Cuando pensamos en los grandes imperios de la Antigüedad, nos vienen a la mente Roma, Persia, Egipto o China. Rara vez aparece el nombre de Aksum. Y, sin embargo, entre esos gigantes floreció en el Cuerno de África un reino tan poderoso y tan sofisticado que un pensador de la época lo situó a la altura de las mayores potencias del mundo conocido. Aksum acuñaba su propia moneda de oro, erigía obeliscos colosales, comerciaba con la India y con el Mediterráneo, y adoptó el cristianismo mucho antes que la mayor parte de Europa. Su historia, hoy poco recordada fuera de Etiopía, merece salir de la sombra.
Una potencia entre el mar Rojo y las montañas
El reino de Aksum surgió en torno al comienzo de nuestra era en el norte de la actual Etiopía y en Eritrea, sobre las tierras altas que dominan el mar Rojo. Su nombre procede de la ciudad de Aksum, su capital sagrada. Aquella región, montañosa y fértil, ofrecía una base agrícola sólida, y su cercanía a la costa la convertía en un puente natural entre el interior de África, el valle del Nilo, la península arábiga y las rutas marítimas que llevaban hasta la India.
El apogeo llegó entre los siglos III y VI. Tal fue su prestigio que el profeta persa Mani, en el siglo III, llegó a nombrar a Aksum como uno de los cuatro grandes reinos de su tiempo, junto a Roma, Persia y China. Que un observador situara a este reino africano en semejante compañía dice mucho de la talla que alcanzó.
El comercio que hizo grande a Aksum
La verdadera fuente de la riqueza aksumita era el comercio. Su gran puerto, Adulis, en la costa del mar Rojo, era una de las escalas más activas de todo el comercio antiguo. Por él salían los productos que el mundo mediterráneo y asiático codiciaba: marfil africano, oro, incienso y mirra, pieles, animales exóticos y otros bienes procedentes del interior del continente. A cambio entraban tejidos, vino, aceite, vidrio, metales y objetos de lujo de Egipto, Arabia, Siria y hasta la lejana India.
Aksum se situaba, así, en un cruce de caminos privilegiado, cobrando su parte del intenso tráfico que unía el Mediterráneo con el océano Índico. Y para engrasar ese comercio dio un paso que muy pocos Estados de su tiempo se atrevieron a dar: acuñar moneda propia. A partir del siglo III, sus reyes emitieron monedas de oro, plata y bronce, con inscripciones en griego, la lengua del comercio internacional, y en ge’ez, la lengua local. Fue uno de los primeros poderes del África subsahariana en hacerlo, señal inequívoca de un Estado organizado, seguro de sí mismo y plenamente integrado en la economía mundial de la época.
Los obeliscos que tocaban el cielo
Si algo simboliza hoy el esplendor de Aksum son sus estelas, gigantescos obeliscos de granito tallados en una sola pieza que se alzaban sobre las tumbas de sus reyes y nobles. Los más elaborados imitan en la piedra la fachada de un edificio de varios pisos, con puertas y ventanas falsas esculpidas con asombrosa precisión, un alarde técnico y artístico que todavía deja atónito a quien los contempla.

La estela que aún permanece en pie mide más de veinte metros. Pero la más ambiciosa de todas, hoy caída y fragmentada, superaba los treinta metros de altura: de haberse mantenido erguida, habría sido uno de los mayores monolitos jamás levantados por el ser humano. Se cree que se derrumbó, quizá durante su propia colocación, por el peso descomunal de la piedra. Levantar y transportar esos monstruos de granito exigía una organización, unos recursos y un dominio técnico que solo un Estado muy rico y poderoso podía reunir. Siglos después, una de estas estelas viviría un curioso periplo: fue llevada a Roma en la época del régimen fascista italiano y no regresó a Etiopía hasta comienzos del siglo XXI, en un célebre gesto de restitución.
Ezana y la llegada del cristianismo
Uno de los momentos decisivos de la historia aksumita llegó en el siglo IV, bajo el reinado de Ezana. Según el relato tradicional, un joven cristiano llamado Frumencio, llegado desde el Mediterráneo, ganó influencia en la corte y contribuyó a la conversión del rey. Ezana abrazó el cristianismo y lo convirtió en la fe del reino, un cambio que quedó grabado, literalmente, en el dinero: sus monedas dejaron de mostrar los antiguos símbolos del disco solar y la media luna para lucir la cruz.
Con esa decisión, Aksum se convirtió en uno de los primeros Estados del mundo en adoptar oficialmente el cristianismo, casi al mismo tiempo que Armenia y antes que la mayoría de los reinos europeos. Aquella semilla arraigó con una fuerza extraordinaria: la Iglesia ortodoxa etíope, heredera directa de esa conversión, sigue siendo hoy una de las comunidades cristianas más antiguas y singulares del planeta, con su liturgia en ge’ez y sus tradiciones propias.
Un refugio para los primeros musulmanes
La apertura de Aksum quedó ilustrada en un episodio famoso de los orígenes del islam. Cuando los primeros seguidores del profeta Mahoma fueron perseguidos en la Meca, un grupo de ellos cruzó el mar Rojo hacia el reino cristiano de Abisinia en busca de asilo. El soberano aksumita, conocido en las fuentes árabes como el Najashi o Negus, los acogió y se negó a entregarlos a sus perseguidores. Aquel gesto de protección quedó grabado en la memoria islámica como un ejemplo de hospitalidad y justicia, y es una prueba más del prestigio y la independencia con que Aksum se movía en el tablero internacional de su tiempo.
El ocaso de un imperio olvidado
Ningún esplendor es eterno. A partir del siglo VII, la estrella de Aksum comenzó a apagarse. La rápida expansión del islam transformó el mapa del mar Rojo y desvió hacia otras manos el lucrativo comercio marítimo del que dependía el reino. Privado de su gran fuente de ingresos, y afectado quizá también por el agotamiento de sus tierras y por cambios en el clima, Aksum fue perdiendo poder y desplazó poco a poco su centro político hacia el interior montañoso.
La ciudad, sin embargo, nunca fue olvidada del todo por los etíopes. Siguió siendo un lugar sagrado, escenario de coronaciones y centro espiritual. La tradición local sostiene incluso que en una de sus iglesias, la de Santa María de Sion, se custodia el Arca de la Alianza, una creencia que ha alimentado leyendas durante siglos. Más allá del mito, la realidad histórica es igual de fascinante: durante cientos de años, un imperio africano acuñó oro, levantó obeliscos que desafiaban al cielo y dialogó de igual a igual con las grandes potencias del mundo antiguo. Que su nombre suene hoy tan poco es, quizá, una de las mayores injusticias de la memoria histórica.
