La aproximación indirecta: golpear siempre donde nadie te espera

La aproximación indirecta: golpear siempre donde nadie te espera

Hay una tentación natural en la guerra, y también fuera de ella: ir de frente, cargar contra lo más fuerte del enemigo y confiar en la propia potencia para imponerse. Es lo intuitivo y, casi siempre, lo más caro en sangre y en fracasos. Frente a ese impulso, una larga tradición de estrategas ha defendido justo lo contrario: nunca golpees donde el enemigo te espera y está preparado, sino donde no te espera y no puede reaccionar a tiempo. Es lo que se conoce como aproximación indirecta, y podría resumir buena parte de la historia de las grandes victorias.

La línea de menor resistencia

La idea de fondo es sencilla de enunciar y endiablada de aplicar. Todo dispositivo enemigo tiene un frente, donde es fuerte, y unos costados, una retaguardia y unas costuras donde es vulnerable. El ataque directo choca contra la fuerza; la aproximación indirecta busca la debilidad. No consiste solo en rodear físicamente al adversario, sino en desequilibrarlo, en obligarlo a mirar en una dirección para golpearlo en otra, en atacar lo que no puede permitirse perder por un camino que no ha previsto.

El objetivo último no es siempre destruir tropas, sino dislocar al enemigo: romper su equilibrio, cortar sus comunicaciones, sembrar la confusión y el miedo hasta que su voluntad de resistir se derrumbe antes que su ejército. Una fuerza sorprendida por la espalda, con sus suministros cortados y sin saber de dónde vendrá el próximo golpe, suele desmoronarse aunque conserve hombres y armas. La batalla, en el fondo, se gana primero en la mente.

Los ejemplos se remontan a la Antigüedad. Cuando Aníbal cruzó los Alpes con sus elefantes para caer sobre Italia por donde Roma jamás lo esperaba, no eligió el camino más corto ni el más cómodo, sino el que garantizaba la sorpresa. El coste fue enorme en hombres y animales, pero el efecto de aparecer a las puertas de Roma desde el norte, por una ruta considerada imposible, valió por varias legiones y sembró un pánico que ningún ataque frontal habría logrado. Golpear por la línea inesperada compensaba con creces la dureza del trayecto.

Sun Tzu y el arte de evitar la fuerza

Sun Tzu
Sun Tzu recomendaba evitar la fuerza del enemigo y golpear su vacío.

La formulación más antigua vuelve a ser china. Hace unos veinticinco siglos, El arte de la guerra atribuido a Sun Tzu ya lo decía con una imagen memorable: el ejército debe comportarse como el agua, que evita las alturas y corre hacia lo bajo; así, el buen general evita la fuerza del enemigo y golpea su vacío. Toda su obra es un elogio del engaño, de la sorpresa y de la maniobra: aparentar debilidad donde se es fuerte, atacar donde no se está preparado, presentarse donde no se es esperado.

Para Sun Tzu, embestir de frente contra un enemigo bien plantado era la peor de las opciones, reservada para cuando todas las demás habían fracasado. Lo elegante, lo eficaz, era ganar la partida antes del choque mediante el movimiento y la astucia, de modo que cuando por fin se combatiera, la batalla estuviese ya medio decidida por la posición. Veinticinco siglos después, esa idea seguía viva.

Liddell Hart y la teoría del enfoque indirecto

Basil Liddell Hart
El historiador británico Basil Liddell Hart teorizó la aproximación indirecta tras estudiar siglos de campañas.

Fue un británico, el historiador y teórico militar Basil Liddell Hart, quien convirtió esa intuición dispersa en una teoría con nombre. Marcado por la carnicería frontal de la Primera Guerra Mundial, donde millones de hombres murieron lanzándose de cara contra trincheras y ametralladoras, Liddell Hart se propuso demostrar que la historia enseñaba otra cosa. Repasó decenas de campañas decisivas desde la Antigüedad y llegó a una conclusión tajante: casi todas las victorias verdaderamente resolutivas se habían logrado por la vía indirecta, no por el asalto frontal.

Su enfoque indirecto tenía dos dimensiones. Una física: buscar siempre la línea de menor resistencia, el camino que el enemigo menos defiende. Otra psicológica: buscar la línea de menor expectativa, aquello que el enemigo menos espera, porque sorprender vale más que arrollar. Golpear donde el adversario está fuerte y prevenido, argumentaba, es multiplicar el coste y minimizar el resultado; golpear donde está desprevenido es lo contrario. La guerra, insistía, es ante todo un asunto de desequilibrio mental antes que de fuerza bruta.

Lawrence de Arabia y la guerra en el desierto

Un ejemplo que fascinó al propio Liddell Hart fue el de Thomas Edward Lawrence, el célebre Lawrence de Arabia. Durante la Primera Guerra Mundial, al frente de las tribus árabes rebeladas contra el Imperio otomano, Lawrence comprendió que atacar de frente las guarniciones turcas, fuertes y atrincheradas, era un suicidio para sus escasas y móviles fuerzas. Así que hizo justo lo contrario: las ignoró.

En lugar de tomar ciudades defendidas, Lawrence golpeó el punto más frágil y más vital del enemigo: el ferrocarril que lo abastecía a través del desierto. Voló vías, descarriló trenes, apareció y desapareció, obligando a los otomanos a dispersar tropas para proteger cientos de kilómetros de línea que nunca podían defender del todo. No buscaba conquistar posiciones, sino paralizar y desgastar. Una fuerza pequeña, evitando la fuerza enemiga y atacando su debilidad, inmovilizó a un ejército mucho mayor. Era la aproximación indirecta en estado puro.

Sherman, Francia 1940 y el golpe inesperado

William Tecumseh Sherman
La marcha de Sherman hacia el mar atacó los recursos del Sur en lugar de sus ejércitos.

La historia moderna ofrece variantes espectaculares. En la Guerra de Secesión estadounidense, el general William Tecumseh Sherman renunció a perseguir a los ejércitos confederados y realizó su famosa marcha hacia el mar: una columna que atravesó el corazón del Sur destruyendo ferrocarriles, cosechas e industrias, atacando no a los soldados enemigos, sino a la base económica y a la moral que los sostenían. Golpeó donde el Sur no podía defenderse y donde más le dolía, y quebró su voluntad de seguir la guerra.

Y en 1940, el ejército alemán aplicó la misma filosofía con motores. En lugar de embestir de frente la poderosa línea defensiva francesa o de repetir el previsible avance por Bélgica que los aliados esperaban, concentró sus blindados en las Ardenas, una región boscosa que los franceses consideraban intransitable y apenas defendían. Por esa línea de mínima expectativa irrumpieron los tanques, rompieron el frente por su costura más débil y, en pocas semanas, dislocaron a un ejército aliado que en número y material no era inferior. La victoria no vino de la fuerza, sino de la sorpresa en el punto que nadie vigilaba.

Por qué lo indirecto vence a lo directo

¿Por qué funciona tan a menudo lo indirecto? Porque la guerra no la libran máquinas, sino seres humanos que se cansan, se asustan y pierden la cabeza cuando el mundo deja de comportarse como esperaban. Un ejército golpeado por donde creía estar seguro no solo sufre bajas: sufre confusión, y la confusión se propaga más rápido que cualquier proyectil. Cortarle los suministros, aparecer en su retaguardia o amenazar aquello que no puede perder mina su cohesión mucho antes de destruir sus tropas.

El ataque frontal, por el contrario, concede al enemigo todas las ventajas: lo encuentra preparado, atrincherado y decidido, y convierte la batalla en una brutal prueba de fuerza donde gana el más numeroso al mayor precio. La aproximación indirecta, en cambio, busca vencer antes de destruir, dislocar antes de aniquilar. No siempre es posible aplicarla, y a veces no queda más remedio que el choque de frente. Pero como brújula estratégica, la vieja regla sigue vigente desde Sun Tzu hasta hoy: cuando puedas elegir, no vayas donde el enemigo es fuerte y te espera. Ve donde es débil y no te espera. Ahí es donde se ganan las guerras.