Pocas vidas resumen tan bien la mezcla de gloria y tragedia como la de Simón Bolívar. En apenas dos décadas pasó de ser un joven aristócrata criollo, huérfano y millonario, a convertirse en el hombre que expulsó al Imperio español de buena parte de Suramérica. Cinco repúblicas actuales (Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia) deben en gran medida su independencia a sus campañas. Y, sin embargo, aquel mismo hombre murió a los cuarenta y siete años pobre, enfermo y convencido de haber fracasado.
Un criollo rico frente a un imperio
Simón Bolívar nació en Caracas el 24 de julio de 1783, en el seno de una de las familias más ricas de la Capitanía General de Venezuela. Su fortuna procedía de minas, plantaciones y esclavos, un patrimonio inmenso que, paradójicamente, financiaría más tarde una guerra contra el orden que lo había hecho posible. Quedó huérfano muy pronto: perdió a su padre a los tres años y a su madre a los nueve, y creció al cuidado de parientes y tutores.
Dos de esos tutores marcaron su pensamiento. Andrés Bello, uno de los grandes intelectuales del continente, y sobre todo Simón Rodríguez, un maestro heterodoxo, admirador de Rousseau, que le inculcó las ideas de la Ilustración. Enviado a Europa para completar su formación, Bolívar respiró el ambiente de una Francia recién salida de la Revolución. En 1802 se casó en Madrid con María Teresa del Toro, pero la felicidad duró poco: ella murió de fiebre amarilla en 1803, apenas unos meses después de llegar a Venezuela. El joven viudo, de solo veinte años, juró no volver a casarse jamás, y cumplió su palabra.
De vuelta en Europa, en 1805 subió con Simón Rodríguez al Monte Sacro de Roma y pronunció el famoso juramento en el que prometió no dar descanso a su brazo ni reposo a su alma hasta romper las cadenas que oprimían a América. Aquella escena, mitad realidad y mitad leyenda, se convirtió en el punto de partida simbólico de su carrera.
El juramento y las primeras derrotas
La ocasión llegó en 1810, cuando la invasión napoleónica de España hundió a la monarquía en el caos y las colonias americanas empezaron a formar juntas de gobierno propio. Bolívar participó en el movimiento que depuso a las autoridades españolas en Caracas y viajó a Londres en busca de apoyo. En 1811, la Primera República de Venezuela declaró la independencia, pero el experimento fue frágil: un devastador terremoto en 1812, interpretado por muchos como un castigo divino, y las divisiones internas facilitaron el regreso del dominio español.
Refugiado en Cartagena de Indias, Bolívar redactó su primer gran texto político, el llamado Manifiesto de Cartagena, en el que analizaba con lucidez por qué había caído la república y defendía la necesidad de un poder fuerte y unido. En 1813 lanzó la audaz Campaña Admirable, que le permitió entrar de nuevo en Caracas y recibir el título de Libertador. Pero la Segunda República también se derrumbó en 1814, arrasada por las temibles caballerías de los llaneros de José Tomás Boves, que en aquel momento luchaban del lado realista.
Derrotado y perseguido, Bolívar se exilió en Jamaica en 1815. Allí escribió la célebre Carta de Jamaica, un documento visionario en el que imaginaba el futuro de la América hispana e intuía las dificultades para unir a pueblos tan diversos. Después buscó ayuda en Haití, la primera república independiente de esclavos liberados, cuyo presidente, Alexandre Pétion, le prestó apoyo a cambio de una promesa: la abolición de la esclavitud en los territorios que liberase.
La epopeya de los Andes: Boyacá y Carabobo
El giro decisivo llegó cuando Bolívar trasladó la lucha al vasto interior, a las llanuras del Orinoco. Estableció su capital en Angostura (la actual Ciudad Bolívar) y reunió allí un congreso que le dio legitimidad política. En 1819 concibió una maniobra tan arriesgada que parecía imposible: cruzar los Andes en plena estación de lluvias, con un ejército mal equipado, para caer por sorpresa sobre el virreinato de Nueva Granada.
La travesía por los páramos helados costó muchas vidas, pero el efecto sorpresa fue total. El 7 de agosto de 1819, en la batalla de Boyacá, las tropas patriotas aplastaron al ejército realista y dejaron el camino libre hacia Bogotá. Fue una victoria estratégica de primer orden: en cuestión de días, el corazón del virreinato quedó en manos independentistas.

Con Nueva Granada asegurada, Bolívar volvió sus ojos hacia su Venezuela natal. El 24 de junio de 1821, en los campos de Carabobo, obtuvo la victoria que selló definitivamente la independencia venezolana. La caballería de los llaneros, ahora del lado patriota bajo el mando de José Antonio Páez, jugó un papel decisivo. Poco después, Caracas quedaba libre para siempre del dominio español.

El sueño de la Gran Colombia
Mientras combatía, Bolívar construía. En 1819 el Congreso de Angostura había proclamado la creación de una gran república que uniría los actuales territorios de Venezuela, Colombia, Panamá y Ecuador: la Gran Colombia. Para Bolívar, la unión no era un capricho, sino una necesidad de supervivencia frente a las potencias europeas y frente a la fragmentación que amenazaba al continente.
La campaña continuó hacia el sur. En 1822, su lugarteniente más brillante, Antonio José de Sucre, liberó Quito en la batalla de Pichincha. Ese mismo año, Bolívar mantuvo en Guayaquil una enigmática entrevista con José de San Martín, el otro gran libertador del sur, que había liberado Argentina y Chile y avanzado hasta Perú. Nunca se supo con exactitud qué hablaron, pero San Martín, tras el encuentro, se retiró de la escena y dejó a Bolívar la tarea de rematar la guerra.
El desenlace llegó en el altiplano andino. El 6 de agosto de 1824, Bolívar venció en Junín en un combate librado casi por completo a lanza y sable. Y el 9 de diciembre de 1824, Sucre logró en Ayacucho la victoria definitiva que puso fin a tres siglos de dominio español en Suramérica. Un año después, el Alto Perú se independizaba con un nombre en homenaje al Libertador: Bolivia.

Ideas y contradicciones de un libertador
Bolívar no fue solo un general afortunado, sino un pensador político de peso. Desconfiaba tanto de las monarquías como de las democracias sin freno, que a su juicio conducían a la anarquía. Defendía repúblicas con un poder ejecutivo fuerte y estable, e incluso llegó a proponer para Bolivia una constitución con un presidente vitalicio. Convencido de que los pueblos recién liberados no estaban preparados para gobernarse sin tutela, chocó una y otra vez con los federalistas, encabezados por Francisco de Paula Santander, partidarios de repartir el poder y respetar escrupulosamente la ley.
Sus contradicciones eran evidentes. Aristócrata y esclavista de nacimiento, promovió la abolición de la esclavitud, aunque su aplicación fue lenta e incompleta. Soñaba con una América unida y libre, pero para lograrlo asumió poderes cada vez más autoritarios. En 1826 convocó en Panamá un congreso para federar a las nuevas repúblicas, un anticipo de las ideas de integración continental, pero el proyecto apenas prosperó.
He arado en el mar
El sueño se deshizo casi tan rápido como se había construido. Las distancias, los intereses locales y las rivalidades personales convirtieron a la Gran Colombia en un edificio inestable. En 1828, Bolívar asumió poderes dictatoriales para tratar de mantener la unión, y en septiembre de ese año sobrevivió por poco a un intento de asesinato en Bogotá; escapó por una ventana gracias a la ayuda de Manuela Sáenz, su compañera, recordada por ello como la Libertadora del Libertador.
Pero la marea era imparable. En 1830, Venezuela y Ecuador se separaron de la Gran Colombia, y Bolívar, enfermo y desengañado, renunció al poder. Aquel mismo año, el asesinato de Sucre, al que consideraba su heredero político, lo sumió en la desesperación. Consumido por la tuberculosis, casi sin recursos y rechazado por muchos de los pueblos que había liberado, murió el 17 de diciembre de 1830 en una hacienda cercana a Santa Marta, en la costa colombiana. Tenía cuarenta y siete años.
Poco antes, amargado, había resumido su decepción en una frase célebre: quienes sirvieron a la revolución, dijo, habían arado en el mar. La historia, sin embargo, le devolvió con creces lo que la vida le negó. Hoy su nombre está grabado en un país entero, en decenas de ciudades y en la memoria de todo un continente. El aristócrata que lo tuvo todo, lo entregó todo y murió sin nada se convirtió en el mayor símbolo de la independencia americana.
