Un imperio poderoso solo en apariencia
A mediados del siglo XI, el Imperio bizantino parecía todavía una de las grandes potencias del mundo. Heredero directo de Roma, se extendía por los Balcanes y Asia Menor, contaba con la ciudad más rica y poblada de la cristiandad, Constantinopla, y presumía de una administración y una diplomacia sin rival. Pero bajo aquella fachada dorada, el imperio estaba enfermo por dentro. Décadas de luchas de poder entre las grandes familias aristocráticas habían debilitado al ejército, en otro tiempo el mejor organizado de su época.
Los emperadores anteriores, para ahorrar y por desconfianza hacia sus propios generales, habían dejado que el ejército de campesinos-soldado que defendía las provincias se descompusiera, sustituyéndolo cada vez más por mercenarios extranjeros: normandos, francos, pechenegos, cumanos, armenios y hasta turcos. Eran tropas caras y de lealtad dudosa. Cuando por fin llegó una amenaza seria desde el este, el imperio descubrió que su músculo militar era mucho menos sólido de lo que aparentaba.
Los selyúcidas llegan del este
Esa amenaza tenía nombre: los turcos selyúcidas. Procedentes de las estepas de Asia Central, estos guerreros nómadas convertidos al islam habían construido en pocas décadas un vasto imperio que abarcaba Persia y Mesopotamia. Su fuerza descansaba en una caballería ligera de arqueros a caballo, rápida, móvil y letal, muy distinta de los pesados ejércitos que Bizancio estaba acostumbrado a enfrentar. Grupos de jinetes turcos empezaron a penetrar en las fronteras orientales del imperio, saqueando Armenia y Anatolia casi a su antojo.
Al frente de los selyúcidas estaba el sultán Alp Arslan, un caudillo enérgico y experimentado cuyo nombre significa «león valiente». Su objetivo principal no era, en realidad, destruir Bizancio, sino someter al califato rival de los fatimíes en Egipto y Siria. Pero la presión constante de sus jinetes sobre las provincias orientales bizantinas hacía insostenible la situación. El nuevo emperador comprendió que solo una gran campaña podía frenar aquella hemorragia en la frontera.

La gran campaña de Romano IV Diógenes
Ese emperador era Romano IV Diógenes, un militar de prestigio que había llegado al trono en 1068 con la misión de reconstruir la maltrecha defensa oriental. Consciente de la gravedad de la amenaza, reunió en 1071 un ejército enorme, quizá el mayor que Bizancio había movilizado en mucho tiempo, y marchó hacia el este decidido a asegurar la frontera de una vez por todas. Sobre el papel, sus fuerzas eran impresionantes.
El problema era su composición y su cohesión. Aquel ejército era un mosaico heterogéneo de contingentes: unidades bizantinas veteranas, pero también mercenarios de media Europa y Asia, muchos de ellos poco fiables. Y, sobre todo, arrastraba las divisiones internas de la corte. Buena parte de la poderosa familia Ducas, rival de Romano, veía con malos ojos que el emperador se cubriera de gloria militar. Entre sus oficiales de alto rango figuraba Andrónico Ducas, hijo de sus enemigos políticos, a quien, por increíble que parezca, confió el mando de la reserva. Romano marchaba hacia la batalla con la traición cabalgando en sus propias filas.
La batalla y la traición
Los dos ejércitos se encontraron a finales de agosto de 1071 cerca de la fortaleza de Manzikert, al norte del lago Van, en la actual Turquía oriental. Alp Arslan, que en realidad prefería negociar, ofreció una tregua, pero Romano, confiado en su superioridad numérica, la rechazó y ordenó avanzar. Fue justo lo que el sultán necesitaba. Los selyúcidas aplicaron su táctica clásica: en lugar de plantar cara, sus jinetes retrocedían constantemente, disparando sus flechas y rehuyendo el choque frontal, atrayendo al pesado ejército bizantino cada vez más lejos de su campamento.
Al caer la tarde, sin haber logrado trabar combate y con sus hombres agotados, Romano ordenó dar media vuelta y regresar al campamento. Y entonces se produjo el desastre. La orden de retirada se malinterpretó, deliberadamente según muchos, y cundió el rumor de que el emperador había sido derrotado. La retaguardia mandada por Andrónico Ducas, en lugar de cubrir la maniobra, abandonó el campo y se marchó, dejando al descubierto al grueso del ejército. Los selyúcidas, que habían estado esperando ese momento, se lanzaron entonces sobre las líneas bizantinas rotas y desconcertadas, envolviéndolas por completo.
La humillación del emperador
Romano IV combatió hasta el final rodeado por su guardia, pero fue herido, derribado de su caballo y hecho prisionero, algo casi inaudito para un emperador romano de Oriente. Lo llevaron ante Alp Arslan, y lo que ocurrió después se convirtió en una de las escenas más célebres de la Edad Media. Según la tradición, el sultán le preguntó qué habría hecho él si los papeles se hubieran invertido; el emperador respondió con franqueza que lo habría tratado con dureza. Alp Arslan, en cambio, se mostró magnánimo.
Los relatos cuentan que colocó simbólicamente su pie sobre el cuello del emperador vencido para después levantarlo, tratarlo con respeto y negociar su liberación a cambio de un rescate y un tratado. Pero la clemencia del sultán no bastó para salvar a Romano. Cuando regresó a su imperio, descubrió que en su ausencia la familia Ducas había dado un golpe de Estado y proclamado a otro emperador. Derrotado en la guerra civil que siguió, Romano IV fue capturado, cegado de forma brutal y desterrado; murió poco después a causa de las heridas. La verdadera catástrofe de Bizancio no fue tanto la batalla como el caos que vino tras ella.
El principio de un largo final
En términos puramente militares, Manzikert no fue una aniquilación total: buena parte del ejército logró escapar. Lo verdaderamente demoledor fueron sus consecuencias políticas. Mientras Bizancio se despedazaba en guerras civiles por el trono, las fronteras orientales quedaron sin defensa. Los grupos turcos, ya sin nadie que les cerrara el paso, se adentraron en Anatolia y comenzaron a asentarse en ella de forma permanente. En pocas décadas surgió allí un nuevo Estado turco, el sultanato de Rüm, en el corazón mismo de lo que había sido el granero y el vivero de soldados del imperio.

Esa pérdida fue mortal a largo plazo. Anatolia proporcionaba a Bizancio la mayor parte de sus impuestos y de sus reclutas; sin ella, el imperio quedó reducido y dependiente para siempre de mercenarios y aliados. Décadas más tarde, un emperador posterior, Alejo I Comneno, pediría ayuda militar a la Europa occidental para intentar recuperar aquellas tierras. Aquella petición fue una de las chispas que encendieron la Primera Cruzada en 1095. Bizancio aún resistiría casi cuatro siglos más, pero nunca volvería a ser la potencia dominante de antaño. Por eso los historiadores suelen señalar Manzikert como el momento en que empezó la larga agonía que terminaría, en 1453, con la caída de Constantinopla. Una sola tarde de agosto, agravada por la traición de los propios bizantinos, bastó para torcer el destino de un imperio milenario.
