Solimán el Magnífico: el sultán que llevó al Imperio otomano a su edad de oro

Solimán el Magnífico: el sultán que llevó al Imperio otomano a su edad de oro

En el siglo XVI, mientras Europa se debatía entre la Reforma protestante y las guerras entre reinos cristianos, una potencia inmensa se extendía por tres continentes desde su capital a orillas del Bósforo. Al frente del Imperio otomano estaba un hombre que reinó durante cuarenta y seis años y llevó a su Estado a la cumbre de su poder militar, político y cultural. Para los europeos fue Solimán el Magnífico; para sus propios súbditos, Solimán el Legislador. Ambos nombres describen a la misma persona, y juntos resumen a uno de los soberanos más influyentes de la historia.

El sultán de los dos nombres

Solimán nació en 1494 y ascendió al trono en 1520, a los veinticinco años, como décimo sultán de la dinastía otomana. Heredó de su padre, Selim I, un imperio que ya se había duplicado en tamaño y que controlaba los lugares santos del islam en Arabia. Sobre esa base sólida, Solimán construiría una época de esplendor difícil de igualar.

Los europeos lo apodaron el Magnífico por el lujo deslumbrante de su corte, la escala de sus conquistas y el poder abrumador de sus ejércitos. Pero en el mundo otomano se le recuerda sobre todo como Kanuni, el Legislador, por la profunda reforma del sistema jurídico que emprendió. Esta doble mirada no es casual: Solimán fue a la vez un conquistador incansable y un administrador meticuloso, un guerrero que pasaba meses en campaña y un gobernante obsesionado con la justicia y el orden de su Estado.

Solimán el Magnífico
Retrato del sultán Solimán, cuyo reinado marcó el apogeo del Imperio otomano.

Un imperio en expansión

La faceta guerrera de Solimán se manifestó desde el principio. En 1521 tomó Belgrado, la fortaleza que durante décadas había frenado el avance otomano hacia Europa central. Al año siguiente conquistó la isla de Rodas y expulsó de ella a los Caballeros Hospitalarios, que llevaban siglos hostigando la navegación otomana en el Mediterráneo oriental. Con estos dos golpes, el joven sultán demostró que su reinado sería el de una expansión sin freno.

El momento culminante llegó en 1526, en la llanura húngara de Mohács. Allí, el ejército otomano aniquiló en pocas horas a las fuerzas del reino de Hungría, y el propio rey Luis II murió en la retirada, ahogado en un río. La batalla de Mohács hundió al reino húngaro y abrió las puertas de Europa central a la influencia otomana. Hungría quedó desde entonces dividida y disputada, y la frontera del imperio se acercó peligrosamente al corazón del continente.

Batalla de Mohács
La batalla de Mohács de 1526 destruyó al reino de Hungría y abrió Europa central a los otomanos.

A las puertas de Viena

Envalentonado por Mohács, Solimán llevó sus tropas aún más lejos. En 1529 puso sitio a Viena, la capital de los Habsburgo y una de las grandes ciudades de la cristiandad. Fue el punto más occidental al que llegaría el poder otomano por tierra, y por un momento pareció que las murallas vienesas podían caer.

Sin embargo, el asedio fracasó. Las lluvias torrenciales de aquel otoño habían embarrado los caminos y dificultado el traslado de la artillería pesada, la campaña había empezado demasiado tarde en el año y las líneas de suministro se habían estirado en exceso desde Estambul. Con el invierno acercándose y sus tropas agotadas, Solimán ordenó la retirada. Viena marcó así el límite práctico de la expansión otomana en Europa: el imperio era colosal, pero incluso su poder tenía fronteras que la logística y la distancia imponían.

El señor del Mediterráneo

Si en tierra los otomanos eran temibles, bajo Solimán llegaron a dominar también el mar. La clave fue la incorporación del corsario Jeireddín Barbarroja, un marino de enorme talento que fue nombrado gran almirante de la flota. Bajo su mando, la armada otomana se convirtió en la fuerza naval más poderosa del Mediterráneo.

En 1538, en la batalla de Préveza, la flota de Barbarroja derrotó a una gran coalición cristiana reunida por el papado, Venecia y España. Aquella victoria consolidó el control otomano sobre buena parte del Mediterráneo durante una generación. Aliados con corsarios del norte de África, los otomanos convirtieron el mar en un espacio de dominio propio. No todo fueron éxitos: el gran asedio de Malta, en 1565, se saldó con un sonoro fracaso frente a los Caballeros de San Juan. Aun así, durante el reinado de Solimán el estandarte otomano ondeó con autoridad de un extremo a otro del Mediterráneo.

El legislador

La grandeza de Solimán no se midió solo en conquistas. Su título de Kanuni proviene de su labor como reformador del derecho. El sistema jurídico otomano combinaba la ley religiosa islámica, la sharía, con un cuerpo de leyes emanadas de la autoridad del sultán, conocido como kanun. Solimán ordenó revisar, sistematizar y armonizar ese conjunto de normas para reducir la arbitrariedad y las contradicciones.

Sus reformas abarcaron la fiscalidad, la propiedad de la tierra, el derecho penal y el trato a los súbditos. Buscó limitar los abusos de los funcionarios, fijar impuestos más previsibles y garantizar cierta protección a las comunidades no musulmanas del imperio, cristianos y judíos, que gozaban de una autonomía notable para la época. De hecho, el imperio acogió a numerosos judíos sefardíes expulsados de la península ibérica. Aquel esfuerzo por ordenar la ley dio al Estado otomano una estabilidad administrativa que perduró mucho más allá de su reinado.

Una edad de oro cultural

El reinado de Solimán fue también el apogeo cultural del imperio. Su arquitecto principal, Mimar Sinan, es considerado el mayor maestro de la arquitectura otomana. De sus manos salieron mezquitas de una elegancia y una audacia técnica extraordinarias, entre ellas la imponente mezquita de Solimán en Estambul, que aún hoy domina el perfil de la ciudad. Fue una época de florecimiento de la caligrafía, la miniatura, la cerámica y los textiles.

El propio sultán cultivaba las artes: escribía poesía bajo el seudónimo de Muhibbi y había sido formado, como era costumbre entre los príncipes otomanos, en un oficio manual, el de orfebre. En su vida personal rompió también con la tradición al casarse con Roxelana, una antigua esclava del harén que se convirtió en su esposa legal y en una de las mujeres más influyentes del imperio. Con ella comenzó una etapa en la que las mujeres de la casa imperial tuvieron un peso político sin precedentes.

Mimar Sinan
El arquitecto Mimar Sinan dio forma al esplendor monumental del reinado de Solimán.

El ocaso de un reinado largo

Reinar durante casi medio siglo tuvo también su lado sombrío, marcado por las intrigas sucesorias. El poder inmenso del sultán convertía la elección de su heredero en una cuestión de vida o muerte para toda la familia. Solimán ordenó ejecutar a su viejo amigo y gran visir Ibrahim Bajá, con quien había compartido intimidad durante años. Más tarde, receloso de conspiraciones, hizo matar a su prometedor hijo Mustafá, y años después a otro de sus hijos, Bayaceto, tras una revuelta. Aquellas tragedias familiares mostraron el precio brutal que el sistema otomano exigía por la estabilidad del trono.

El final del sultán llegó, como buena parte de su vida, en campaña. En 1566, ya anciano y enfermo, dirigía el asedio de la fortaleza de Szigetvár, en Hungría, cuando murió en su tienda. Sus consejeros ocultaron la noticia a las tropas para no minar la moral hasta que la plaza cayó, y solo entonces se anunció la muerte del soberano. Le sucedió su hijo Selim II, y con él el imperio empezó una lenta transición hacia una época distinta.

Solimán dejó un Estado en la cima de su poder: extenso, ordenado, culto y respetado o temido en medio mundo. Historiadores posteriores han señalado que ese apogeo contenía también las semillas de futuros problemas, y que ningún imperio se sostiene eternamente en la cumbre. Pero eso no rebaja la magnitud de su obra. Durante su largo reinado, el Imperio otomano fue una de las grandes potencias del planeta, y su figura sigue siendo, cinco siglos después, el símbolo de la edad dorada de una civilización que unió Oriente y Occidente bajo un mismo cetro.