Trajano: el emperador hispano que llevó a Roma a su mayor extensión

Trajano: el emperador hispano que llevó a Roma a su mayor extensión

En el verano del año 117, un anciano soldado agonizaba en la ciudad de Selinunte, en la costa de Cilicia, mientras intentaba regresar a Roma. Se llamaba Marco Ulpio Trajano y bajo su mando el Imperio romano había alcanzado la mayor extensión de toda su historia: desde las brumas de Britania hasta las arenas de Mesopotamia, desde el Atlántico hasta el golfo Pérsico. Nunca antes, y nunca después, Roma dominaría tanto territorio. La paradoja es que aquel hombre que llevó al imperio a su cénit no había nacido en Roma, ni siquiera en Italia, sino en la lejana provincia de la Bética, en el sur de la actual España.

Un hispano en el trono de Roma

Trajano vino al mundo hacia el año 53 en Itálica, una colonia romana situada junto a la actual Santiponce, cerca de Sevilla. Era hijo de una familia de la aristocracia provincial, romanizada desde hacía generaciones pero con raíces en la Hispania meridional. Su padre, también llamado Trajano, había tenido una carrera militar y política brillante que abrió camino al hijo. Que un provinciano llegara a emperador era algo impensable en los primeros tiempos del imperio, cuando el poder era coto casi exclusivo de las viejas familias itálicas. Trajano rompió ese molde y se convirtió en el primer emperador nacido fuera de Italia, un símbolo de cómo Roma había dejado de ser una ciudad para convertirse en un mundo.

Su ascenso no se debió al azar ni a la sangre, sino a una larga hoja de servicios. Trajano se formó en las legiones, sirvió en distintas fronteras del imperio y se ganó fama de comandante competente y cercano a sus soldados. Cuando en el año 97 el anciano emperador Nerva, sin hijos y sin apenas apoyo del ejército, buscó un sucesor que garantizase la estabilidad, eligió adoptar a Trajano. Fue una decisión política de primer orden: el trono no pasaba por herencia de sangre, sino por mérito y por la necesidad de contar con el respaldo de las legiones. Al morir Nerva en el año 98, Trajano se convirtió en emperador sin que se derramara una sola gota de sangre.

El soldado antes que el emperador

Lo primero que llama la atención de su reinado es que Trajano no corrió a Roma a disfrutar del poder. Cuando fue nombrado emperador se encontraba en la frontera del Rin y del Danubio, y allí permaneció más de un año inspeccionando las defensas antes de entrar en la capital. Aquel gesto resumía su carácter: era, ante todo, un hombre de acción y de campamento, mucho más cómodo entre soldados que entre las intrigas del Senado.

Cuando por fin entró en Roma, lo hizo a pie, como un ciudadano más, saludando al pueblo y a los senadores en lugar de exigir reverencias. La imagen se grabó en la memoria colectiva. Trajano cultivó deliberadamente el papel de civilis princeps, un gobernante que se presentaba como el primero entre iguales y no como un tirano divinizado. Trató al Senado con respeto, redujo los abusos fiscales y estableció una relación de colaboración con las élites que le valió una popularidad enorme. Buena parte de lo que sabemos de su forma de gobernar procede de la correspondencia que mantuvo con Plinio el Joven, gobernador de Bitinia, un intercambio de cartas que muestra a un emperador atento, prudente y sorprendentemente moderado en sus decisiones.

Trajano
Busto de Trajano, primer emperador romano nacido fuera de Italia

Las guerras dácicas: oro, sangre y una columna

La gran empresa militar de Trajano fue la conquista de Dacia, un reino poderoso situado al norte del Danubio, en la actual Rumanía. Allí gobernaba Decébalo, un rey astuto y tenaz que años atrás había humillado a las legiones romanas y arrancado a Roma un tratado que casi parecía un tributo. Trajano no estaba dispuesto a tolerar aquella afrenta ni a renunciar a las famosas minas de oro dacias.

Entre los años 101 y 106 libró dos durísimas campañas. En la primera obligó a Decébalo a rendirse y aceptar duras condiciones; en la segunda, cuando el rey dacio rompió el pacto, Trajano regresó decidido a acabar con el reino por completo. Sus ingenieros construyeron un colosal puente de piedra sobre el Danubio, obra del arquitecto Apolodoro de Damasco, una hazaña técnica que asombró a los contemporáneos. Las legiones tomaron la capital dacia, Sarmizegetusa, y Decébalo, acorralado, se quitó la vida antes de caer prisionero. Dacia se convirtió en provincia romana y su oro fluyó hacia Roma en cantidades tan grandes que financió celebraciones y obras públicas durante años.

Para inmortalizar aquella victoria, Trajano mandó erigir en el corazón de Roma un monumento único: una columna de casi cuarenta metros de altura cuyo fuste se recubrió con un relieve continuo en espiral que narra, escena a escena, el desarrollo de las guerras dácicas. Es una de las fuentes visuales más extraordinarias que nos ha dejado la Antigüedad, un auténtico documental esculpido en mármol sobre cómo marchaba, luchaba y construía el ejército romano.

Columna de Trajano
La columna de Trajano narra en espiral las campañas contra Dacia

El emperador constructor

Trajano no solo conquistó: también construyó como pocos. Con el botín de Dacia financió uno de los mayores programas de obras públicas de la historia de Roma. En el centro de la ciudad levantó un enorme conjunto monumental, el Foro de Trajano, el último y más grandioso de los foros imperiales, con su basílica, sus bibliotecas y sus mercados escalonados en la ladera del Quirinal, un complejo comercial de varios pisos que todavía hoy asombra a quien lo visita.

Su preocupación por las obras útiles se extendió por todo el imperio. Mandó construir calzadas, puentes, acueductos y puertos. Reformó y amplió el gran puerto de Ostia para asegurar el abastecimiento de grano a la capital, y en Hispania dejó obras memorables como el puente sobre el Tajo en Alcántara, un prodigio de ingeniería que sigue en pie casi dos mil años después. También impulsó una política social poco habitual: los alimenta, un sistema de ayudas para mantener y educar a los hijos de familias pobres de Italia, financiado con préstamos a los agricultores cuyos intereses se destinaban a ese fin. Era, en cierto modo, una forma temprana de política asistencial promovida desde el Estado.

Foro de Trajano
Los mercados de Trajano, un centro comercial de varios pisos en la Roma imperial

Hasta el golfo Pérsico: el límite del mundo

En los últimos años de su reinado, Trajano dirigió su mirada hacia Oriente, hacia el eterno rival de Roma: el Imperio parto. Hacia el año 114 inició una gran ofensiva que le llevó a anexionar Armenia y a avanzar por Mesopotamia, tomando ciudades legendarias y llegando hasta el golfo Pérsico. Cuenta la tradición que, al contemplar un barco que partía rumbo a la India, el ya anciano emperador lamentó ser demasiado viejo para seguir avanzando como había hecho Alejandro Magno siglos atrás.

Pero aquella expansión resultó frágil. A espaldas de las legiones estallaron revueltas en los territorios recién conquistados y en otras zonas del imperio, y Trajano comprendió que mantener aquellas tierras tan lejanas sería enormemente costoso. Su salud, además, se deterioraba. Decidió emprender el regreso a Roma, pero no llegó a completarlo: murió en Cilicia en el año 117. Su sucesor, Adriano, tomaría una decisión drástica y renunciaría a buena parte de aquellas conquistas orientales para consolidar unas fronteras más manejables. La máxima extensión de Roma había durado apenas un suspiro.

Optimus Princeps: el mejor de los emperadores

El recuerdo de Trajano fue tan luminoso que el Senado le concedió el título de Optimus Princeps, el mejor de los gobernantes. Durante siglos, cada vez que se coronaba a un nuevo emperador, la fórmula ritual expresaba el deseo de que fuera más afortunado que Augusto y mejor que Trajano. Su nombre se convirtió en sinónimo del buen gobierno: firme en la guerra pero moderado en la paz, generoso con el pueblo y respetuoso con las instituciones.

La memoria de Trajano sobrevivió incluso al final del mundo antiguo. En la Edad Media circuló una célebre leyenda según la cual su justicia había sido tan ejemplar que, siglos después de su muerte, mereció una forma de salvación pese a haber sido pagano. Más allá de la leyenda, su figura encarna algo esencial de la grandeza de Roma: la capacidad de un imperio para acoger en su cúspide a un hombre nacido en una provincia lejana y convertirlo en el símbolo de su edad de oro. Cuando pensamos en la Roma más extensa y más segura de sí misma, pensamos, casi sin saberlo, en aquel hispano de Itálica que llevó a las águilas hasta los confines del mundo conocido.