Batalla de Gaugamela (331 a.C.): así venció Alejandro a Darío III

Batalla de Gaugamela (331 a.C.): así venció Alejandro a Darío III

Hay batallas que deciden una guerra y batallas que deciden el rumbo del mundo. La batalla de Gaugamela pertenece, sin discusión, a la segunda categoría. El 1 de octubre del año 331 a. C., en una llanura polvorienta cercana a la actual ciudad de Erbil, en el norte de Irak, un rey macedonio de veinticinco años se plantó frente al mayor ejército que el mundo antiguo había reunido jamás. Y lo destrozó.

Enfrente de Alejandro Magno estaba Darío III, el Gran Rey de Persia, con tropas llegadas de todos los rincones de su inmenso imperio. Las fuentes antiguas, siempre generosas con los ceros, hablan de cientos de miles de soldados. Los historiadores modernos rebajan mucho esas cifras, pero nadie discute lo esencial: los persas doblaban con holgura a los invasores, contaban con carros equipados con cuchillas en las ruedas y hasta con una unidad de elefantes de guerra.

Sobre el papel, aquello era una trampa mortal para el macedonio. Sobre el terreno, se convirtió en una de las obras maestras tácticas de toda la historia militar. Esta es la historia de cómo se gana una batalla imposible.

La batalla de Gaugamela se libró el 1 de octubre de 331 a. C. cerca de la actual Erbil, en el norte de Irak. En ella, Alejandro Magno derrotó al rey persa Darío III pese a hallarse en clara inferioridad numérica, gracias a una audaz maniobra oblicua, y selló el destino del Imperio persa aqueménida.

¿Cuándo y dónde fue la batalla de Gaugamela?

La batalla de Gaugamela tuvo lugar el 1 de octubre del año 331 a. C. en una llanura del norte de Mesopotamia, junto a una aldea cuyo nombre significaba algo así como «la casa del camello». El lugar se identifica hoy con la zona de Tel Gomel, a unos treinta kilómetros de Erbil, en el Kurdistán iraquí. Por eso la batalla aparece a veces en los libros con otro nombre, batalla de Arbela, por la ciudad importante más próxima.

Para entender por qué se llegó a ese rincón de Mesopotamia hay que retroceder un poco. Alejandro llevaba tres años avanzando por Asia en una campaña que era, en teoría, la venganza griega por las invasiones de los tiempos en que Persia intentó conquistar Grecia. Ya había vencido a los persas junto al río Gránico y había derrotado al propio Darío en Issos, en el año 333 a. C. Pero el Gran Rey había escapado de aquel desastre y no estaba dispuesto a rendirse.

Darío llegó a ofrecer a Alejandro un pacto extraordinario: la mitad occidental de su imperio, una fortuna en oro y la mano de su hija. Alejandro lo rechazó todo. Solo quedaba una salida: una batalla final por el dominio de Asia, y Darío eligió el escenario a conciencia.

Dos ejércitos desiguales frente a frente

El ejército macedonio rondaba los 47.000 hombres, unos 40.000 infantes y 7.000 jinetes, veteranos curtidos en años de guerra continua y unidos por una confianza ciega en su rey. Frente a ellos, Darío había reunido contingentes de todas las naciones de su imperio: caballería bactriana y escita, arqueros persas, mercenarios griegos. Las estimaciones modernas más prudentes hablan de entre 100.000 y 250.000 hombres, como mínimo el doble que los macedonios.

El rey persa, además, no quería sorpresas. Escogió una llanura amplia y ordenó allanarla como si fuera un tablero de juego, arrancando arbustos y nivelando el suelo, para que sus armas más temibles pudieran maniobrar sin obstáculos: doscientos carros con guadañas en las ruedas, diseñados para segar las piernas de la infantería enemiga, y quince elefantes de guerra, los primeros que los europeos verían en un campo de batalla.

Batalla de Gaugamela
El choque decisivo entre Alejandro Magno y Darío III en el año 331 a. C.

El plan persa era sencillo y aplastante: usar la enorme superioridad numérica para desbordar los flancos macedonios, envolver al ejército más pequeño y aniquilarlo. Con tantos jinetes disponibles, Darío podía extender su línea mucho más allá de la de Alejandro y cerrar la trampa por ambos lados. Sobre el papel, era una batalla decidida antes de empezar.

La noche antes de la batalla

La víspera del combate, con las hogueras del inmenso campamento persa iluminando el horizonte, algunos oficiales macedonios, impresionados por la magnitud del enemigo, aconsejaron a Alejandro atacar de noche para aprovechar la sorpresa. Según los relatos antiguos, el rey se negó con una frase que se hizo célebre: no robaría la victoria como un ladrón, la quería a plena luz del día. Detrás de la bravata había puro cálculo: un ataque nocturno contra un enemigo tan numeroso, en un terreno desconocido, habría sumido a su propio ejército en el caos.

La negativa tuvo, además, un efecto inesperado y devastador. Darío, temiendo justamente ese asalto nocturno, mantuvo a sus hombres formados y en vela durante toda la noche. Al amanecer, mientras decenas de miles de persas llevaban horas de pie, agotados por la tensión y la falta de sueño, Alejandro dormía tan profundamente que sus generales tuvieron que despertarlo. Cierto o embellecido por la leyenda, el detalle resume un duelo psicológico ganado antes del primer choque.

¿Cómo venció Alejandro estando en inferioridad?

Alejandro sabía perfectamente que iba a ser rodeado, y en lugar de negarlo diseñó su ejército para resistirlo. En el centro situó a la falange macedonia, aquel muro erizado de lanzas de más de cinco metros, y protegió los flancos con líneas de tropas dobladas hacia atrás, formando una especie de gigantesco rectángulo hueco capaz de defenderse por los cuatro costados. Si los persas lo envolvían, se encontrarían con lanzas apuntando en todas direcciones. Era, en esencia, una versión llevada al límite de la táctica del yunque y el martillo que ganó mil batallas: la infantería fija al enemigo y la caballería lo remata.

Pero el plan escondía algo más que resistencia. Al comenzar el combate, Alejandro hizo algo desconcertante: en lugar de cargar de frente, avanzó con su caballería de élite, los Compañeros, en diagonal hacia la derecha, alejándose del centro persa. Es la famosa maniobra oblicua. Darío, temiendo que el macedonio se saliera del terreno allanado donde sus carros eran letales, ordenó a la caballería de su flanco izquierdo perseguirlo y frenarlo. Miles de jinetes persas se desplazaron hacia el extremo del campo, y la línea de Darío empezó a estirarse como una goma.

Entonces ocurrió exactamente lo que Alejandro esperaba: la goma se rompió. Al desplazarse tantas tropas hacia el flanco, se abrió una brecha en el dispositivo persa, justo en el sector donde se encontraba el propio Darío. Alejandro no lo dudó un segundo. Reunió a los Compañeros y a parte de la falange en una formación en cuña, giró de golpe hacia la izquierda y cargó directamente contra ese hueco, apuntando al corazón del ejército enemigo y a la persona del Gran Rey.

Mosaico de Alejandro
Alejandro carga contra Darío, según el célebre mosaico hallado en Pompeya

Mientras tanto, las armas secretas de Darío fracasaban una tras otra. Los temidos carros con guadañas se estrellaron contra la disciplina macedonia: la falange abrió pasillos para dejarlos pasar de largo y los jabalineros los acribillaron cuando quedaron aislados. Los elefantes apenas llegaron a intervenir. La superioridad numérica persa, mal coordinada y peor dirigida, se estaba convirtiendo en un estorbo.

La huida de Darío y el colapso de un ejército

La cuña macedonia se abrió paso entre la guardia real persa en dirección al carro de Darío, con Alejandro en cabeza. Rodeado por el caos, viendo caer a los hombres de su escolta y a la caballería enemiga irrumpiendo hacia él, el Gran Rey hizo lo mismo que en Issos: dio media vuelta y huyó. Y aquí está la clave de todo. En un ejército formado por pueblos de decenas de naciones distintas, sin más lazo común que la obediencia, la única cosa que mantenía unido al conjunto era la presencia del rey. En cuanto corrió la voz de que Darío escapaba, la moral se desplomó y la desbandada se contagió como una enfermedad.

Darío III
El rey persa Darío III huyó del campo, provocando el colapso de su ejército

No importó que en el otro extremo del campo las cosas fueran mal para los macedonios. La caballería persa había logrado romper por el flanco izquierdo, donde resistía el veterano Parmenión, y algunos jinetes llegaron incluso a saquear el campamento. Alejandro tuvo que tomar una decisión amarga: renunciar a capturar al Gran Rey para volver grupas y socorrer a su ala en apuros. Darío aprovechó esa ventaja para desaparecer hacia el este.

Daba igual. El centro persa se deshacía y, con el rey en fuga, el ejército más grande del mundo se convirtió en una multitud aterrorizada. Las cifras lo dicen todo: frente a decenas de miles de bajas persas, los macedonios perdieron una fracción mínima de sus efectivos. La diferencia no estaba en el valor, sino en la disciplina, el mando y la iniciativa.

¿Qué consecuencias tuvo la batalla de Gaugamela?

Las consecuencias fueron inmediatas y colosales. Con el ejército real destruido, las grandes capitales del Imperio persa quedaron abiertas al conquistador. Alejandro entró en Babilonia semanas después, recibido no como un saqueador sino casi como un liberador, y tuvo la habilidad política de respetar los templos y las costumbres locales. Luego cayeron Susa, con sus tesoros legendarios, y Persépolis, el corazón ceremonial de la dinastía aqueménida, que acabó pasto de las llamas. Tras la batalla, sus propias tropas aclamaron a Alejandro como rey de Asia.

¿Y Darío? Su final fue tan triste como su actuación en el campo de batalla. Huyó hacia las provincias orientales con la esperanza de reunir un tercer ejército, pero sus propios nobles, encabezados por el sátrapa Beso, lo depusieron y lo asesinaron pocos meses después. El imperio que había desafiado a Grecia durante dos siglos se desmoronó en cuestión de meses.

A más largo plazo, Gaugamela cambió el mapa cultural del mundo. Abrió la puerta a la era helenística, en la que la lengua y la cultura griegas se extendieron desde Egipto hasta las fronteras de la India, mezclándose con las civilizaciones de Oriente. Nada de eso habría ocurrido igual sin aquella carga en la llanura iraquí. De hecho, es inevitable preguntarse qué habría pasado si Alejandro no hubiera muerto con solo 32 años, apenas ocho después de su victoria más grande.

Conclusión

La batalla de Gaugamela sigue estudiándose en las academias militares casi dos mil cuatrocientos años después, y no es por nostalgia. Darío lo tenía todo: más hombres, más caballos, armas exóticas y hasta el campo de batalla hecho a medida. Alejandro tenía un ejército profesional, un plan que convertía la fuerza del enemigo en debilidad y el temple de jugarse la vida en el punto exacto donde la batalla podía romperse.

Quizá esa sea la verdadera lección de aquella jornada de octubre de 331 a. C.: las ventajas materiales solo valen lo que vale la mente que las dirige. Un imperio de millones de súbditos se vino abajo porque, en el momento decisivo, su rey dio media vuelta y su rival cargó de frente. La historia, a veces, cabe entera en ese instante.

V
Víctor Díaz

Autor de Historia Curiosa. Apasionado de la historia y de sus grandes preguntas: batallas, imperios, personajes y curiosidades que explican el mundo de hoy.