mensajería que les daba información fresca del enemigo y una disciplina táctica que ningún ejército europeo podía igualar.

Legnica y Mohi: dos días que aterraron a Europa
En 1241, el ejército mongol se dividió para golpear en dos frentes a la vez, una maniobra propia de su genio coordinador. El ala norte penetró en Polonia y, el 9 de abril, destrozó en la batalla de Legnica a un ejército combinado de caballeros polacos y alemanes. Allí murió Enrique II el Piadoso, duque de Silesia. La leyenda cuenta que los vencedores llenaron sacos con las orejas de los caídos para contar sus bajas.
Apenas dos días después, el 11 de abril, la fuerza principal al mando de Batu y Subotai aniquiló al ejército húngaro del rey Béla IV en la batalla de Mohi, junto al río Sajó. Mediante una retirada fingida y un cerco nocturno, los mongoles atrajeron a los húngaros a una trampa y los masacraron. Hungría quedó devastada; se calcula que una parte enorme de su población pereció en la campaña y en el hambre que la siguió.

Con estas dos victorias fulminantes, los mongoles se habían quedado sin rivales de peso entre el Danubio y el Rin. Sus exploradores llegaron a las cercanías de Viena, y la corte del rey Béla huyó hasta la costa del Adriático perseguida por destacamentos mongoles. En Europa occidental, las crónicas hablaban ya del fin del mundo.
La retirada más famosa de la historia
Entonces ocurrió lo inesperado. A finales de 1241, el gran kan Ogodei, hijo y sucesor de Gengis, murió en Mongolia. La noticia tardó semanas en llegar al frente europeo, pero cuando lo hizo, cambió el rumbo de la historia. Según la costumbre mongola, los príncipes de la dinastía debían regresar a la capital para participar en el kurultai, la gran asamblea que elegiría al nuevo gran kan. Batu, que aspiraba a influir en esa sucesión, ordenó el repliegue.
Durante mucho tiempo se explicó la retirada únicamente por esa muerte oportuna. Hoy los historiadores matizan el cuadro. Algunos estudios, basados en los anillos de crecimiento de los árboles, apuntan a que la primavera de 1242 fue anormalmente húmeda: la llanura húngara se habría convertido en un lodazal, arruinando los pastos de los que dependían los caballos mongoles. A ello se sumaban las enormes distancias respecto a sus bases y el hecho de que buena parte de los objetivos de saqueo ya se había cumplido. La retirada fue, probablemente, fruto de varias causas entrelazadas.
¿Habría caído Europa occidental?
Llegamos al corazón de la ucronía. Si Ogodei no hubiera muerto, o si Batu hubiera decidido quedarse, ¿habrían llegado los mongoles al Atlántico? La respuesta honesta es que no lo sabemos, pero podemos sopesar los factores en juego.
A favor de los mongoles jugaban su superioridad táctica, su movilidad y el desconcierto total de una Europa dividida en decenas de reinos y señoríos incapaces de unirse. En campo abierto, ningún ejército feudal les había plantado cara con éxito. El Sacro Imperio estaba enfrascado en sus luchas internas y el papado, en su pulso con el emperador.
En contra jugaba la geografía. Europa occidental no era la estepa: estaba cubierta de bosques, ríos y, sobre todo, de cientos de castillos de piedra. Los mongoles sabían asediar, pero tomar fortaleza tras fortaleza en un terreno tan fragmentado habría ralentizado enormemente su avance y estirado sus líneas de suministro hasta el límite. Su fuerza residía en la maniobra rápida, no en las campañas de asedio prolongadas. Además, el número de guerreros mongoles, con ser temible, no era ilimitado para ocupar de forma permanente un continente tan poblado.
Un continente distinto
Imaginemos, aun así, que la campaña hubiera continuado unos años más. Es plausible que Hungría, Polonia y buena parte de Europa central hubieran quedado integradas, como Rusia, en la órbita de la Horda de Oro, el kanato que los descendientes de Batu establecieron en las estepas occidentales. Esos territorios habrían pagado tributo durante generaciones, como les ocurrió a los principados rusos, cuya historia quedó profundamente marcada por dos siglos de dominio mongol.
Un dominio prolongado habría reorientado el comercio, la política y quizá la religión de media Europa. La Rusia que emergió del yugo mongol fue más centralizada y autocrática; no es descabellado pensar que una Europa central sometida habría seguido un camino parecido, muy distinto del mosaico de ciudades libres y monarquías que conocemos. Pero conviene no exagerar: es muy dudoso que los mongoles hubieran podido ocupar de forma estable las tierras atlánticas, lejos de sus pastos y de sus rutas.
El azar y la historia
La retirada mongola de 1242 se ha convertido en el ejemplo favorito de quienes sostienen que la historia pende a veces de un hilo. La muerte de un anciano a miles de kilómetros del frente, quizá combinada con una primavera especialmente lluviosa, habría bastado para salvar a Europa central de un destino radicalmente distinto.
Conviene, sin embargo, huir de los determinismos fáciles en ambos sentidos. Ni Europa estaba condenada sin remedio, pues su geografía y sus fortalezas eran obstáculos formidables, ni se salvó por puro milagro. Lo que sí muestra este episodio es hasta qué punto los grandes procesos históricos conviven con el azar, con la climatología y con las decisiones personales. En 1242, el continente miró al abismo, y por razones que aún discutimos, el abismo le devolvió la mirada y se marchó.
