Constantino el Grande: el emperador que inclinó a Roma hacia el cristianismo

Constantino el Grande: el emperador que inclinó a Roma hacia el cristianismo

Hijo de un césar

Constantino nació hacia el año 272 en Naissus, la actual Niš, en los Balcanes. Su padre, Constancio Cloro, era un militar de carrera que llegaría a ocupar uno de los tronos del Imperio; su madre, Helena, era una mujer de origen humilde a la que la posteridad recordaría como santa. En aquella época, Roma se gobernaba mediante un sistema ideado por el emperador Diocleciano: la Tetrarquía, un reparto del poder entre cuatro gobernantes, dos augustos superiores y dos césares subordinados, pensado para administrar mejor un territorio inmenso.

El sistema, sin embargo, dependía de la lealtad de hombres ambiciosos, y eso rara vez es estable. Cuando Constancio Cloro murió en el año 306 en Eboracum, la actual York, en Britania, sus tropas proclamaron emperador a su hijo Constantino sin esperar el visto bueno de nadie. Comenzaba así una larga etapa de guerras civiles en la que varios candidatos se disputaron el control del Imperio. Constantino, buen estratega y mejor político, fue eliminando rivales uno tras otro.

La visión del Puente Milvio

El momento decisivo llegó el 28 de octubre del año 312, a las puertas de Roma. Constantino se enfrentaba a Majencio, que controlaba Italia, en el puente Milvio sobre el río Tíber. Según los cronistas cristianos, en vísperas de la batalla Constantino tuvo una visión: vio en el cielo un signo luminoso acompañado de las palabras con este signo vencerás. Otra versión habla de un sueño en el que se le ordenaba pintar en los escudos de sus soldados el monograma de Cristo, las letras griegas que forman su nombre.

Fuera visión o cálculo político, Constantino ordenó que sus hombres marcaran sus escudos con aquel símbolo. La batalla fue un desastre para Majencio: sus tropas se desbandaron y él mismo se ahogó en el Tíber al hundirse un puente de barcas. Constantino entró triunfante en Roma. La victoria se conmemoró con un gran arco que aún se levanta junto al Coliseo. A partir de entonces, el emperador atribuyó su éxito al Dios de los cristianos, seguidores de una religión hasta entonces perseguida y minoritaria.

El Edicto de Milán y el fin de la persecución

Apenas unos años antes, los cristianos habían sufrido bajo Diocleciano la persecución más dura de su historia. Todo cambió en el año 313, cuando Constantino y su aliado Licinio, que gobernaba el Oriente, acordaron en Milán una política de tolerancia religiosa. El llamado Edicto de Milán concedía libertad de culto a todos los ciudadanos y ordenaba devolver a las comunidades cristianas los bienes que les habían sido confiscados.

Conviene deshacer un malentendido muy extendido: Constantino no convirtió el cristianismo en religión oficial del Imperio. Eso ocurriría décadas más tarde, con el emperador Teodosio. Lo que hizo Constantino fue legalizarlo, protegerlo y favorecerlo abiertamente. Financió la construcción de iglesias, concedió privilegios al clero y trató a los obispos como consejeros. Su madre Helena viajó a Tierra Santa y, según la tradición, impulsó la localización de los lugares sagrados del cristianismo. El emperador convirtió una fe perseguida en una religión con el favor del poder.

La alianza con Licinio no duró. Las tensiones desembocaron en una nueva guerra civil y, en el año 324, Constantino derrotó a su antiguo socio y se quedó como único dueño del Imperio, algo que no ocurría desde hacía décadas.

Arco de Constantino
El arco erigido en Roma para celebrar la victoria del Puente Milvio.

Nicea: unir una fe dividida

Reunificado el Imperio, Constantino descubrió que su nueva religión favorita distaba de estar unida. Una disputa teológica sacudía a las iglesias de Oriente: el sacerdote Arrio sostenía que Cristo, el Hijo, era una criatura inferior y no plenamente igual a Dios Padre. La polémica, conocida como arrianismo, dividía a comunidades enteras y amenazaba con romper la unidad que el emperador tanto valoraba.

Para resolverla, Constantino convocó en el año 325 el Primer Concilio de Nicea, la primera gran asamblea de obispos de todo el Imperio. Allí se debatió la naturaleza de Cristo y se redactó una profesión de fe, el credo niceno, que afirmaba que el Hijo era de la misma sustancia que el Padre. El arrianismo fue condenado. Que un emperador presidiese un concilio y mediara en cuestiones de doctrina marcó un precedente enorme: a partir de entonces, poder político y autoridad religiosa quedarían íntimamente entrelazados en el mundo cristiano.

El concilio no solo fijó una doctrina; también unificó cuestiones prácticas como la fecha en que debía celebrarse la Pascua y reforzó la organización de la Iglesia en torno a las grandes sedes episcopales. Constantino corrió con los gastos del encuentro, alojó a los obispos y les concedió el uso del transporte oficial del Imperio. Aquel respaldo material era tan importante como el simbólico: una red de comunidades hasta entonces perseguidas empezaba a funcionar con el apoyo logístico de todo un Estado. Nacía así una alianza entre el trono y el altar que marcaría la política europea durante más de un milenio.

Una nueva Roma junto al Bósforo

La otra gran obra de Constantino fue geográfica. La vieja Roma, alejada de las fronteras más amenazadas y cargada de tradición pagana, ya no era el mejor centro desde el que gobernar. El emperador eligió una antigua colonia griega llamada Bizancio, en un enclave privilegiado entre Europa y Asia que controlaba el estrecho del Bósforo. Allí fundó en el año 330 una nueva capital que llevaría su nombre: Constantinopla, la ciudad de Constantino, concebida como una nueva Roma.

La elección fue visionaria. Protegida por el mar y por poderosas murallas, Constantinopla resistiría asedios durante más de mil años y se convertiría en el corazón del Imperio romano de Oriente, que hoy llamamos Imperio bizantino. Mientras la mitad occidental del Imperio se desmoronaba en el siglo siguiente, la ciudad de Constantino sobrevivió como faro de cultura, comercio y cristianismo hasta el año 1453.

Orden en un mundo tambaleante

Más allá de la religión, Constantino heredó un Imperio maltrecho por décadas de crisis, inflación y presión en las fronteras. Para estabilizar la economía acuñó una nueva moneda de oro, el sólido, de peso y pureza garantizados, que se convirtió en la divisa de referencia del Mediterráneo durante siglos y sostuvo el comercio de Oriente mucho después de su muerte. Reorganizó también el ejército, separando las guarniciones fronterizas de un cuerpo móvil de reserva capaz de acudir allí donde surgiera la amenaza, y afinó la maquinaria administrativa que Diocleciano había puesto en marcha.

Estas reformas, menos vistosas que sus victorias o sus iglesias, resultaron decisivas para la supervivencia del Imperio de Oriente. Mientras Occidente se desintegraba en el siglo siguiente, la mitad oriental dispondría de una moneda sólida, una administración eficaz y un ejército reformado que le permitirían resistir durante los siglos venideros.

Un legado que moldeó Occidente

Constantino murió en el año 337. Fiel a una costumbre de su época, se hizo bautizar solo en el lecho de muerte, para llegar limpio de pecados al final. Se le recordaría como el primer emperador cristiano, aunque su vida estuvo llena de decisiones despiadadas propias de un gobernante romano, incluida la ejecución de su propio hijo y de su esposa por motivos que siguen sin estar claros.

Su importancia histórica es difícil de exagerar. Al dar cobertura imperial al cristianismo, Constantino aceleró la transformación de una minoría perseguida en la religión mayoritaria de Europa durante los siguientes mil quinientos años. Al fundar Constantinopla, dotó al mundo mediterráneo de una capital que preservaría el saber antiguo mientras Occidente se sumía en siglos turbulentos. Pocas decisiones de un solo hombre han modelado tan profundamente la cultura, la fe y la geografía del mundo que vino después.