Durante más de tres milenios, Egipto tuvo cientos de faraones, pero uno solo se ganó el sobrenombre de «el Grande» y logró que su imagen quedara grabada, literalmente, por todo el país. Ramsés II reinó durante unos sesenta y seis años, llenó el valle del Nilo de templos y estatuas colosales, libró una de las batallas más famosas de la Antigüedad y firmó el primer tratado de paz internacional del que se conserva el texto. Vivió tanto y se hizo representar de forma tan monumental que acabó siendo venerado como un dios ya en vida.
Heredero de una dinastía guerrera
Ramsés II subió al trono hacia el año 1279 a. C., en plena decimonovena dinastía, un periodo en el que Egipto trataba de recuperar el prestigio militar perdido en épocas anteriores. Su abuelo, Ramsés I, había fundado la dinastía, y su padre, Seti I, había reconquistado buena parte de la influencia egipcia en Oriente Próximo. El joven Ramsés fue asociado al poder desde muy pronto y acompañó a su padre en campañas militares, de modo que llegó al trono con experiencia y con una idea clara de lo que quería: engrandecer Egipto y engrandecerse a sí mismo.
Desde el principio mostró una energía extraordinaria. Fundó una nueva capital en el delta del Nilo, Pi-Ramsés, situada en una posición estratégica para vigilar las fronteras del norte, y puso en marcha un programa de construcción sin precedentes. Pero antes de convertirse en el gran constructor de Egipto, tuvo que enfrentarse a la potencia rival que amenazaba sus dominios asiáticos: el Imperio hitita.
Qadesh: la derrota convertida en victoria
Hacia el año 1274 a. C., Ramsés marchó al frente de un gran ejército hacia la ciudad de Qadesh, en la actual Siria, para arrebatar el control de la región a los hititas del rey Muwatalli II. Lo que ocurrió allí se convirtió en una de las batallas mejor documentadas del mundo antiguo, precisamente porque el propio faraón se encargó de contarla una y otra vez en los muros de sus templos.
La realidad militar, sin embargo, fue mucho menos gloriosa de lo que proclamó. Engañado por informadores falsos, Ramsés avanzó confiado y dividió sus fuerzas, y sus divisiones fueron sorprendidas por un ataque hitita que estuvo a punto de aniquilarlas. Solo la llegada oportuna de refuerzos y la reacción personal del faraón evitaron el desastre. El resultado fue, en el mejor de los casos, un empate: ninguno de los dos bandos logró una victoria clara y Qadesh permaneció en la órbita hitita.
Pero en la propaganda oficial, Ramsés se presentó como un héroe casi sobrehumano que, abandonado por los suyos, había derrotado él solo a miles de enemigos. Repitió esa versión en enormes relieves y en poemas grabados en piedra, de modo que la derrota táctica se transformó en un triunfo eterno. Es un magnífico ejemplo de cómo el poder puede reescribir la historia a golpe de cincel.

El primer tratado de paz de la historia
Años de enfrentamientos con los hititas terminaron por convencer a ambas potencias de que ninguna podía imponerse a la otra. Hacia el año 1258 a. C., Ramsés II y el rey hitita Hattusili III firmaron un acuerdo que ha pasado a la historia como el primer tratado de paz internacional cuyo texto se ha conservado.
El documento es notablemente moderno en su planteamiento: establecía el fin de las hostilidades, una alianza defensiva mutua y hasta la extradición de fugitivos entre ambos reinos. Se conservan copias en egipcio y en la lengua diplomática de la época, y una reproducción de este tratado se exhibe en la sede de la Organización de las Naciones Unidas como testimonio de que la diplomacia entre grandes potencias es tan antigua como la propia civilización. La paz se selló, además, con un matrimonio: Ramsés tomó por esposa a una princesa hitita.
El faraón que llenó Egipto de piedra
Si por algo es inconfundible el reinado de Ramsés II es por su desbordante actividad constructora. Ningún otro faraón levantó tantos monumentos ni dejó su nombre grabado en tantas piedras. Amplió los grandes templos de Karnak y Luxor, erigió su templo funerario, el Ramesseum, en la orilla oeste de Tebas, y sembró todo el país de estatuas colosales con su efigie.
Su obra más impresionante es el conjunto de Abu Simbel, en el extremo sur del país. Allí ordenó excavar en la roca dos templos monumentales. La fachada del mayor está presidida por cuatro colosos sedentes de más de veinte metros de altura que representan al propio faraón, pensados para deslumbrar a quien llegara desde Nubia. El templo estaba orientado de tal modo que, dos veces al año, los rayos del sol penetraban hasta el fondo del santuario e iluminaban las estatuas del interior, una proeza de ingeniería y astronomía.

Tantas construcciones exigían una maquinaria administrativa y económica formidable, y una legión de canteros, escultores y obreros trabajando durante décadas. Ramsés también reaprovechó monumentos de faraones anteriores, sustituyendo sus nombres por el suyo, una práctica que multiplicó todavía más su presencia en el paisaje egipcio.
Nefertari y una familia interminable
La larguísima vida de Ramsés II le permitió tener una descendencia extraordinaria. Las fuentes le atribuyen numerosas esposas y más de un centenar de hijos e hijas. Su gran esposa real, y la más querida a juzgar por los monumentos, fue Nefertari, en cuyo honor mandó construir el segundo templo de Abu Simbel, dedicado a la diosa Hathor. Fue un gesto insólito: raramente una reina egipcia recibía un templo casi a la altura del de su esposo.
A Nefertari se le dedicó además una de las tumbas más bellas del Valle de las Reinas, célebre por sus pinturas de colores vivos y excelente conservación. Otra esposa principal, Isetnofret, fue madre de varios de los herederos. La descendencia de Ramsés fue tan numerosa que muchos de sus hijos murieron antes que él a lo largo de su interminable reinado, y solo un hijo situado ya muy atrás en la línea sucesoria, Merenptah, llegó a heredar el trono siendo él mismo un hombre de edad avanzada.

Un dios en vida y una momia con pasaporte
Ramsés II murió hacia el año 1213 a. C., tras más de seis décadas en el trono y a una edad muy avanzada para su época, probablemente alrededor de los noventa años. Para entonces, varias generaciones de egipcios habían nacido, vivido y muerto sin haber conocido a ningún otro faraón. Su culto se había convertido en parte del paisaje: se hizo representar y adorar como una divinidad ya en vida, algo excepcional incluso en el Egipto de los dioses vivientes.
Su historia, sin embargo, tuvo un curioso epílogo en la época moderna. Su momia, notablemente conservada, fue hallada en un escondite junto a las de otros faraones y hoy permite conocer detalles de su aspecto: era relativamente alto, había tenido el cabello rojizo y padecía dolencias propias de la vejez, como una fuerte artritis. En 1976, cuando su cuerpo fue trasladado a Francia para someterlo a un tratamiento que frenara el deterioro provocado por un hongo, las autoridades egipcias le expidieron un documento oficial en el que figuraba, como profesión, la de rey. Tres mil años después de su muerte, el faraón que se creyó un dios viajó al extranjero con su propio pasaporte.
