Zenobia: la reina del desierto que se atrevió a desafiar a Roma

Zenobia: la reina del desierto que se atrevió a desafiar a Roma

En pleno siglo III, cuando el Imperio romano parecía a punto de despedazarse entre usurpadores, invasiones y epidemias, una mujer nacida en un oasis del desierto sirio llegó a gobernar desde Egipto hasta las puertas de Anatolia. Se llamaba Zenobia, reina de Palmira, y durante unos pocos años sostuvo un imperio propio en el corazón de Oriente, plantando cara al poder de Roma. Su historia mezcla ambición, cultura, guerra y un final envuelto en el misterio, y ha fascinado a historiadores, artistas y poetas durante casi dos milenios.

Una reina en el corazón del desierto

Para entender a Zenobia hay que entender Palmira. Situada en medio del desierto sirio, a mitad de camino entre el Mediterráneo y el río Éufrates, Palmira era un oasis convertido en una de las ciudades más ricas del mundo antiguo. Por ella pasaban las caravanas que traían seda, especias, marfil y perfumes desde Oriente hacia el Imperio romano, y esa posición privilegiada la había llenado de columnatas, templos y monumentos que aún hoy asombran. Era una encrucijada donde se mezclaban el arameo, el griego, las costumbres persas y el poder romano.

En esa ciudad cosmopolita nació hacia el año 240 la mujer que la aramaicos conocían como Septimia Bathzabbai y los griegos y latinos llamaron Zenobia. Las fuentes que la describen son en buena parte tardías y poco fiables, como la célebre y novelesca Historia Augusta, así que conviene tomar con cautela los retratos que la pintan como una belleza de mirada firme, culta y de una energía inagotable. Lo que sí parece seguro es que hablaba varias lenguas, se rodeó de intelectuales y presumía de descender nada menos que de Cleopatra, la última reina del Egipto ptolemaico.

Palmira
Las ruinas de Palmira, la ciudad-caravana que Zenobia convirtió en la capital de un imperio.

La caravana entre dos imperios

El siglo III fue uno de los momentos más críticos de la historia de Roma. Un emperador tras otro caía asesinado, las fronteras se desmoronaban y, por el este, el renaciente Imperio sasánida de Persia golpeaba con fuerza. En el año 260 ocurrió lo impensable: el emperador Valeriano fue capturado en combate por el rey persa Sapor I, una humillación sin precedentes. El Oriente romano quedó a la deriva.

Fue entonces cuando emergió la figura de Odenato, el marido de Zenobia y señor de Palmira. Al frente de las tropas de su ciudad, Odenato contuvo a los persas, recuperó territorios y devolvió cierto orden a la región. Roma, incapaz de hacerlo por sí misma, le colmó de títulos y le reconoció como una especie de virrey de todo Oriente. Palmira dejó de ser solo una ciudad comercial para convertirse en el pilar sobre el que se sostenía la mitad oriental del imperio. Y junto a Odenato, discreta pero atenta, estaba Zenobia.

De regente a soberana

Hacia el año 267, Odenato y su hijo mayor fueron asesinados en circunstancias que las fuentes nunca aclararon del todo. El poder recayó entonces en el hijo pequeño que Odenato había tenido con Zenobia, un niño llamado Vabalato, demasiado joven para gobernar. Su madre asumió la regencia, y con ella el control efectivo de Palmira y de sus tropas.

Lo que en teoría debía ser una regencia interina se transformó pronto en algo muy distinto. Zenobia no se limitó a mantener el statu quo: consolidó su autoridad, se ganó la lealtad del ejército y comenzó a actuar como una auténtica soberana. Durante unos años mantuvo una ambigüedad calculada, reconociendo formalmente la autoridad de Roma mientras acumulaba un poder cada vez más independiente. En un imperio tan debilitado, aquel equilibrio no podía durar para siempre.

El sueño de un imperio de Oriente

Entre los años 269 y 270, Zenobia dio el paso decisivo. Sus ejércitos avanzaron hacia el sur y conquistaron Egipto, el granero que abastecía de trigo a Roma, un golpe de enorme valor estratégico y simbólico. Por el norte, sus tropas se adentraron en Asia Menor y controlaron amplias zonas de la actual Turquía. En apenas un par de años, Zenobia había reunido bajo su mando un vasto territorio que iba desde el Nilo hasta el corazón de Anatolia.

Al principio, las monedas acuñadas en su reino aún mantenían la ficción de que Vabalato gobernaba en nombre del emperador romano. Pero pronto la máscara cayó: madre e hijo adoptaron los títulos imperiales de Augusta y Augusto, un desafío abierto que equivalía a una declaración de independencia. Zenobia ya no gobernaba una provincia leal, sino un imperio rival que se extendía por el flanco oriental de Roma. Era una jugada audaz, quizá demasiado, porque tenía enfrente a un adversario formidable.

Aureliano responde

Ese adversario era el emperador Aureliano, un soldado curtido llegado al trono en 270 con la firme voluntad de reunificar un imperio fragmentado. Tras estabilizar otras fronteras, dirigió sus legiones hacia Oriente en el año 272. La campaña fue rápida y contundente. Las tropas de Zenobia presentaron batalla cerca de Antioquía, en un lugar llamado Immae, y de nuevo junto a Emesa, la actual Homs. En ambos choques, la disciplina de las legiones y la astucia táctica de Aureliano se impusieron a la temible caballería pesada palmirena.

Derrotada en campo abierto, Zenobia se refugió en su capital y Aureliano puso sitio a Palmira. La ciudad resistió, confiando en que el desierto y la lejanía agotarían al ejército romano, pero Aureliano supo mantener sus líneas de abastecimiento. Comprendiendo que la caída era cuestión de tiempo, Zenobia intentó huir hacia Persia en busca de ayuda. Fue capturada cuando cruzaba el Éufrates, y con ella se apagó el sueño del imperio de Palmira.

Aureliano
El emperador Aureliano, apodado el restaurador del mundo, que puso fin al imperio de Palmira.

El final incierto de la reina

Lo que ocurrió después es uno de los grandes enigmas de la Antigüedad. La versión más difundida cuenta que Zenobia fue llevada a Roma y exhibida en el triunfo que Aureliano celebró en el año 274, encadenada con grilletes de oro tan pesados que apenas podía caminar, como trofeo viviente de la victoria. Hasta aquí las fuentes coinciden más o menos. A partir de ahí, se bifurcan.

Algunos relatos afirman que Zenobia murió poco después, ya fuera ejecutada, por enfermedad o durante el viaje. Otros, en cambio, sostienen que Aureliano, impresionado por su dignidad, le perdonó la vida y le permitió instalarse en una villa cerca de Tíbur, la actual Tívoli, donde habría vivido el resto de sus días como una respetable matrona romana, quizá casada con un senador. No hay pruebas concluyentes de ninguna de las dos versiones, y esa incertidumbre ha alimentado su leyenda. Palmira, por su parte, se rebeló de nuevo poco después y esta vez Aureliano no tuvo piedad: la ciudad fue tomada y castigada, y nunca recuperó su antiguo esplendor.

La leyenda de Zenobia

Más allá de las armas, Zenobia fue recordada como una gobernante que aspiró a convertir su corte en un faro de cultura. A su alrededor reunió a intelectuales y filósofos, entre ellos el célebre pensador Casio Longino, que según la tradición fue uno de sus consejeros y pagó con la vida su cercanía a la reina tras la derrota. Esa imagen de soberana ilustrada, que combinaba la espada con el saber, contribuyó a que su figura no se perdiera en el olvido.

A lo largo de los siglos, Zenobia se transformó en un símbolo. Fue reivindicada como heroína por autores árabes, europeos y, en tiempos modernos, por el nacionalismo sirio, que la considera una gloria nacional. Ha protagonizado óperas, novelas y pinturas, casi siempre presentada como la mujer indómita que se atrevió a desafiar al mayor imperio de su tiempo. Conviene, eso sí, recordar que gran parte de lo que creemos saber de ella procede de fuentes poco fiables y muy posteriores, más interesadas en construir un personaje que en documentar a la persona real.

Aun así, el núcleo histórico es lo bastante extraordinario por sí solo. En una época en que el poder era casi un monopolio masculino, una mujer nacida en un oasis del desierto llegó a gobernar un imperio, a conquistar Egipto y a hacer temblar a Roma. Que su reino durara apenas unos años no rebaja la audacia de la empresa. Zenobia demostró que, incluso desde la periferia y contra todo pronóstico, se podía soñar con desafiar al centro del mundo conocido. Y ese sueño, aunque efímero, la ha convertido en una de las figuras más fascinantes de la Antigüedad.