Cómo se gana una guerra perdiendo todas las batallas

Cómo se gana una guerra perdiendo todas las batallas

Estamos acostumbrados a medir las guerras por sus batallas, como si la suma de victorias tácticas diera automáticamente la victoria final. La realidad es más retorcida. La historia está llena de bandos que ganaron casi todos los combates y terminaron perdiendo la guerra, y de otros que fueron derrotados una y otra vez en el campo y aun así se alzaron con el triunfo definitivo. Aprender a perder batallas sin perder la guerra es, quizá, la forma más sofisticada de estrategia que existe.

La batalla no es la guerra

La clave está en distinguir dos planos que solemos confundir. Una batalla es un choque concreto, limitado en el tiempo y en el espacio. Una guerra es un proceso político prolongado cuyo objetivo no es matar enemigos, sino imponer una voluntad. El pensador prusiano Carl von Clausewitz lo formuló con claridad: la guerra es la continuación de la política por otros medios. Y si el fin es político, entonces se puede alcanzar sin necesidad de vencer en cada encuentro, siempre que se conserve lo esencial: el ejército, el territorio profundo y, sobre todo, la voluntad de seguir luchando.

Quien entiende esto deja de obsesionarse con el resultado de cada jornada. Puede ceder terreno, evitar el combate decisivo, encajar derrotas dolorosas y, mientras tanto, ir desgastando al enemigo, alargando el conflicto y erosionando su capacidad y sus ganas de continuar. Es una guerra jugada a largo plazo, en la que el tablero no es un campo de batalla, sino el tiempo.

Fabio el Contemporizador: perder para no perder

Quinto Fabio Máximo
Fabio Máximo, apodado el Contemporizador por rehuir la batalla frontal contra Aníbal.

El ejemplo clásico tiene nombre romano. Tras las catástrofes que Aníbal infligió a Roma al principio de la Segunda Guerra Púnica, el general cartaginés parecía invencible en campo abierto. El romano Quinto Fabio Máximo comprendió algo que a sus compatriotas les costaba aceptar: cada vez que Roma presentaba batalla, perdía. Así que decidió no presentarla. Siguió a Aníbal a distancia, hostigó sus columnas, cortó sus suministros y evitó sistemáticamente el gran choque que el cartaginés ansiaba.

La táctica le valió el apodo, entre burlón y admirado, de Cunctator, el Contemporizador, el que da largas. Muchos romanos lo tacharon de cobarde; ansiaban una victoria brillante y la buscaron en Cannas, donde sufrieron la peor derrota de su historia. Solo entonces se entendió la sabiduría de Fabio: mientras el ejército romano existiera y rehuyera el desastre, Aníbal no podía ganar la guerra por muchas batallas que venciera. De aquella paciencia nació una expresión que aún usamos: estrategia fabiana, el arte de desgastar evitando el combate decisivo.

Washington, el general que se retiraba para vencer

George Washington
Washington perdió numerosas batallas, pero mantuvo vivo su ejército y con él la revolución.

Dos mil años después, un hacendado de Virginia convertido en general aplicó la misma lección casi sin proponérselo. George Washington, al mando del ejército revolucionario de las Trece Colonias, perdió muchas más batallas de las que ganó frente a los británicos, mejor entrenados y equipados. Perdió Nueva York, fue expulsado de Filadelfia, encajó reveses humillantes. Pero comprendió que su misión no era derrotar al ejército británico en un duelo formal, sino mantener vivo el suyo.

Mientras el ejército continental siguiera en pie, la revolución seguía viva, aunque no ganara casi nunca. Washington evitó los enfrentamientos que podían aniquilarlo, se retiró cuando hizo falta, golpeó por sorpresa cuando pudo y dejó que el tiempo, la distancia y el coste creciente de la guerra jugaran a su favor. Uno de sus generales resumió la filosofía en una frase memorable: peleamos, nos derrotan, nos levantamos y volvemos a pelear. Al final, no fue una gran victoria en el campo lo que dobló a Gran Bretaña, sino el agotamiento de una guerra interminable al otro lado del océano.

Rusia 1812: cuando el vacío derrota a un ejército

Invasión napoleónica de Rusia
La campaña de Rusia devoró a la Grande Armée sin necesidad de una gran batalla decisiva.

Quizá el caso más espectacular sea la campaña rusa de Napoleón. En 1812, el emperador francés invadió Rusia con la mayor fuerza que Europa había visto jamás, más de medio millón de hombres. Su plan era el de siempre: buscar la gran batalla que destruyera al ejército enemigo y forzara la paz. Los rusos se la negaron. En vez de plantar cara, se retiraron hacia el interior, arrasando a su paso los campos, los graneros y los pueblos, aplicando la despiadada estrategia de tierra quemada.

Mijaíl Kutúzov
El mariscal Kutúzov cambió espacio por tiempo y dejó que el invierno y el hambre hicieran su trabajo.

El viejo mariscal Mijaíl Kutúzov entendió que no necesitaba vencer a Napoleón; le bastaba con no ser vencido y dejar que Rusia, con su inmensidad y su clima, hiciera el trabajo. Los franceses ocuparon Moscú y la encontraron vacía y en llamas: una victoria sin premio. Sin suministros, sin rendición enemiga y con el invierno encima, la Grande Armée tuvo que emprender una retirada catastrófica que la deshizo por completo. Napoleón había tomado cada objetivo y ganado el único gran choque, en Borodinó, y aun así perdió el ejército, la campaña y, en pocos años, el imperio. El enemigo no lo derrotó: lo dejó derrotarse solo.

Desgaste, política y voluntad

¿Qué tienen en común Fabio, Washington y Kutúzov? Ninguno buscó el enfrentamiento; todos buscaron el tiempo. Renunciaron a la gloria inmediata de la batalla ganada a cambio de un premio menos vistoso pero más real: agotar la capacidad y la voluntad del adversario. Es la esencia de la guerra de desgaste, en la que no se pretende destruir al enemigo de un golpe, sino consumirlo poco a poco hasta que le resulte insostenible seguir.

El siglo XX ofreció recordatorios contundentes de esta lógica. En más de un conflicto de descolonización, potencias con ejércitos muy superiores en tecnología y potencia de fuego ganaron casi todos los enfrentamientos sobre el terreno y, sin embargo, acabaron retirándose derrotadas. Sus adversarios, mucho más débiles, comprendieron que no necesitaban vencer, sino simplemente no rendirse y prolongar el conflicto hasta que la opinión pública y el bolsillo del invasor dijeran basta. Otra vez fue la voluntad, y no el recuento de bajas, la que decidió el resultado final.

Este tipo de estrategia exige virtudes que no suelen aplaudirse: paciencia, disciplina para no dejarse arrastrar a la batalla que el enemigo desea, sangre fría para soportar la impopularidad de retirarse y ceder terreno propio. Y exige, sobre todo, entender que la guerra se gana en la mente del adversario. El día que el enemigo decide que la victoria le costará más de lo que vale, la guerra está prácticamente ganada, aunque sobre el mapa no hayamos brillado en ningún combate.

La victoria pírrica, el reverso de la moneda

Existe, claro, la cara opuesta de esta lógica, y también tiene nombre propio. El rey Pirro del Epiro derrotó a los romanos en el siglo III a. C., pero a un precio tan alto en hombres que, según la tradición, exclamó que otra victoria como aquella lo dejaría sin ejército. De ahí viene la expresión victoria pírrica: el triunfo que cuesta tanto que equivale a una derrota. Es el espejo exacto de las guerras ganadas perdiendo batallas.

Ambas ideas enseñan lo mismo desde ángulos contrarios. Ganar combates no sirve de nada si cada victoria te desangra o si el conjunto de la guerra se te escapa; y perder combates no condena a nadie mientras se conserve lo esencial y se agote al rival. La batalla es ruidosa, visible y seductora, y por eso la recordamos. Pero la guerra se decide en un plano más callado, hecho de logística, de tiempo, de voluntad y de una fría pregunta que en el fondo lo resume todo: ¿quién puede aguantar más? A menudo, el que sabe perder con inteligencia.