Por qué el norte va arriba en los mapas (y por qué no siempre fue así)

Por qué el norte va arriba en los mapas (y por qué no siempre fue así)

Coge cualquier mapa, atlas o aplicación de navegación y comprobarás que todos comparten una convención silenciosa: el norte está arriba. Nos parece tan natural que rara vez nos preguntamos por qué. Sin embargo, no existe ninguna ley física que obligue a dibujar el mundo de ese modo. La Tierra flota en el espacio y, en el espacio, no hay arriba ni abajo. Que el norte ocupe la parte superior de nuestros mapas es una costumbre cultural relativamente reciente y, durante buena parte de la historia, los mapas miraron hacia cualquier otra dirección.

Una costumbre disfrazada de ley natural

La orientación de un mapa es, en el fondo, una decisión arbitraria. Todo cartógrafo debe elegir qué punto cardinal coloca en la parte de arriba, y esa elección refleja siempre la visión del mundo de quien lo dibuja: qué considera importante, dónde sitúa el centro de su universo, hacia dónde miran sus creencias. Por eso la historia de la cartografía es también la historia de cómo distintas civilizaciones se imaginaban a sí mismas y su lugar en el cosmos.

La propia palabra orientar delata ese pasado. Orientar significa hoy situarse o encontrar la dirección correcta, pero literalmente quiere decir mirar hacia el oriente, es decir, hacia el este. Y no es casualidad: durante siglos, en Europa, poner un mapa en su posición correcta significaba colocar el este en la parte superior.

Cuando los mapas miraban al este

En la Europa medieval, los llamados mapas de T en O representaban el mundo conocido como un círculo, la O, dividido por una T formada por las aguas que separaban los tres continentes entonces conocidos: Asia, Europa y África. Lo interesante es que estos mapas no ponían el norte arriba, sino el este. ¿La razón? Sobre todo, religiosa.

Para la cristiandad medieval, el este era la dirección sagrada: allí se situaba el Paraíso terrenal, y hacia el este apuntaban también muchas iglesias. Colocar el oriente en lo alto del mapa era, por tanto, un acto de devoción tanto como de geografía. En el centro de muchos de estos mapamundis, como el célebre de Hereford, se dibujaba Jerusalén, considerada el ombligo espiritual del mundo. El mapa no pretendía ser una herramienta de navegación precisa, sino una imagen del orden divino del universo.

Aquellos mapamundis se llenaban además de criaturas fabulosas, ciudades bíblicas y territorios legendarios, mezclando geografía, historia sagrada y mito en una misma imagen. Más que indicar cómo llegar de un sitio a otro, servían para contemplar el mundo entero de un solo vistazo y para encontrar en él el sentido que la religión de la época le atribuía. Eran, en cierto modo, mapas del alma tanto como de la tierra.

El sur arriba: el mundo visto desde el islam

Mientras Europa miraba al este, la avanzada cartografía del mundo islámico solía hacer justo lo contrario: colocaba el sur en la parte superior. El ejemplo más famoso es la obra del geógrafo al-Idrisi, que en el siglo XII elaboró para el rey Roger II de Sicilia un extraordinario mapa del mundo conocido, la llamada Tabula Rogeriana, con el sur arriba y un nivel de detalle asombroso para su tiempo.

Se han propuesto varias explicaciones para esta elección. Una de las más citadas es que muchos de los primeros pueblos que adoptaron el islam vivían al norte de La Meca, de modo que para orientarse hacia la ciudad santa debían mirar hacia el sur, y esa dirección adquirió preeminencia. Sea cual sea el motivo exacto, el resultado es que durante siglos una parte importante de la humanidad dibujó el mundo al revés respecto a como lo vemos hoy, y le parecía igual de natural.

China, el emperador y otras miradas

Las civilizaciones de Asia oriental desarrollaron sus propias convenciones. En la tradición cartográfica china, numerosos mapas se orientaban también con el sur en la parte superior, una preferencia relacionada con la posición del emperador, que por costumbre se sentaba mirando hacia el sur. La propia brújula china se concebía a menudo como un instrumento que señalaba al sur, y no al norte como la pensamos nosotros.

Lejos de ser caprichos aislados, todos estos ejemplos demuestran una misma idea: no existe una forma correcta de orientar un mapa. Cada cultura eligió su arriba en función de lo que consideraba central, sagrado o poderoso.

Incluso dentro de una misma civilización convivían criterios distintos según el propósito del mapa. Las cartas marinas medievales del Mediterráneo, los llamados portulanos, se organizaban en torno a una tupida red de líneas de rumbo trazadas desde varias rosas de los vientos, y su orientación respondía a la utilidad práctica de los navegantes más que a cualquier simbolismo. El norte, el sur o el este se elegían según lo que resultara más cómodo para quien debía usarlos sobre la cubierta de un barco.

Rosa de los vientos
La rosa de los vientos, heredada de las cartas de navegación, ayudó a fijar el norte como referencia

Ptolomeo, la brújula y el triunfo del norte

¿Cómo se impuso entonces el norte? La respuesta combina la ciencia antigua y la tecnología de la navegación. En el siglo II, el sabio alejandrino Claudio Ptolomeo escribió su Geografía, una obra monumental que asignaba coordenadas a los lugares conocidos y los representaba con el norte en la parte superior. Cuando ese tratado se redescubrió y difundió en la Europa del Renacimiento, su enorme prestigio ayudó a normalizar esa orientación.

A ello se sumó un factor decisivo: la brújula. A medida que la navegación se volvía más científica, los marinos europeos organizaron sus cartas en torno a la aguja imantada, que apuntaba al norte magnético. Trazar los mapas con el norte arriba facilitaba su uso a bordo. La era de los grandes descubrimientos y, sobre todo, la difusión de la imprenta hicieron el resto: mapas como los del cartógrafo flamenco Gerardus Mercator, con su famosa proyección del siglo XVI, se reprodujeron por miles con el norte arriba y fijaron para siempre la costumbre en la mente colectiva.

Merece la pena subrayar que esta victoria del norte no respondió a ninguna superioridad objetiva, sino a quién dibujaba y difundía los mapas en un momento determinado de la historia. Fue Europa, con su dominio marítimo y su naciente industria de la imprenta, la que exportó su convención al resto del planeta hasta volverla tan universal que hoy la confundimos con lo natural.

Proyección de Mercator
La proyección de Mercator, del siglo XVI, contribuyó a consolidar el norte arriba en la era de la navegación

Nada obliga a mirar hacia arriba

Que el norte esté arriba tiene, por tanto, una explicación histórica, no natural. Y de vez en cuando alguien lo recuerda con humor o con intención. Existen mapas invertidos, con el sur en lo alto, que buscan sacudir nuestra visión eurocéntrica del planeta y demostrar que Australia o Sudamérica podrían presidir perfectamente la parte superior de un mapamundi. Vistos así, resultan chocantes, pero son tan válidos como cualquier otro.

El más conocido de estos mapas del revés es el que popularizó en los años setenta el australiano Stuart McArthur, harto de ver siempre su país relegado a la esquina inferior. Su mapa, con el sur arriba y Australia en lo alto, no contiene ni un solo error geográfico: simplemente rompe una costumbre. Y esa incomodidad que sentimos al mirarlo es la mejor prueba de hasta qué punto una simple convención puede llegar a parecernos una ley inamovible.

La próxima vez que despliegues un mapa, recuerda que estás mirando una convención, no una verdad absoluta. Durante siglos, la humanidad dibujó su mundo mirando al este del Paraíso, al sur de La Meca o hacia donde se sentaba el emperador. El norte terminó ganando la partida, pero podría haber sido de otro modo. En el espacio, al fin y al cabo, no hay arriba ni abajo: solo el punto de vista que decidimos adoptar.