Pocos gobernantes han dado nombre a toda una época. Solimán el Magnífico reinó durante cuarenta y seis años, entre 1520 y 1566, el periodo más largo de toda la dinastía otomana, y bajo su cetro el imperio alcanzó la cima de su poder militar, político y cultural. Mientras Europa se desangraba en guerras de religión, una potencia inmensa se extendía por tres continentes desde su capital a orillas del Bósforo, con un hombre al frente al que sus enemigos admiraban tanto como temían.
Lo curioso es que Occidente y Oriente lo bautizaron con nombres distintos. Para los europeos fue el Magnífico, por el lujo deslumbrante de su corte y la escala abrumadora de sus conquistas. Para sus propios súbditos fue Kanuni, el Legislador, por la profunda reforma jurídica que emprendió. Ambos apodos describen a la misma persona: un soberano que fue a la vez conquistador, legislador, mecenas y poeta secreto.
Solimán el Magnífico (1494-1566) fue el décimo sultán del Imperio otomano. Reinó de 1520 a 1566 y llevó al imperio a su apogeo territorial, militar y cultural. Conquistó Belgrado, Rodas y buena parte de Hungría, reformó las leyes (de ahí su título de Kanuni, el Legislador) y murió en campaña durante el asedio de Szigetvár.
¿Quién fue Solimán el Magnífico?
Solimán nació en 1494 en Trebisonda, a orillas del mar Negro, donde su padre gobernaba como príncipe provincial. Como todos los príncipes otomanos, recibió una educación exigente que incluía, por curiosa tradición dinástica, un oficio manual, en su caso el de orfebre. En 1520, a los veinticinco años, ascendió al trono como décimo sultán de la casa de Osmán, sin rivales que le disputaran la sucesión, algo rarísimo en una dinastía acostumbrada a las luchas fratricidas.
Heredó de su padre, Selim I, un imperio que en solo ocho años se había duplicado en tamaño tras anexionar Siria, Egipto y los lugares santos del islam en Arabia. Sobre esa base formidable, Solimán construyó una época de esplendor difícil de igualar. Su reinado convirtió a Estambul en la mayor ciudad de Europa y al Imperio otomano en el árbitro de la política mundial de su siglo, tal y como recoge la propia biografía del sultán en Wikipedia.

¿Qué territorios conquistó Solimán el Magnífico?
La faceta guerrera de Solimán se manifestó desde el primer día. En 1521 tomó Belgrado, la fortaleza que durante décadas había frenado el avance otomano hacia Europa central. Al año siguiente puso sitio a la isla de Rodas y expulsó de ella a los Caballeros Hospitalarios, que llevaban siglos hostigando la navegación otomana en el Mediterráneo oriental. Con esos dos golpes, el joven sultán anunció al mundo que su reinado sería el de una expansión sin freno.
El momento culminante llegó el 29 de agosto de 1526, en la llanura húngara de Mohács. Allí, el ejército otomano aniquiló en apenas dos horas a la caballería pesada del reino de Hungría. El propio rey Luis II, de veinte años, murió en la retirada, ahogado en un arroyo bajo el peso de su armadura. La batalla de Mohács hundió al reino húngaro, que quedó dividido y disputado durante generaciones, y acercó la frontera otomana peligrosamente al corazón del continente.
Pero Solimán no solo miró a Europa. En 1534 arrebató Bagdad a la Persia safávida, incorporando Mesopotamia al imperio, y sus flotas extendieron la influencia otomana por el mar Rojo, el golfo Pérsico y las costas del norte de África. A su muerte, el imperio abarcaba desde Argelia hasta Irak y desde Hungría hasta Yemen: unos 15 millones de súbditos cuando España apenas rondaba los ocho.

¿Por qué fracasó el sitio de Viena de 1529?
Envalentonado por Mohács, Solimán llevó sus tropas aún más lejos. En el otoño de 1529 plantó su campamento ante Viena, la capital de los Habsburgo y una de las grandes ciudades de la cristiandad. Fue el punto más occidental al que llegó el poder otomano por tierra, y durante unas semanas Europa contuvo la respiración: si Viena caía, el camino hacia el corazón del continente quedaba abierto.
Sin embargo, el asedio fracasó, y no por falta de soldados. Las lluvias torrenciales de aquel año embarraron los caminos de los Balcanes y obligaron a abandonar buena parte de la artillería pesada por el camino. La campaña había empezado demasiado tarde, las líneas de suministro se estiraban más de mil kilómetros desde Estambul y el invierno se echaba encima. Tras varios asaltos infructuosos contra las murallas, Solimán ordenó la retirada. Viena marcó así el límite práctico de la expansión otomana en Europa: el imperio era colosal, pero ni siquiera su poder podía vencer a la logística y a la distancia.
A ese fascinante escenario alternativo le dedicamos un artículo entero en qué habría ocurrido si los otomanos hubieran conquistado Viena. Los otomanos, por cierto, no lo volverían a intentar en serio hasta 1683, cuando la mayor carga de caballería de la historia salvó Viena y selló para siempre el retroceso del imperio en Europa.
El Mediterráneo, Barbarroja y la alianza con Francia
Si en tierra los otomanos eran temibles, bajo Solimán llegaron a dominar también el mar. La clave fue el fichaje del corsario Jeireddín Barbarroja, un marino de talento extraordinario al que el sultán nombró gran almirante de la flota. Bajo su mando, la armada otomana se convirtió en la fuerza naval más poderosa del Mediterráneo, y en 1538, en la batalla de Préveza, derrotó a una gran coalición cristiana reunida por el papado, Venecia y España. Aquella victoria garantizó el dominio otomano del mar durante una generación.
Ese dominio se apoyó en una jugada diplomática que escandalizó a Europa: la alianza entre el sultán y Francisco I de Francia, el rey cristianísimo. Ambos compartían enemigo, Carlos V, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y rey de España, y desde 1536 sellaron acuerdos comerciales y militares que la propaganda de la época llamó la alianza impía. La cooperación llegó al extremo de que la flota de Barbarroja pasó el invierno de 1543 en el puerto francés de Tolón, con la catedral convertida temporalmente en mezquita para las tripulaciones. Fue la primera gran alianza estable entre una potencia cristiana y una musulmana, y duró más de dos siglos.
No todo fueron éxitos: el gran asedio de Malta, en 1565, se saldó con un sonoro fracaso ante los Caballeros de San Juan, los mismos a los que Solimán había expulsado de Rodas cuarenta años antes. Y apenas cinco años después de su muerte, en 1571, la Liga Santa demostró en aguas griegas que el poder naval otomano tenía fecha de caducidad, como contamos en la batalla de Lepanto, el día que la Liga Santa frenó al Imperio otomano en el mar.
¿Por qué se le llama el Legislador (Kanuni)?
La grandeza de Solimán no se midió solo en conquistas. Su título otomano de Kanuni procede de su labor como reformador del derecho, y dice mucho que sus propios súbditos prefirieran recordarlo por las leyes antes que por las batallas. El sistema jurídico otomano combinaba la ley religiosa islámica, la sharía, con un cuerpo de leyes emanadas de su propia autoridad, el kanun. Solimán ordenó revisar, sistematizar y armonizar ese conjunto de normas para reducir la arbitrariedad y las contradicciones.
Sus reformas abarcaron la fiscalidad, la propiedad de la tierra, el derecho penal y el trato a los súbditos. Buscó limitar los abusos de los funcionarios, fijar impuestos previsibles y garantizar protección legal a las comunidades no musulmanas del imperio, cristianos y judíos, que gozaban de una autonomía notable para la época. De hecho, el imperio acogió con los brazos abiertos a miles de judíos sefardíes expulsados de la península ibérica en 1492. Aquel esfuerzo por ordenar la ley dio al Estado otomano una columna vertebral administrativa que sobrevivió siglos a su autor: parte de su código siguió vigente hasta el siglo XIX.
Hurrem Sultan, el poeta y la edad de oro cultural
En su vida privada, Solimán rompió una regla no escrita de la dinastía: se enamoró. Hurrem Sultan, conocida en Europa como Roxelana, era una joven de origen rutano (la actual Ucrania) capturada y vendida al harén imperial. Contra toda costumbre, el sultán la liberó, se casó con ella en una ceremonia legal y le fue fiel el resto de su vida. Hurrem se convirtió en su consejera política, mantuvo correspondencia con reyes extranjeros y fundó hospitales y comedores públicos. Con ella comenzó la etapa que los historiadores llaman el sultanato de las mujeres, en la que las damas de la casa imperial tuvieron un peso político sin precedentes.
El sultán tenía además un lado íntimo que pocos conquistadores pueden presumir: era poeta. Bajo el seudónimo de Muhibbi (el enamorado) escribió más de dos mil gacelas, muchas dedicadas a Hurrem, y está considerado uno de los grandes poetas en lengua otomana. Su reinado fue también el apogeo cultural del imperio: florecieron la caligrafía, la miniatura, la cerámica de Iznik y los textiles de seda. Y sobre todo brilló su arquitecto principal, Mimar Sinan, el mayor maestro de la arquitectura otomana, autor de la imponente mezquita de Solimán (la Süleymaniye) que aún hoy corona el perfil de Estambul.

La muerte en Szigetvár y el precio del trono
Reinar casi medio siglo tuvo su lado sombrío, y fue la sucesión. El sistema otomano no reconocía primogenitura: cualquier hijo del sultán podía heredar, y los demás solían pagar la ambición con la vida. Solimán ordenó ejecutar a su viejo amigo y gran visir Ibrahim Bajá cuando su poder empezó a parecerle excesivo. Más tarde, receloso de una conspiración, hizo estrangular a su hijo Mustafá, el heredero más querido por el ejército, y años después a otro de sus hijos, Bayaceto, tras una revuelta. En aquellas tragedias familiares muchos ven la mano de Hurrem, que maniobró a favor de sus propios hijos, y todas mostraron el precio brutal que el sistema otomano exigía por la estabilidad del trono.
El final llegó, como buena parte de su vida, en campaña. En el verano de 1566, con 71 años, enfermo de gota y sin poder cabalgar, Solimán insistió en dirigir personalmente el asedio de la fortaleza húngara de Szigetvár. Murió en su tienda la noche del 6 al 7 de septiembre, horas antes del asalto final. Su gran visir ocultó la muerte durante semanas para no hundir la moral del ejército: se dice que sentaron el cadáver embalsamado en su litera para que las tropas creyeran que el sultán seguía al mando. Solo cuando su hijo Selim II aseguró el trono en Estambul se anunció la noticia.
Conclusión
Solimán el Magnífico dejó un Estado en la cima absoluta de su poder: extenso, ordenado, rico, culto y temido o respetado en medio mundo. Los historiadores señalan que aquel apogeo contenía ya las semillas del declive posterior, pero eso no rebaja la magnitud de su obra, sino que la subraya: hizo falta un hombre así para sostener semejante imperio.
Quizá lo más fascinante de su figura sea la doble mirada que la historia le dedica. Europa recuerda al Magnífico, el conquistador de Belgrado y Mohács que acampó ante Viena; el mundo otomano recuerda a Kanuni, el Legislador que ordenó las leyes, y sus poemas recuerdan a Muhibbi, el enamorado que escribía versos a una antigua esclava convertida en sultana. Cinco siglos después, los tres nombres siguen señalando a la misma persona: el símbolo de la edad dorada de una civilización que unió Oriente y Occidente bajo un mismo cetro.
