Un príncipe que soñaba con huir
Pocos monarcas empezaron su vida tan lejos del ideal guerrero como Federico II de Prusia. Nació en Berlín en 1712 y creció bajo la mano de hierro de su padre, Federico Guillermo I, apodado el «Rey Sargento» por su obsesión con el ejército, la austeridad y la disciplina. El monarca quería un heredero recio y marcial; en su lugar tuvo un hijo sensible que prefería la flauta travesera, la poesía francesa y la filosofía a los desfiles de instrucción. El choque entre ambos fue de una violencia notable.
La tensión estalló en 1730, cuando el joven Federico, con apenas dieciocho años, intentó fugarse hacia Inglaterra junto a su amigo Hans Hermann von Katte. Los descubrieron. El rey consideró la fuga una deserción, casi una traición al Estado. Ordenó ejecutar a Katte y obligó a su propio hijo a presenciar la decapitación. Aquella escena marcó a Federico para siempre: aprendió a someterse, a disimular sus verdaderas ideas y a esperar su momento. También intuyó, quizá, que el poder no admite sentimentalismos.
La apuesta de Silesia
Cuando Federico Guillermo murió en 1740, su hijo heredó algo muy valioso: un ejército pequeño pero excepcionalmente instruido y una tesorería llena. El nuevo rey no tardó ni unos meses en usar ambas cosas. Aprovechando que en Viena acababa de acceder al trono una joven soberana, María Teresa de Austria, cuya sucesión muchos consideraban discutible, Federico invadió por sorpresa Silesia, una rica provincia industrial y textil. Fue un golpe frío y calculado que desató la Guerra de Sucesión Austríaca.
Su primera batalla, en Mollwitz en 1741, estuvo a punto de ser un desastre personal: su caballería fue arrollada y el propio rey abandonó el campo creyendo la jornada perdida. Sin embargo, la infantería prusiana, entrenada para disparar y recargar con una cadencia casi mecánica, resistió y acabó ganando el día sin él. Federico extrajo una lección amarga y decisiva. Se volcó en el estudio del arte militar y no volvió a huir de un campo de batalla en toda su vida.
El orden oblicuo: la idea que reinventó las batallas
El sello táctico de Federico fue el llamado «orden oblicuo». La idea, inspirada en la Antigüedad, consistía en reforzar deliberadamente uno de los flancos y lanzar sobre él el peso del ataque, mientras el resto del ejército contenía al enemigo sin comprometerse a fondo. Bien ejecutada, permitía a un ejército inferior en número concentrar una fuerza aplastante justo en el punto donde el rival era más débil, y derrotarlo por partes antes de que pudiera reaccionar.
Lo que hacía viable esa maniobra no era solo el plan, sino la máquina humana que lo ejecutaba. La infantería prusiana marchaba y maniobraba con una precisión casi de reloj, fruto de una instrucción implacable. Sus soldados podían cambiar de formación bajo el fuego, desplazarse por el flanco enemigo y desplegarse en línea con una rapidez que asombraba a sus contemporáneos. A ello se sumaban una artillería móvil y una caballería que Federico reconstruyó pacientemente hasta convertirla en una fuerza de choque temible.
La Guerra de los Siete Años y el milagro de Brandeburgo
La consagración y la casi ruina de Federico llegaron con la Guerra de los Siete Años, entre 1756 y 1763. Rodeado por una coalición formidable —Austria, Francia, Rusia y Suecia—, Prusia se enfrentaba a enemigos que la superaban largamente en población y recursos. Solo los subsidios de Gran Bretaña y el genio del rey mantenían viva la resistencia. En pocos meses de 1757, Federico rozó lo imposible: en Rossbach pulverizó a un ejército francés muy superior en apenas hora y media, y semanas después, en Leuthen, aplicó el orden oblicuo en su forma más perfecta para destrozar a los austríacos.

Pero la guerra también le mostró el abismo. En Kunersdorf, en 1759, sufrió una derrota catastrófica que estuvo a punto de aniquilar a su ejército; el propio rey, desesperado, llegó a rondar la idea del suicidio. Prusia quedó exhausta, con sus provincias arrasadas y sus reservas de hombres casi agotadas. Cuando todo parecía perdido, la fortuna intervino: en 1762 murió la emperatriz Isabel de Rusia, enemiga acérrima de Federico. Su sucesor, Pedro III, admirador confeso del rey prusiano, retiró a Rusia de la guerra de inmediato. Aquel golpe de suerte, conocido como el «milagro de la Casa de Brandeburgo», salvó a Prusia del desastre y le permitió cerrar la guerra conservando Silesia.
El déspota ilustrado de Sanssouci
Federico no fue solo un guerrero. Se consideraba a sí mismo «el primer servidor del Estado», una fórmula que resume su idea del despotismo ilustrado: el monarca absoluto debía trabajar por el bien de sus súbditos, no por su propio capricho. Impulsó reformas judiciales para hacer la justicia más rápida y menos arbitraria, promovió cierta tolerancia religiosa —afirmó que cada cual debía salvarse a su manera—, desecó marismas para ganar tierras de cultivo y fomentó el cultivo de la patata para prevenir hambrunas.
Su jornada era la de un funcionario incansable. Se levantaba antes del amanecer, despachaba montañas de correspondencia y supervisaba personalmente hasta los detalles más nimios de la administración y del ejército. Reorganizó la hacienda, protegió la industria naciente, repobló tierras vacías con campesinos llegados de otros rincones de Europa y mandó construir carreteras y canales. Aquel esfuerzo de gestión, tan poco heroico como imprescindible, fue lo que sostuvo a un Estado pequeño frente a rivales mucho más grandes.
Su refugio espiritual fue Sanssouci, el pequeño y exquisito palacio rococó que se hizo construir en Potsdam. Allí, lejos de la etiqueta, tocaba la flauta, escribía versos en francés y reunía a filósofos y artistas. Mantuvo durante años una intensa y tormentosa relación intelectual con Voltaire, a quien admiraba y con quien acabó enemistándose. Escribió incluso un tratado, el Antimaquiavelo, en el que —con cierta ironía a la vista de su propia carrera— condenaba el cinismo político.

La herencia de un rey contradictorio
Federico dejó a Prusia convertida en una de las grandes potencias de Europa, un ascenso asombroso para un Estado que, a su llegada al trono, era poco más que un conjunto disperso de territorios en la llanura del norte. En 1772 amplió aún más sus dominios al participar en el primer reparto de Polonia, que unió por tierra sus provincias del este. A su muerte, en 1786, el ejército y la administración prusianos se habían convertido en modelos imitados en todo el continente.
En lo personal fue un hombre solitario y desengañado. Sin hijos, distanciado de su esposa, encontró consuelo en la música, los libros y sus galgos, a los que llegó a querer más que a la mayoría de las personas. Pidió ser enterrado con sencillez en Sanssouci, junto a sus perros; una voluntad que, por los avatares de la historia, solo se cumplió más de dos siglos después de su muerte.
Su figura, sin embargo, es profundamente contradictoria: el flautista amante de la Ilustración fue también un conquistador implacable que normalizó la guerra de agresión. Su prestigio militar fue tan duradero que, años después de su muerte, se cuenta que Napoleón, tras derrotar a Prusia, visitó su tumba y advirtió a sus mariscales que, si aquel hombre siguiera vivo, ellos no estarían allí. Prusia, la potencia que él forjó, sería con el tiempo el núcleo en torno al cual se construiría la futura Alemania unificada.
