¿Y si el asteroide de los dinosaurios hubiera pasado de largo?

¿Y si el asteroide de los dinosaurios hubiera pasado de largo?

El día que cambió la vida en la Tierra

Hace unos 66 millones de años, un asteroide de entre diez y quince kilómetros de diámetro se precipitó sobre la Tierra a una velocidad de decenas de miles de kilómetros por hora. Se estrelló en lo que hoy es la península de Yucatán, en México, y abrió un cráter de casi 180 kilómetros de anchura, el llamado cráter de Chicxulub. La energía liberada equivalió a miles de millones de bombas atómicas. En un instante, aquel proyectil cósmico firmó la sentencia de muerte de los dinosaurios no avianos y de cerca de tres cuartas partes de las especies del planeta.

El impacto no mató sobre todo por el golpe, sino por lo que vino después. Levantó una nube colosal de polvo, hollín y gotas de azufre que envolvió el globo y bloqueó la luz solar durante meses o años. Sin sol, las plantas dejaron de crecer, las cadenas alimenticias se derrumbaron y el clima se desplomó en un invierno de impacto. Los grandes reptiles que habían dominado la Tierra durante más de 150 millones de años no pudieron resistir aquel apagón global. Pero ¿y si aquella roca hubiera pasado de largo, o hubiera caído en otro lugar?

Cráter de Chicxulub
Mapa gravimétrico del cráter de Chicxulub, la cicatriz del impacto que acabó con los dinosaurios.

El azar de un blanco casi perfecto

Lo más inquietante de aquella catástrofe es hasta qué punto dependió del azar. Investigaciones recientes sugieren que el lugar exacto del impacto fue decisivo. El asteroide golpeó un fondo marino poco profundo, rico en rocas de yeso y otros minerales cargados de azufre. Al vaporizarse, esos materiales lanzaron a la atmósfera enormes cantidades de aerosoles que reflejaron la luz solar y enfriaron el planeta durante años.

Si la misma roca hubiera caído unos minutos antes o después, la rotación de la Tierra la habría situado sobre un océano profundo o sobre terrenos pobres en azufre. Según algunos modelos, en ese caso la nube tóxica habría sido mucho menor y el invierno global, más suave y breve. Es decir, quizá los dinosaurios no murieron por el mero hecho de que un asteroide impactara, sino por la mala fortuna de que impactara justo en el peor sitio posible. Un pequeño cambio en el reloj cósmico podría haberlo alterado todo.

Un mundo donde los dinosaurios sobreviven

Imaginemos que aquel proyectil hubiera errado el tiro, o hubiera caído en aguas profundas sin desatar el apagón. En ese universo alternativo, los dinosaurios no avianos seguirían siendo los amos del planeta. Conviene recordar que no eran criaturas primitivas condenadas de antemano: en el momento del impacto formaban un grupo enormemente diverso y de éxito, perfectamente adaptado a casi todos los ecosistemas.

Con el tiempo, habrían seguido evolucionando. Los grandes depredadores como el Tyrannosaurus habrían dado paso a nuevas formas; los herbívoros gigantes habrían diversificado sus linajes. Algunos científicos, en un ejercicio puramente especulativo, han imaginado incluso la posibilidad de que ciertos dinosaurios de cerebro relativamente grande, parientes de los que originaron a las aves, hubieran podido desarrollar una inteligencia notable a lo largo de millones de años. Es pura fantasía sin pruebas, pero ilustra una idea seria: la Tierra habría seguido un rumbo evolutivo radicalmente distinto.

Tyrannosaurus rex
El Tyrannosaurus rex, uno de los grandes depredadores que desaparecieron con el impacto de Chicxulub.

El giro que abrió la puerta a los mamíferos

Y aquí está lo que más nos afecta. Durante toda la era de los dinosaurios, los mamíferos existían, pero eran seres pequeños, casi todos del tamaño de un ratón o una musaraña, que vivían a la sombra de los grandes reptiles, activos sobre todo de noche para no cruzarse con ellos. Llevaban más de cien millones de años atrapados en ese papel secundario, sin poder crecer ni diversificarse mientras los dinosaurios ocuparan todos los grandes nichos ecológicos.

La extinción lo cambió todo. Al desaparecer los dinosaurios, quedaron libres innumerables espacios en la naturaleza, y los mamíferos, que habían sobrevivido gracias a su pequeño tamaño y a su capacidad de refugiarse, se lanzaron a ocuparlos. En apenas unos millones de años surgieron mamíferos de todos los tamaños y formas: los antepasados de los caballos, las ballenas, los elefantes y, andando el tiempo, los primates. De esa gran diversificación descendemos nosotros.

Si el asteroide hubiera fallado, esa puerta jamás se habría abierto. Los mamíferos probablemente seguirían siendo criaturas menudas y nocturnas, y los primates —de existir— nunca habrían tenido la oportunidad de crecer, bajar de los árboles y desarrollar cerebros complejos. En pocas palabras: sin aquella catástrofe, es muy posible que la especie humana nunca hubiera existido.

Extinción masiva del Cretácico-Paleógeno
La extinción del final del Cretácico borró a los dinosaurios y abrió la era de los mamíferos.

La lección de la contingencia

Esta ucronía encierra una de las ideas más humildes y poderosas de la ciencia: nuestra existencia no era inevitable. No somos la cumbre lógica de una evolución dirigida hacia nosotros, sino el resultado improbable de una cadena de accidentes, entre ellos una roca que cayó en el lugar y el momento exactos hace 66 millones de años. El paleontólogo Stephen Jay Gould lo expresó con una imagen memorable: si pudiéramos rebobinar la cinta de la vida y volver a reproducirla, casi con seguridad el resultado sería completamente distinto, y probablemente sin seres humanos que lo contaran.

Por eso, preguntarse qué habría pasado si el asteroide hubiera fallado no es solo un entretenimiento. Es una forma de comprender lo frágil y afortunada que es nuestra presencia en el universo. Debemos nuestra existencia, en buena medida, a la peor mañana en la historia de los dinosaurios. Su tragedia fue, millones de años después, nuestra oportunidad.