Espartaco: el gladiador esclavo que hizo temblar a Roma

Espartaco: el gladiador esclavo que hizo temblar a Roma

En el año 73 a. C., un puñado de gladiadores se fugó de una escuela de la ciudad italiana de Capua armados apenas con cuchillos de cocina. Dos años después, aquel grupo se había convertido en un ejército de decenas de miles de esclavos que había derrotado a legiones romanas, recorrido Italia de punta a punta y hecho tambalearse a la República más poderosa del Mediterráneo. Al frente de todos ellos estaba un hombre cuyo nombre sigue siendo, más de dos mil años después, sinónimo de rebeldía contra la opresión: Espartaco.

De soldado a gladiador esclavo

Sabemos menos de lo que nos gustaría sobre la vida de Espartaco antes de la revuelta, porque las fuentes que la narran son romanas y a veces contradictorias. Los autores antiguos coinciden en que era de origen tracio, procedente de la región que hoy ocupan Bulgaria y sus alrededores. Según una versión bastante extendida, habría servido como soldado auxiliar en el ejército romano antes de caer en desgracia, ser esclavizado y terminar vendido como gladiador.

Fue a parar a una escuela de gladiadores, un ludus, dirigida por un tal Léntulo Batiato en Capua. Allí los cautivos se entrenaban para matar y morir en la arena para diversión del público. Las condiciones eran durísimas y las perspectivas, sombrías: la mayoría de los gladiadores acababan muertos o mutilados. No es de extrañar que, en aquel ambiente de desesperación, prendiera la idea de la fuga.

La fuga de Capua

El plan fue descubierto, pero un grupo de unos setenta gladiadores decidió actuar de todos modos. Echaron mano de lo primero que encontraron (cuchillos y utensilios de la cocina del ludus), se abrieron paso a la fuerza y, ya en la calle, tuvieron la fortuna de interceptar un cargamento de armas de gladiador. Con ellas se equiparon y se dirigieron hacia las laderas del Vesubio, el volcán que domina la región de Campania.

Al frente de los fugitivos destacaron varios líderes. Junto a Espartaco figuraban los galos Crixo y Enomao, jefes de otros grupos de esclavos. Roma no tomó en serio la amenaza al principio: pensó que se trataba de una simple partida de bandidos que se disolvería sola. Fue un error de cálculo que pagaría muy caro.

El ejército de los desesperados

Las autoridades enviaron contra los rebeldes una fuerza mal preparada al mando del pretor Claudio Glabro, que cercó a los fugitivos en lo alto del Vesubio confiando en rendirlos por hambre. Espartaco respondió con una de las jugadas más audaces de toda la guerra: sus hombres trenzaron cuerdas con sarmientos de vid silvestre, descendieron por un despeñadero que los romanos consideraban intransitable y cayeron por la retaguardia sobre el campamento enemigo, al que aniquilaron.

La noticia de aquella victoria se extendió como la pólvora. Miles de esclavos de las haciendas y los campos de Italia meridional, sometidos a condiciones brutales, huyeron para unirse a los rebeldes. En poco tiempo, el grupo inicial de gladiadores se transformó en una multitud armada que, según las fuentes, llegó a contar con decenas de miles de personas, quizá más de setenta mil entre combatientes y familias. Espartaco demostró ser, además de valiente, un líder capaz de organizar, alimentar y adiestrar a semejante muchedumbre.

Entre los rebeldes parece que hubo discrepancias sobre qué hacer. Una posibilidad era dirigirse al norte, cruzar los Alpes y que cada cual regresara a su tierra de origen, lejos del alcance de Roma. Otra era permanecer en Italia. Las fuentes sugieren que el propio Espartaco se inclinaba por buscar la libertad más allá de las fronteras, mientras otros grupos, más confiados tras las victorias, preferían seguir saqueando la península. Esa falta de un objetivo común terminaría debilitándolos.

Tercera guerra servil
La revuelta enfrentó a Roma con sus propios esclavos y gladiadores

Craso y el muro del sur

A lo largo del año 72 a. C., los ejércitos rebeldes infligieron a Roma humillación tras humillación, derrotando incluso a las tropas de los dos cónsules de aquel año. La caballería y la infantería improvisadas de los esclavos vencían a legiones profesionales, algo casi inconcebible para la mentalidad romana. Solo entonces el Senado comprendió la magnitud del peligro y decidió actuar con toda su fuerza.

El mando de la guerra recayó en Marco Licinio Craso, uno de los hombres más ricos y ambiciosos de Roma. Craso reunió un ejército numeroso y, para restaurar una disciplina que se había relajado tras las derrotas, recurrió a un castigo terrible y antiguo: la decimación, es decir, la ejecución de uno de cada diez soldados de las unidades que habían huido. El mensaje era claro: sus propios hombres debían temer más a Craso que al enemigo.

Acorralado por esta nueva presión, Espartaco se retiró hacia el extremo sur de Italia. Craso ideó entonces un plan para atraparlo: hizo construir una impresionante línea de fortificaciones, un muro con foso que cerraba el istmo de la punta de la bota italiana, con la intención de encerrar a los rebeldes y dejarlos sin salida ni suministros. Espartaco intentó cruzar el mar hacia Sicilia con la ayuda de piratas, pero estos lo traicionaron y lo dejaron en tierra. Aun así, en una noche de invierno, sus hombres lograron rellenar parte del foso y romper el cerco.

La última batalla y la Vía Apia

La huida solo aplazó el desenlace. Craso tenía prisa por acabar la guerra antes de que llegaran los refuerzos: por el norte regresaba de Hispania el prestigioso Pompeyo, y por el este desembarcaba otro ejército. Craso no quería compartir la gloria, así que forzó el combate final.

En el año 71 a. C., los dos ejércitos chocaron en el sur de Italia, probablemente cerca de un río de la región de Lucania. La batalla fue encarnizada. Las fuentes cuentan que Espartaco luchó hasta el final buscando a Craso en persona para matarlo, y que cayó combatiendo rodeado de enemigos. Su cuerpo nunca llegó a identificarse entre los miles de muertos. La rebelión quedó aplastada.

La represión fue tan feroz como había sido el desafío. Craso ordenó crucificar a unos seis mil prisioneros y hacerlo a lo largo de la Vía Apia, la gran calzada que unía Capua con Roma. Durante kilómetros, las cruces con los cuerpos de los rebeldes sirvieron de macabra advertencia a cualquier esclavo que soñara con imitarlos. Para colmo de ironías, Pompeyo interceptó y destruyó a un grupo de fugitivos y se atribuyó el mérito de haber terminado la guerra, lo que alimentó una rivalidad con Craso que marcaría la política romana de los años siguientes.

Vía Apia
Unos seis mil rebeldes fueron crucificados a lo largo de la Vía Apia

El esclavo que se volvió leyenda

Conviene no proyectar sobre Espartaco ideales que probablemente no tuvo. No hay pruebas de que pretendiera abolir la esclavitud ni transformar la sociedad romana; lo más plausible es que buscara, ante todo, la libertad para él y para los suyos. Su rebelión, la tercera y más grave de las llamadas guerras serviles, fue una revuelta de desesperados que aprovecharon una grieta en el poder de Roma.

Y, sin embargo, la fuerza simbólica de su historia ha superado con creces cualquier análisis frío. Que un esclavo gladiador estuviera a punto de derrotar al Estado más poderoso de su tiempo convirtió a Espartaco en un mito perdurable. Con el paso de los siglos, su nombre fue reivindicado por revolucionarios, escritores y cineastas como emblema de la dignidad de los oprimidos frente a la tiranía. El hombre del que apenas conocemos los datos ciertos acabó siendo mucho más que un personaje histórico: se transformó en una idea.