Cuando pensamos en los vikingos, imaginamos drakkares deslizándose hacia el oeste, hacia las costas de Inglaterra, Irlanda o la lejana Terranova. Es solo la mitad de la historia. Mientras unos nórdicos saqueaban monasterios en el Atlántico, otros remaban en dirección contraria, hacia el este y el sur, y llegaron mucho más lejos de lo que suele contarse: hasta los mercados de Bagdad y hasta los muros dorados de Constantinopla, la mayor ciudad del mundo conocido.
Vikingos que miraban al este
Los escandinavos que se aventuraron hacia el este, sobre todo suecos, recibieron un nombre distinto del de sus primos occidentales. En las crónicas se los conoce como varegos. No fueron principalmente saqueadores de costas, sino algo más parecido a mercaderes armados: hombres que combinaban el comercio, la guerra y, cuando convenía, el asentamiento. Su verdadero campo de acción no fue el mar abierto, sino los grandes ríos de Europa oriental.
Aquellos ríos eran auténticas autopistas. El Volga, el Dniéper y sus afluentes permitían atravesar en barco medio continente, desde el Báltico hasta el mar Negro y el mar Caspio. Los varegos aprendieron a navegarlos con embarcaciones lo bastante ligeras para ser arrastradas por tierra en los tramos no navegables, sorteando rápidos y cataratas a fuerza de brazos. Así tejieron una red que conectaba el frío norte con los imperios más ricos de su tiempo.
Los rus y la ruta de los ríos
De aquel movimiento surgió un pueblo nuevo. Los varegos que se establecieron entre las poblaciones eslavas del este acabaron mezclándose con ellas y dando origen a los rus, de cuyo nombre derivaría, andando el tiempo, el de Rusia. Según las crónicas medievales, jefes escandinavos se hicieron con el control de ciudades como Nóvgorod y, más al sur, Kiev, que se convirtió en el centro de un floreciente Estado: la Rus de Kiev.
Aquellos primeros rus vivían del río y del comercio. Bajaban por el Dniéper cargados de pieles, miel, cera, ámbar y, muy a menudo, esclavos capturados en sus incursiones, la mercancía más lucrativa y más sombría de todas. A cambio regresaban con plata, sedas, vino y objetos de lujo. Su ambición también los llevó a atacar Constantinopla en varias ocasiones a lo largo de los siglos IX y X, y aunque nunca lograron tomarla, cada asalto solía terminar en un tratado comercial ventajoso: los bizantinos preferían negociar con aquellos formidables mercaderes antes que combatirlos sin fin.
El comercio de esclavos fue tan intenso en estas rutas que dejó su huella en la propia lengua. La palabra esclavo deriva de eslavo, en referencia a la enorme cantidad de cautivos de esos pueblos que fueron capturados y vendidos por toda Europa y el mundo islámico durante siglos. Era un negocio brutal, pero central en la economía de la época, y los rus fueron algunos de sus principales intermediarios entre el norte pagano y los mercados del sur.
De los varegos a los griegos
La gran arteria de este mundo fue una ruta legendaria que las crónicas llaman el camino de los varegos a los griegos. Partía del mar Báltico, remontaba los ríos rusos, salvaba por tierra la divisoria de aguas y descendía por el Dniéper hasta el mar Negro, desde donde se alcanzaba Constantinopla. Los nórdicos llamaban a esa deslumbrante metrópoli Miklagard, la gran ciudad, y para muchos de ellos representaba la cima del mundo, un lugar de riquezas casi inimaginables.

Llegar hasta allí no era una aventura menor. La parte baja del Dniéper estaba erizada de rápidos peligrosos donde había que descargar los barcos y transportarlos por tierra, expuestos a las emboscadas de los pueblos nómadas de la estepa. Sobrevivir a ese trayecto y regresar convertía a un hombre en alguien digno de respeto en su aldea del norte. No era, desde luego, un viaje para cualquiera.
La Guardia Varega, escoltas del emperador
La fama guerrera de aquellos nórdicos llegó a oídos del propio emperador bizantino. A finales del siglo X, Basilio II recibió del príncipe Vladimiro de Kiev un contingente de varios miles de guerreros varegos, y quedó tan impresionado por su lealtad y su ferocidad que los convirtió en su guardia personal. Así nació la célebre Guardia Varega, un cuerpo de élite formado por escandinavos que protegía al soberano y combatía en las campañas más duras del imperio.
Servir en aquella guardia era el sueño de muchos jóvenes del norte: ofrecía una paga excelente, botín y prestigio. El caso más famoso es el de Harald Hardrada, un noruego que sirvió durante años en Constantinopla, amasó una fortuna y regresó al norte para hacerse rey de Noruega; moriría décadas después invadiendo Inglaterra en 1066, en vísperas de la conquista normanda. Con el tiempo, tras esa misma conquista, la Guardia Varega acogió también a numerosos anglosajones desplazados de su tierra.
Mercaderes en el califato de Bagdad
La otra gran ruta, la del Volga, conducía en dirección al mundo islámico. A través del mar Caspio, los rus conectaban con las caravanas que llevaban a Bagdad, la capital del califato abasí y una de las ciudades más ricas y refinadas del planeta. De aquel comercio ha quedado una prueba silenciosa y abrumadora: los arqueólogos han desenterrado en Escandinavia enormes tesoros con cientos de miles de monedas de plata árabes, los dírhams, que viajaron desde Oriente Próximo hasta las frías tierras del norte a cambio de pieles y esclavos.
El alcance de esa red era asombroso para la época. La plata árabe que llegaba a Escandinavia no solo pagaba mercancías: se fundía, se pesaba y circulaba como riqueza por todo el norte, hasta el punto de que la economía vikinga dependió durante décadas del flujo de dírhams del este. Cuando ese flujo empezó a agotarse, en el transcurso del siglo X, muchas comunidades nórdicas notaron el golpe y hubieron de buscar otras fuentes de plata y de comercio.
De aquel encuentro entre dos mundos tan distintos nos ha llegado un testimonio excepcional. Hacia el año 921, el diplomático árabe Ahmad ibn Fadlan se topó con un grupo de rus a orillas del Volga y dejó por escrito una descripción minuciosa de su aspecto, sus costumbres y hasta el espectacular funeral de uno de sus jefes, con la incineración de un barco entero. Sus páginas, mezcla de fascinación y espanto ante unos hombres imponentes y de higiene para él extraña, son una de las fuentes más valiosas que existen sobre aquellos vikingos del este.
Un legado escrito en runas
Muchos de estos viajeros nunca volvieron a casa. Sus familias los recordaron a su manera: erigiendo piedras rúnicas. Repartidas sobre todo por la actual Suecia, decenas de estas piedras conmemoran a hombres que murieron lejos, y algunas mencionan expresamente que cayeron en Grecia, es decir, al servicio de Bizancio, o en expediciones hacia el este que acabaron en desastre. Son lápidas de granito para héroes que reposan a miles de kilómetros.

Algunas de estas inscripciones, agrupadas por los especialistas en conjuntos como las piedras de Grecia o las piedras de Ingvar, aluden a campañas concretas. Las últimas recuerdan la desdichada expedición que un caudillo llamado Ingvar el Viajero condujo hacia el mar Caspio alrededor del año 1041 y de la que, según la memoria grabada en la piedra, apenas regresó un puñado de hombres. Cada una de esas rocas es el eco silencioso de una aventura que terminó mal muy lejos del hogar.
Aquellos nórdicos que remaron hacia el amanecer no dejaron grandes reinos con su nombre, pero sí una huella profunda: contribuyeron a fundar el primer Estado ruso, tejieron una red comercial que unió el Báltico con Bagdad y Constantinopla, y protagonizaron una de las historias de aventura más asombrosas y menos conocidas de toda la Edad Media. Los vikingos, al fin y al cabo, no solo miraron al oeste.
