Entre el verano de 1942 y el invierno de 1943, una ciudad a orillas del río Volga se convirtió en el escenario de una de las batallas más colosales y sangrientas de la historia. Stalingrado no era un objetivo cualquiera: llevaba el nombre del líder soviético y su caída habría tenido un valor simbólico enorme. Pero lo que empezó como una operación más dentro de la ambiciosa ofensiva alemana en el este terminó siendo el punto en el que la maquinaria de guerra nazi, hasta entonces casi invencible, comenzó su declive irreversible.
El objetivo del Volga
En 1942, Alemania lanzó en el frente oriental una gran ofensiva de verano cuyo propósito principal era apoderarse de los yacimientos petrolíferos del Cáucaso, vitales para sostener el esfuerzo bélico. Uno de los flancos de aquella operación apuntaba hacia Stalingrado, un importante centro industrial y nudo de comunicaciones situado a lo largo del Volga. Controlar la ciudad significaba cortar una arteria fluvial clave y proteger el avance hacia el sur.
El encargado de tomarla fue el 6.º Ejército alemán, al mando del general Friedrich Paulus, una de las grandes formaciones de la Wehrmacht. Su aproximación fue precedida por un bombardeo aéreo devastador que convirtió gran parte de Stalingrado en un mar de escombros. La paradoja es que aquellas ruinas, lejos de facilitar la conquista, se transformarían en la mejor aliada de los defensores.
La guerra de las ratas
La defensa de la ciudad recayó en el 62.º Ejército soviético, dirigido por el general Vasili Chuikov, un comandante duro y pragmático que comprendió pronto la naturaleza del combate que le esperaba. En campo abierto, la superioridad alemana en aviación, artillería y tanques era abrumadora. Dentro de la ciudad en ruinas, en cambio, esas ventajas se neutralizaban. Chuikov ordenó a sus hombres «abrazar» al enemigo: mantenerse tan cerca de las líneas alemanas que la aviación y la artillería no pudieran bombardear sin arriesgarse a golpear a los propios.
Así nació lo que los soldados alemanes llamaron con amargura la «guerra de las ratas»: un combate encarnizado calle por calle, casa por casa, planta por planta. Edificios enteros cambiaban de manos varias veces en un mismo día; el enemigo podía estar en el piso de arriba mientras se luchaba en el de abajo. Puntos como la colina de Mamáyev Kurgán, un enorme silo de grano o la fábrica de tractores se convirtieron en símbolos de una resistencia feroz, disputados con un coste humano espeluznante.
Los soviéticos alimentaban la defensa cruzando refuerzos y suministros por el Volga bajo el fuego constante, mientras la ciudad ardía a sus espaldas. Las bajas eran atroces en ambos bandos, pero cada semana que Stalingrado resistía significaba tiempo ganado, y el tiempo jugaba a favor de un plan mucho mayor que se cocinaba lejos del centro urbano.

Operación Urano: la trampa se cierra
Mientras el 6.º Ejército se desangraba en el interior de la ciudad, el alto mando soviético preparaba en secreto una contraofensiva de enorme envergadura. La clave estaba en los flancos: la larga línea que protegía los costados del avance alemán no estaba cubierta por tropas alemanas de primera, sino por unidades rumanas, italianas y húngaras, peor equipadas y más frágiles.
El 19 de noviembre de 1942 se desató la Operación Urano. Dos grandes tenazas soviéticas atacaron precisamente esos flancos débiles, los rompieron con rapidez y se lanzaron a rodear la ciudad por detrás. En apenas unos días, las dos pinzas se cerraron a espaldas del 6.º Ejército. De golpe, la fuerza que llevaba meses intentando conquistar Stalingrado quedó atrapada dentro de un gigantesco cerco, con centenares de miles de hombres aislados y con las líneas de suministro cortadas.
El cerco, el hambre y el invierno
La situación de los sitiados se volvió desesperada. Paulus pidió permiso para intentar una ruptura hacia el oeste mientras aún era posible, pero recibió la orden tajante de resistir donde estaba. El mando de la aviación había prometido abastecer por aire a las tropas cercadas, una tarea que resultó del todo inviable: los aviones disponibles no bastaban ni de lejos para transportar los víveres, el combustible y las municiones que necesitaba un ejército entero, y muchos fueron derribados en el intento.
Un esfuerzo de rescate lanzado desde fuera para abrir un corredor hasta la bolsa tampoco logró su objetivo y acabó rechazado. A partir de ahí, el destino del 6.º Ejército quedó sellado. Encerrados en el cerco, los soldados alemanes sufrieron el rigor de un invierno implacable, el hambre, las enfermedades y la munición cada vez más escasa. El asedio, que ellos habían impuesto a la ciudad, se había vuelto ahora contra ellos.

La rendición y el final de un mito
A finales de enero de 1943, con sus hombres exhaustos y sin capacidad de resistir, Paulus vio cómo el cerco se fragmentaba bajo los asaltos finales soviéticos. En un gesto cargado de intención, fue ascendido a mariscal de campo justo antes del desenlace: ningún mariscal alemán se había rendido jamás, y el mensaje implícito era una invitación a no hacerlo. Paulus, sin embargo, no siguió ese guion. A comienzos de febrero, los restos del 6.º Ejército depusieron las armas.
Las cifras del desastre fueron demoledoras. Decenas de miles de soldados murieron en el cerco y alrededor de noventa mil cayeron prisioneros, muchos de ellos ya moribundos por el hambre y el frío. De aquella inmensa columna de cautivos, solo una fracción regresaría con vida a su país años después. Para Alemania, la pérdida de un ejército entero fue un golpe imposible de disimular ante su propia población.
El punto de inflexión de la guerra
Stalingrado suele señalarse como el gran punto de inflexión del frente oriental, y no sin razón. Antes de la batalla, la iniciativa estratégica pertenecía a Alemania, que avanzaba y elegía dónde golpear. Después, esa iniciativa pasó a la Unión Soviética, que ya no dejaría de empujar hacia el oeste hasta el final de la contienda. La aureola de invencibilidad de la Wehrmacht, forjada en los primeros años de la guerra, se hizo añicos entre las ruinas de la ciudad.
El impacto fue tanto material como psicológico. La destrucción de un ejército completo privó a Alemania de tropas veteranas y recursos difíciles de reponer, mientras que en el bando soviético la victoria supuso una inyección de moral incalculable y un símbolo de resistencia que se difundió por todo el mundo. La batalla se convirtió en emblema de la capacidad de un pueblo para resistir en las peores condiciones imaginables.
Más allá de las cifras y los mapas, Stalingrado dejó una lección sombría sobre los límites de la ambición militar. Un objetivo cargado de valor simbólico arrastró a un ejército entero a combatir en el terreno que menos le convenía, hasta quedar atrapado por su propio empeño. Lo que empezó como la punta de lanza de una gran ofensiva terminó siendo su tumba, y con ella empezó la larga cuenta atrás hacia el final de la guerra en Europa.
