¿Quién le rompió la nariz a la Gran Esfinge de Guiza?

¿Quién le rompió la nariz a la Gran Esfinge de Guiza?

Cada año, millones de visitantes contemplan el rostro mutilado del coloso más famoso de Egipto y se hacen la misma pregunta: ¿quién le rompió la nariz a la Esfinge de Guiza? La respuesta que más circula es también la más cinematográfica: un cañonazo de las tropas de Napoleón durante la campaña de Egipto de 1798. La imagen del conquistador europeo destrozando a tiros el patrimonio de los faraones es tan potente que lleva dos siglos repitiéndose en guías turísticas, documentales y sobremesas de medio mundo.

Hay un pequeño problema: es completamente falsa. Cuando los franceses desembarcaron en Alejandría, la Esfinge de Guiza llevaba siglos sin nariz, y existen pruebas documentales que lo demuestran sin margen de duda. El dibujante danés Frederic Louis Norden retrató el monumento en 1737, más de sesenta años antes de la llegada de Napoleón, y en sus láminas la nariz ya no está.

Entonces, ¿quién fue el culpable? La búsqueda nos lleva a un cronista egipcio del siglo XV, a un iconoclasta furioso del siglo XIV, a unas marcas de cincel que todavía pueden verse en la piedra y a uno de los bulos históricos más resistentes que existen. Esta es la historia real de la nariz más buscada del mundo.

La nariz de la Esfinge de Guiza no la rompió Napoleón: dibujos de 1737 ya muestran el rostro mutilado. El historiador al-Maqrizi atribuye la destrucción al iconoclasta Muhammad Saim al-Dahr en 1378, y las marcas de cincel en la piedra confirman que fue un acto deliberado, no obra de la erosión.

El mito de Napoleón y la esfinge: anatomía de un bulo

La versión más extendida asegura que en 1798, en plena campaña de Egipto, la artillería francesa utilizó el rostro del monumento como blanco de prácticas. Otras variantes del cuento culpan a los mamelucos o a soldados británicos, pero la del corso es la que triunfó. Solo tiene un defecto: la nariz ya faltaba cuando Napoleón ni siquiera había nacido.

Las pruebas son aplastantes. Frederic Louis Norden, ingeniero y dibujante al servicio del rey de Dinamarca, viajó por Egipto en 1737 y publicó sus láminas en 1755 en su obra Voyage d’Égypte et de Nubie. En su dibujo de perfil, la esfinge aparece con el rostro ya mutilado. Napoleón nació en 1769, así que difícilmente pudo disparar contra una nariz que llevaba décadas, en realidad siglos, desaparecida.

Dibujo de Norden de 1737 que muestra la esfinge egipcia ya sin nariz
La lámina de Frederic Louis Norden, dibujada en 1737, prueba que la nariz faltaba mucho antes de Napoleón. (Frederic Louis Norden, dominio público, vía Wikimedia Commons)

El bulo resulta doblemente injusto porque la expedición francesa hizo justo lo contrario de destruir: Napoleón llevó consigo a más de 160 sabios que midieron, dibujaron y catalogaron los monumentos del país, un trabajo monumental publicado después como la Description de l’Égypte, que fundó la egiptología moderna. La leyenda cuajó en el siglo XIX, alimentada por el resentimiento británico hacia Francia y por cuadros tan sugerentes como el Bonaparte ante la Esfinge que pintó Jean-Léon Gérôme en 1886. No es la única patraña que persigue al emperador: algo parecido ocurre con el mito de que Napoleón era bajito, otro error convertido en verdad universal a fuerza de repetirse.

Muhammad Saim al-Dahr, el iconoclasta que pagó cara su furia

Si Napoleón queda descartado, ¿quién queda? El único testimonio escrito que señala a un culpable con nombre y apellido procede del historiador egipcio al-Maqrizi (1364-1442), autor de una monumental descripción de Egipto conocida como Al-Khitat. Según su relato, en 1378 un sufí llamado Muhammad Saim al-Dahr (algo así como «el ayunador perpetuo») descubrió que los campesinos de la zona seguían haciendo ofrendas a la esfinge, a la que llamaban Abu al-Hawl («padre del terror»), para pedirle buenas cosechas y controlar las arenas del desierto.

Indignado por lo que consideraba una idolatría intolerable, el fanático la emprendió contra el rostro del coloso y le destrozó la nariz. La reacción popular no se hizo esperar: según las fuentes, fue ejecutado por vandalismo, y algunas versiones añaden que los propios lugareños lo lincharon y lo enterraron cerca del monumento. Al-Maqrizi cuenta incluso que muchos atribuyeron el posterior avance de la arena sobre los campos de Guiza a la venganza de la esfinge ofendida.

Conviene ser honestos: al-Maqrizi escribió décadas después de los hechos y su relato no puede confirmarse de forma independiente, así que hay que tomarlo como lo que es, una crónica medieval y no un acta notarial. Pero es el único testimonio directo que existe, encaja con las fechas y, sobre todo, encaja con lo que dice la propia piedra.

¿Pudo la erosión comerse la nariz de la esfinge?

Es la otra explicación habitual, y en este caso la geología la desmiente. El arqueólogo estadounidense Mark Lehner, que ha estudiado el monumento palmo a palmo durante décadas, examinó la zona de la nariz y encontró marcas alargadas de instrumentos, compatibles con varillas o cinceles clavados en la piedra: una en el puente nasal y otra bajo una de las fosas. Alguien introdujo herramientas y usó palanca para arrancar la nariz de cuajo. El viento no trabaja con cincel: fue un acto deliberado.

Eso no significa que la erosión sea inocente en todo lo demás. La esfinge egipcia está tallada en estratos de caliza de dureza muy desigual, y el viento cargado de arena, la humedad y las sales llevan milenios devorando su cuerpo, que ha necesitado restauraciones desde la Antigüedad. El coloso también perdió la barba ceremonial que se le añadió probablemente en el Imperio Nuevo: sus fragmentos se reparten hoy entre el Museo Británico de Londres y el Museo Egipcio de El Cairo. La nariz, en cambio, no se cayó sola. Se la arrancaron.

¿Quién construyó la Esfinge de Guiza?

Resuelto el misterio de la nariz, queda el del rostro completo. La Gran Esfinge de Guiza no se construyó con bloques, sino que se talló directamente en un promontorio de caliza de la propia cantera de la meseta: 73 metros de largo y unos 20 de alto, la estatua monumental más grande del mundo antiguo. La egiptología atribuye la obra al faraón Kefrén, de la IV dinastía, que reinó aproximadamente entre 2558 y 2532 a. C., el mismo soberano de la segunda pirámide de Guiza.

Estatua de diorita del faraón Kefrén, probable constructor de la Esfinge de Guiza
La estatua de Kefrén del Museo Egipcio de El Cairo, cuyo rostro guarda parecido con el del coloso. (A. Parrot, CC0, vía Wikimedia Commons)

Los argumentos son sólidos: la esfinge encaja en el conjunto funerario de Kefrén, alineada con su calzada procesional y su templo del valle, y su cara recuerda a las estatuas conservadas del faraón. Aun así, no existe ninguna inscripción de la época que la date, lo que ha dejado espacio a hipótesis alternativas: el egiptólogo Vassil Dobrev propuso como autor a Dyedefra, hermano de Kefrén, y la teoría de la erosión hídrica de Robert Schoch, que la haría miles de años más antigua, ha sido rechazada por la inmensa mayoría de los especialistas. Quien quiera entender de qué eran capaces aquellos canteros puede asomarse a cómo se construyeron de verdad las pirámides: la misma organización colosal que levantó las tumbas esculpió al guardián que las vigila.

La Estela del Sueño: el príncipe que desenterró al coloso

Un dato sorprende a casi todo el mundo: durante la mayor parte de su historia, la esfinge estuvo enterrada hasta el cuello. La arena del desierto la sepultaba una y otra vez, y de esa circunstancia nació una de las historias más bonitas del Egipto faraónico. Hacia 1401 a. C., un joven príncipe llamado Tutmosis se quedó dormido a su sombra durante una cacería. En sueños, el dios Horemakhet («Horus en el horizonte», el nombre que los egipcios del Imperio Nuevo daban a la esfinge) le prometió el trono de Egipto si liberaba su cuerpo de la arena.

La Estela del Sueño de Tutmosis IV colocada entre las patas de la esfinge
La Estela del Sueño, erigida por Tutmosis IV entre las patas del monumento hacia 1401 a. C. (Félix Bonfils, CC0, vía Wikimedia Commons)

El príncipe cumplió, reinó como Tutmosis IV y mandó erigir entre las patas del coloso una estela de granito de más de tres metros, la llamada Estela del Sueño, que cuenta el episodio en jeroglíficos. Muchos egiptólogos ven en ella una jugada de propaganda: Tutmosis no era el heredero previsto, y un respaldo divino tan explícito legitimaba su corona. La estela pudo leerse, por cierto, gracias a la hazaña de Champollion, la misma que resolvió el enigma de los jeroglíficos egipcios. Y la arena siguió ganando batallas: hubo desenterramientos parciales en época romana y en 1817, pero el monumento no quedó completamente despejado hasta las excavaciones dirigidas por Émile Baraize entre 1925 y 1936.

¿Existen cámaras ocultas bajo la Esfinge de Guiza?

Ninguna historia sobre este monumento estaría completa sin sus supuestos secretos subterráneos. La versión más famosa la popularizó el vidente estadounidense Edgar Cayce, que en los años treinta del siglo XX aseguró que bajo el coloso se escondía un «Salón de los Registros» con la sabiduría de la Atlántida. Los estudios sísmicos realizados en los años noventa detectaron algunas anomalías y cavidades en el subsuelo, lo que bastó para desatar titulares, aunque los geólogos las atribuyen a fisuras y huecos naturales en la caliza.

Lo que sí existe, y está documentado por Mark Lehner y Zahi Hawass, son tres pequeños túneles o cavidades en el propio cuerpo de la estatua: uno detrás de la cabeza, otro en la zona de la cola y otro en el costado norte. Todos son callejones sin salida, probablemente obra de buscadores de tesoros de épocas pasadas o exploraciones antiguas. Ni biblioteca atlante ni cámaras del tiempo: la realidad, una vez más, es menos esotérica pero bastante más verificable.

Conclusión

La historia de la nariz de la esfinge es, en el fondo, una lección sobre cómo funcionan los mitos. Preferimos un culpable célebre y una escena redonda (Napoleón, un cañón, un disparo certero) antes que la verdad incómoda: un fanático olvidado, un cronista medieval y unas marcas de cincel que casi nadie se molesta en mirar. El bulo sobrevive porque es mejor relato, no porque sea cierto.

Y sin embargo, la historia real gana por goleada. Un coloso tallado hace cuatro milenios y medio, adorado, enterrado, desenterrado, mutilado y convertido en leyenda, sigue mirando al este cada amanecer, exactamente hacia el punto por donde sale el sol. Ha perdido la nariz y la barba, pero no la partida: todos los que quisieron borrarlo han desaparecido, y él sigue ahí.

V
Víctor Díaz

Autor de Historia Curiosa. Apasionado de la historia y de sus grandes preguntas: batallas, imperios, personajes y curiosidades que explican el mundo de hoy.