¿Y si el atentado de Sarajevo nunca hubiera ocurrido?

¿Y si el atentado de Sarajevo nunca hubiera ocurrido?

El 28 de junio de 1914, en una esquina de Sarajevo, un joven de diecinueve años apretó el gatillo y, sin saberlo, cambió el siglo. Sus dos disparos mataron al archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero del trono austrohúngaro, y a su esposa Sofía. Cinco semanas después, media Europa estaba en guerra. Aquel magnicidio suele presentarse como la chispa que hizo estallar la Primera Guerra Mundial. Pero, ¿qué habría pasado si el atentado nunca hubiera ocurrido? ¿Se habría evitado la catástrofe, o solo se habría retrasado?

Un disparo que incendió el mundo

La víctima era un personaje incómodo hasta para su propio imperio. Francisco Fernando heredaría el trono de Austria-Hungría, un mosaico de pueblos —alemanes, húngaros, checos, croatas, serbios, italianos, polacos— unidos bajo la anciana figura del emperador Francisco José. El asesino, Gavrilo Princip, era un nacionalista serbobosnio que soñaba con liberar a los eslavos del sur del dominio de Viena y unirlos a Serbia. Formaba parte de un grupo de jóvenes conspiradores, la Joven Bosnia, apoyados por una sociedad secreta serbia conocida como la Mano Negra, que les había proporcionado pistolas y granadas. Bosnia había sido anexionada por Austria-Hungría en 1908, y aquella herida seguía abierta.

El momento y el lugar no podían ser más delicados. El archiduque había acudido a Sarajevo para supervisar unas maniobras militares y recorrer la ciudad justo el 28 de junio, una fecha muy simbólica para los serbios: el aniversario de la batalla de Kosovo de 1389, jornada de profundo significado nacional. Presentarse ese día en la capital de una Bosnia recién anexionada, y para colmo desfilando en un coche descubierto, resultaba casi una provocación a ojos de los nacionalistas eslavos. Las medidas de seguridad, además, fueron sorprendentemente laxas para un heredero al trono.

El día en que todo salió mal

El atentado fue una sucesión de chapuzas que, por desgracia, terminó en éxito. Aquella mañana, mientras la comitiva del archiduque recorría Sarajevo, uno de los conspiradores lanzó una bomba que rebotó en el coche y estalló detrás, hiriendo a varias personas pero no a Francisco Fernando. El plan parecía haber fracasado. Sin embargo, cuando el archiduque decidió visitar a los heridos en el hospital, su chófer se equivocó de calle y, al darse cuenta, se detuvo para dar marcha atrás justo delante de donde estaba Gavrilo Princip. El joven no desaprovechó la oportunidad increíble que el azar le regalaba: se acercó y disparó a bocajarro. Bastaba con que el conductor hubiera conocido bien el itinerario para que la historia hubiese sido otra.

El propio Princip no llegó a imaginar la magnitud de lo que había desencadenado. Por ser menor de veinte años se libró de la pena de muerte y fue condenado a veinte años de prisión; murió en la cárcel en 1918, enfermo de tuberculosis, mientras el mundo ardía en la guerra que sus disparos habían ayudado a encender. Nunca vio el final del conflicto ni el desplome de los cuatro imperios que aquel día contribuyó a derribar.

Gavrilo Princip
Gavrilo Princip, el joven que disparó

El polvorín ya estaba montado

Aquí está la clave para entender el «¿y si…?». El atentado fue la chispa, pero el polvorín llevaba décadas acumulándose. Europa estaba dividida en dos grandes bloques de alianzas: la Triple Alianza (Alemania, Austria-Hungría e Italia) frente a la Triple Entente (Francia, Rusia y el Reino Unido). Las grandes potencias competían por colonias, mercados y prestigio en una feroz carrera de armamentos, especialmente naval entre Alemania y Gran Bretaña. Los Balcanes eran un avispero: el Imperio otomano se retiraba y austríacos, rusos y los jóvenes Estados balcánicos se disputaban los restos. Ya había habido varias crisis a punto de desatar la guerra —la anexión de Bosnia en 1908, dos crisis en Marruecos, las guerras balcánicas de 1912 y 1913—. En ese ambiente, cualquier incidente grave podía prender la mecha.

A ese ambiente se sumaba un peligro menos visible: los rígidos planes de movilización militar. Los grandes ejércitos habían diseñado calendarios ferroviarios y de reclutamiento tan detallados que, una vez puestos en marcha, resultaban casi imposibles de detener sin quedar en desventaja frente al rival. El más famoso era el plan alemán que preveía atacar primero a Francia atravesando Bélgica para volverse después contra Rusia. Cuando la crisis estalló, esos engranajes se activaron con una lógica implacable, y los gobernantes descubrieron que era mucho más fácil ordenar la movilización que frenarla a tiempo.

La paradoja del archiduque pacificador

Hay una ironía cruel en todo esto. Francisco Fernando era, precisamente, uno de los pocos dirigentes de Viena que se oponía a una guerra contra Serbia. Desconfiaba del ejército, temía a Rusia y soñaba con reformar el imperio concediendo más autonomía a sus pueblos eslavos, una idea a veces llamada «trialismo». Su muerte no solo dio a los halcones austríacos el pretexto perfecto para castigar a Serbia, sino que eliminó una de las voces que podría haber frenado la escalada. Al desaparecer el heredero moderado, quienes deseaban un ajuste de cuentas con Belgrado se impusieron. Viena envió a Serbia un ultimátum imposible de aceptar, respaldada por el famoso «cheque en blanco» de Alemania, y el sistema de alianzas hizo el resto: en pocas semanas, la maquinaria de las movilizaciones arrastró a las grandes potencias a un conflicto que casi nadie deseaba tan grande.

Francisco Fernando de Austria
El archiduque, heredero del trono austrohúngaro

¿Guerra aplazada o guerra evitada?

¿Significa esto que, sin el atentado, no habría habido guerra? No necesariamente. La mayoría de los historiadores coinciden en que las tensiones estructurales eran tan profundas que un choque general era, si no inevitable, sí muy probable. Sin Sarajevo, otra crisis en los Balcanes, otro incidente colonial u otro paso en la carrera armamentista podría haber cumplido la misma función unos meses o unos años después. Pero también es posible que un aplazamiento hubiera cambiado las cartas: quizá con Francisco Fernando en el trono, reformando el imperio; quizá con alianzas distintas; quizá con líderes menos dispuestos a arriesgarlo todo. Un pequeño cambio en las circunstancias podría haber dado a la diplomacia el tiempo necesario para desactivar la bomba, o podría haber producido una guerra distinta, en otro momento y con otros bandos.

Los historiadores llevan más de un siglo debatiendo esta cuestión sin ponerse del todo de acuerdo. Unos subrayan que las rivalidades entre potencias hacían casi imposible evitar el choque; otros recuerdan que, en las décadas anteriores, Europa había superado varias crisis igual de graves sin llegar a la guerra general, gracias a la diplomacia. Quizá lo más honesto sea reconocer que la Gran Guerra no estaba escrita en piedra: era muy probable, pero no absolutamente inevitable. Y en ese estrecho margen de lo posible es donde vive la fascinación de todo buen ejercicio de historia contrafactual.

Lo que las chispas enseñan sobre la historia

El caso de Sarajevo es una lección magnífica sobre cómo funciona la historia. Nos recuerda que los grandes acontecimientos suelen tener causas profundas y desencadenantes casuales, y que conviene no confundir unos con otros. La chispa —el disparo de Princip— fue fruto del azar, del error de un chófer y de una oportunidad irrepetible. El incendio, en cambio, fue posible porque el continente entero estaba empapado de combustible político. Por eso el «¿y si…?» de Sarajevo resulta tan fascinante: no porque un solo hombre pudiera haber salvado a millones, sino porque nos obliga a mirar todo lo que ya estaba mal antes de que sonara el primer disparo. Comprender la diferencia entre la chispa y el polvorín es, quizá, la mejor manera de entender cómo se llega a las catástrofes.