Si hubiera que resumir veinticinco siglos de teoría militar en una sola frase, esa frase sería probablemente esta: sé más fuerte que el enemigo en el lugar y en el momento que de verdad importan. No en todas partes, ni siempre. Solo donde se decide el combate. A esa idea los teóricos la llaman concentración de fuerzas, y aunque suena a perogrullada, es lo que separa a los grandes capitanes de los generales corrientes.
La paradoja salta a la vista en cuanto uno se detiene a pensarla. Ningún ejército es infinito. Cada soldado destinado a cubrir un flanco es un soldado que no golpea en el centro. Concentrar significa, por definición, aceptar ser débil en algún sitio para ser aplastante en otro. Todo el arte reside en elegir bien dónde se es fuerte y apostar a que el adversario no sabrá castigar dónde se es vulnerable.
Un principio tan viejo como la guerra
La intuición es antiquísima. En el año 371 a. C., en la llanura de Leuctra, el general tebano Epaminondas se enfrentó a un ejército espartano superior en número y en prestigio. En lugar de repartir sus hombres de manera uniforme a lo largo de la línea, como mandaba la costumbre, amontonó su ala izquierda hasta darle una profundidad de cincuenta filas y la lanzó contra la élite enemiga. Donde los espartanos esperaban un empuje parejo, recibieron un ariete. Su rey murió, su falange se hundió y el mito de la invencibilidad de Esparta se rompió para siempre.
Siglo y medio después, Aníbal llevó la misma lógica a otro extremo en Cannas. Dejó que su centro cediera lentamente mientras reforzaba las alas y la caballería, de modo que el enorme ejército romano se metió, sin saberlo, en una bolsa. Los cartagineses no eran más numerosos; simplemente estaban concentrados donde el romano se hallaba desguarnecido. El resultado fue una de las mayores masacres de la Antigüedad. En ambos casos, el vencedor no tenía más hombres: los tenía mejor colocados.
Napoleón y el arte de ser fuerte en el punto decisivo

Nadie encarnó el principio con tanta claridad como Napoleón Bonaparte. Su máxima favorita era casi una obsesión: hay que ser el más fuerte en el punto decisivo. En sus primeras campañas de Italia, con un ejército harapiento y mal pagado, se enfrentó a fuerzas austríacas y piamontesas que, sumadas, lo superaban con creces. Su respuesta fue no sumarlas nunca. Marchaba deprisa, se interponía entre los dos ejércitos enemigos y los batía por separado, uno tras otro, siendo local y momentáneamente superior aunque fuese globalmente inferior.
A esa idea la llamó más tarde la estrategia de la posición central: colocarse en medio de fuerzas dispersas y derrotarlas de una en una antes de que puedan reunirse. Napoleón entendía que los números que cuentan no son los del mapa general, sino los del choque concreto. Un ejército de cien mil hombres repartido en cinco columnas que llegan tarde vale menos que sesenta mil concentrados que llegan a tiempo. Su genio consistió en gestionar el espacio y, sobre todo, el tiempo para que sus divisiones convergieran justo en el campo de batalla y ni un día antes.
Federico el Grande y el orden oblicuo

Una generación antes, el rey de Prusia Federico II había perfeccionado su propia versión del principio: el orden oblicuo. La idea, heredada de Epaminondas, consistía en reforzar uno de los extremos de la línea y retrasar el otro, de manera que todo el peso del ejército cayera sobre un solo flanco enemigo mientras el resto apenas entraba en combate. Era concentración pura, disfrazada de maniobra.

Su obra maestra fue Leuthen, en diciembre de 1757. Con unos treinta y cinco mil hombres frente a un ejército austríaco que casi lo doblaba, Federico ocultó el desplazamiento de su fuerza principal tras una cadena de colinas, apareció por sorpresa en el flanco izquierdo austríaco y lo arrolló antes de que el grueso enemigo pudiera reorientarse. Cuando los austríacos quisieron formar de nuevo, ya era tarde: el prusiano estaba concentrado justo donde ellos eran débiles. La victoria fue tan completa que aún hoy se estudia como el ejemplo canónico de cómo un ejército inferior puede vencer eligiendo dónde pesar.
Clausewitz: la teoría detrás del instinto

Lo que los grandes capitanes hacían por instinto, el pensador prusiano Carl von Clausewitz lo convirtió en teoría. En su obra póstuma De la guerra, escrita tras vivir en carne propia las campañas napoleónicas, dedicó capítulos enteros a lo que llamó la superioridad numérica en el punto decisivo. Para él, no había ley más general en toda la estrategia: puesto que no se puede ser fuerte en todas partes, hay que reunir el máximo de fuerzas allí donde se va a librar el golpe principal, aunque ello suponga desnudar otros sectores.
Clausewitz advertía, además, contra una tentación muy humana: la de guardar reservas por si acaso, la de repartir tropas para cubrir cada posible amenaza. Ese impulso prudente, decía, es casi siempre un error, porque diluye la fuerza en mil precauciones y deja al ejército incapaz de ser decisivo en ninguna. La concentración exige valor precisamente porque obliga a aceptar riesgos calculados en los sectores secundarios.
Concentrar en el espacio y concentrar en el tiempo
El principio tiene dos caras que conviene no confundir. Una es la concentración en el espacio: reunir físicamente los hombres, los cañones o los barcos en un mismo punto del mapa. La otra, más sutil, es la concentración en el tiempo: hacer que todos esos medios actúen en el mismo instante. De poco sirve tener superioridad total si tus fuerzas llegan a cuentagotas y el enemigo las derrota por partes, que es exactamente lo que Napoleón hacía a sus rivales.
La era industrial no derogó la regla, sino que la aceleró. Cuando en 1940 los blindados alemanes concentraron su empuje en un solo sector de las Ardenas en lugar de atacar a lo largo de todo el frente, aplicaban la vieja lección con motores: masa en el punto elegido, velocidad para no dar tiempo a reaccionar. Los aliados eran, en conjunto, comparables en hombres y hasta superiores en tanques, pero estaban repartidos; los alemanes, no. El resultado fue un desastre para Francia en cuestión de semanas.
El mar ofrece ejemplos igual de nítidos. En Trafalgar, en 1805, el almirante Nelson no intentó batir a la flota franco-española a lo largo de toda su línea, sino que lanzó sus barcos en dos columnas para cortarla y concentrar el fuego de muchos navíos sobre una parte del enemigo, dejando que la otra quedara momentáneamente fuera de combate por la falta de viento y la distancia. Rompió así la formación rival y aplastó a los buques aislados antes de que el resto pudiera acudir. Otra vez la misma música: ser muchos donde el enemigo es pocos.
El reverso del principio: dispersarse es morir
Si concentrar es la virtud, dispersarse sin necesidad es el pecado capital. La historia militar está sembrada de ejércitos numerosos que perdieron por estar desparramados: columnas que marchaban separadas y eran batidas una a una, guarniciones repartidas por un territorio enorme que no podían socorrerse entre sí, flotas divididas que un enemigo concentrado hundía por turnos. El número bruto engaña; lo que decide es la fuerza disponible en el choque real.
Por eso los manuales militares modernos, desde los ejércitos anglosajones hasta las academias continentales, siguen colocando la concentración, o principio de masa, entre los primeros de su lista de principios de la guerra. No porque sea sofisticado, sino porque es el más fácil de enunciar y el más difícil de cumplir. Requiere renunciar a la comodidad de cubrirlo todo, resistir el miedo a quedar débil en algún flanco y tener el temple de apostarlo casi todo a un punto. Los que se atreven suelen ganar con menos. Los que no, pierden con más. Y ahí, en esa tensión entre la prudencia que dispersa y la audacia que concentra, se juega buena parte del arte de la guerra.
