El Gran Incendio de Londres: los cuatro días que borraron una ciudad medieval

El Gran Incendio de Londres: los cuatro días que borraron una ciudad medieval

En la madrugada del domingo 2 de septiembre de 1666, un pequeño fuego prendió en una panadería del centro de Londres. Nadie imaginó que aquella chispa acabaría devorando el corazón de una de las mayores ciudades de Europa. Durante cuatro días, las llamas consumieron miles de casas, decenas de iglesias y la vieja catedral de San Pablo, dejando sin hogar a buena parte de la población. Pero de aquella catástrofe surgió, literalmente de las cenizas, una ciudad nueva y más moderna. El Gran Incendio de Londres es una de esas raras tragedias que terminaron transformando para bien el lugar que destruyeron.

Una chispa en Pudding Lane

Todo empezó en la panadería de Thomas Farriner, en la estrecha calle de Pudding Lane. Un horno mal apagado prendió durante la noche y las llamas se propagaron con una rapidez aterradora. La Londres de 1666 era una trampa perfecta para el fuego: un laberinto medieval de casas de madera y paja, con los pisos superiores tan próximos que casi se tocaban por encima de callejones angostos. El verano había sido caluroso y seco, la madera estaba reseca y, para colmo, soplaba un fuerte viento del este que empujó las llamas hacia el interior de la ciudad.

La reacción de las autoridades fue lenta y torpe. El método habitual para frenar un incendio era demoler las casas situadas en su camino, creando cortafuegos que privaran al fuego de combustible. Pero el alcalde, Sir Thomas Bloodworth, dudó ante las quejas de los propietarios y, según la crónica, despachó el peligro con desdén antes de retirarse a dormir. Cuando se quiso reaccionar, ya era demasiado tarde: el fuego se había vuelto incontrolable.

Cuatro días de infierno

El lunes y el martes fueron los días más devastadores. El fuego avanzaba como una marea, saltando de tejado en tejado y generando su propio viento por efecto del calor. Se propagó hacia el río Támesis, alcanzó los almacenes ribereños repletos de materiales inflamables —aceite, brea, carbón, alcohol— y se transformó en una tormenta de fuego capaz de fundir el plomo de los tejados. Los habitantes huían con lo que podían cargar, colapsando las calles y los muelles en un intento desesperado de escapar en barcas por el Támesis.

Uno de los testigos más valiosos fue el funcionario Samuel Pepys, cuyo diario personal es hoy una de las mejores fuentes sobre la catástrofe. Pepys relató cómo enterró en su jardín sus objetos más preciados —incluidos su vino y un queso parmesano— para salvarlos de las llamas, y cómo acudió al rey para advertirle de la gravedad de la situación. El monarca Carlos II y su hermano Jacobo, duque de York, terminaron implicándose personalmente en la lucha contra el fuego, organizando cuadrillas y ordenando por fin las demoliciones masivas.

Una ciudad sin techo

Más allá de las cifras, el Gran Incendio fue ante todo una catástrofe humana. Decenas de miles de londinenses que la víspera tenían casa y oficio se encontraron de pronto en la calle, sin más bienes que los que habían podido cargar. Muchos se refugiaron en los campos abiertos de las afueras, como Moorfields, donde improvisaron campamentos de tiendas y chozas. Durante días vivieron a la intemperie, hacinados y temerosos, mientras corrían rumores de nuevos incendios y de conspiraciones extranjeras.

Las autoridades temían que la desesperación degenerara en revueltas o en una caza de extranjeros. El propio rey Carlos II recorrió los campamentos improvisados para calmar los ánimos, prometer ayuda y asegurar que el fuego había sido un accidente y no un ataque. Poco a poco se organizó el reparto de alimentos y el realojo de los damnificados, pero la magnitud del desastre convirtió aquellas semanas en una de las mayores crisis que había vivido la ciudad.

Uno de los episodios más recordados fue la destrucción de la vieja catedral de San Pablo. Muchos libreros, confiados en sus gruesos muros de piedra, habían guardado allí sus existencias de libros creyéndolas a salvo. El calor fue tal que la piedra se resquebrajó y el plomo del tejado se derramó fundido por las calles; los libros almacenados ardieron por completo. La pérdida de aquel viejo templo, símbolo de la ciudad medieval, marcó de forma casi simbólica el final de una época.

Cómo se apagó el fuego

El incendio no se detuvo por la acción del agua, sino por la combinación de dos factores. Por un lado, se recurrió a la pólvora para volar edificios enteros y abrir amplios cortafuegos que el fuego ya no pudo cruzar. Por otro, el viento del este amainó, privando a las llamas del empuje que las había alimentado durante días. Hacia el miércoles, el Gran Incendio estaba controlado, aunque los rescoldos siguieron humeando durante semanas.

El balance material fue devastador. Se calcula que ardieron unas trece mil viviendas, más de ochenta iglesias parroquiales y la antigua catedral de San Pablo, además de numerosos edificios públicos. La mayor parte de la ciudad amurallada quedó reducida a escombros y decenas de miles de personas perdieron su hogar. Curiosamente, el número de muertos oficialmente registrado fue muy bajo, apenas un puñado de víctimas confirmadas, aunque los historiadores sospechan que la cifra real pudo ser mayor, ya que las muertes de los más pobres rara vez quedaban documentadas.

La búsqueda de culpables

En medio del pánico, la ciudad buscó culpables. Corrió el rumor de que el incendio había sido provocado deliberadamente por enemigos extranjeros o católicos, en un clima de recelo hacia Francia y los Países Bajos, con quienes Inglaterra estaba en guerra. La histeria colectiva encontró una víctima propiciatoria en un relojero francés llamado Robert Hubert, que llegó a confesar —bajo presión y con un relato lleno de incoherencias— haber iniciado el fuego. Fue ejecutado, pese a que más tarde se comprobó que ni siquiera se encontraba en Londres cuando comenzó el incendio. Su caso quedó como un triste ejemplo de cómo el miedo puede fabricar culpables.

Monumento al Gran Incendio de Londres
El Monumento, obra de Wren y Hooke, se alza cerca del punto donde empezó el fuego.

Renacer de las cenizas

La reconstrucción de Londres fue una oportunidad histórica. Se presentaron ambiciosos planes para rediseñar la ciudad con amplias avenidas y trazados geométricos, entre ellos los del arquitecto Christopher Wren. Finalmente, por razones prácticas y de propiedad del suelo, la ciudad se reconstruyó sobre su antiguo plano de calles, pero con cambios profundos: una ley de reconstrucción impuso el uso de ladrillo y piedra en lugar de madera, calles más anchas y normas para prevenir futuros incendios.

El gran protagonista de aquella nueva Londres fue Christopher Wren, que diseñó más de medio centenar de iglesias y, sobre todo, la nueva catedral de San Pablo, coronada por su majestuosa cúpula y terminada en 1710. Para recordar la tragedia se erigió el Monumento al Gran Incendio, una alta columna diseñada por Wren y el científico Robert Hooke, levantada cerca del lugar donde todo comenzó. El desastre también impulsó el nacimiento de las primeras compañías de seguros contra incendios.

Aquella tragedia dejó lecciones que trascendieron a Londres. La necesidad de responder con rapidez a las llamas impulsó, en las décadas siguientes, la aparición de las primeras brigadas organizadas contra el fuego, muchas de ellas ligadas precisamente a las compañías de seguros, que querían proteger los edificios que aseguraban. Nacía así, poco a poco, la idea moderna de un servicio dedicado a combatir los incendios de manera profesional, en lugar de confiar en cuadrillas improvisadas de vecinos con cubos de agua.

Catedral de San Pablo (Londres)
La nueva catedral de San Pablo, obra maestra de Christopher Wren, símbolo del Londres renacido.

Hay un detalle que muchas veces se pasa por alto: apenas un año antes, en 1665, Londres había sufrido la Gran Peste, una epidemia que se cobró decenas de miles de vidas. En cierto sentido, el fuego de 1666 arrasó también los barrios insalubres y hacinados donde la enfermedad se había cebado. No fue esa la intención de nadie, pero la Londres reconstruida en ladrillo y piedra resultó una ciudad más sólida, más limpia y mejor preparada para el futuro que la vieja urbe medieval que las llamas se llevaron para siempre.