Cuando el cristianismo se extendió por la península ibérica, la mayoría de los antiguos dioses europeos se desvanecieron sin dejar apenas rastro. Los del Olimpo se volvieron literatura de manual; los celtas quedaron reducidos a ecos borrosos. Pero en un rincón montañoso del norte ocurrió algo distinto: la mitología vasca no murió del todo. Se replegó a las cuevas, a los hayedos y a las cumbres batidas por la niebla, y allí siguió respirando durante siglos.
Sus protagonistas no eran dioses celosos ni tronantes sentados en un cielo lejano. Eran señoras que vivían dentro de las montañas, serpientes que provocaban tormentas, mujeres con pies de pato que tejían junto a los ríos y gigantes que levantaban piedras imposibles. Un panteón terrenal, húmedo y verde, tan viejo que nadie recuerda cuándo empezó.
La mitología vasca es el conjunto de creencias, dioses y seres sobrenaturales del pueblo vasco anteriores a la cristianización. Se trata de un panteón terrenal presidido por Mari, la diosa de la tierra, y poblado por genios, lamias, gigantes y numerosas presencias ligadas a la naturaleza, las cuevas y las montañas del norte peninsular.
- Mari: la gran diosa que habita las montañas y gobierna el clima.
- Sugaar: genio con forma de serpiente, consorte de Mari.
- Las lamias: ninfas de los ríos con pies de pato.
- El Basajaun: señor del bosque y primer herrero.
- Los jentilak: gigantes que levantaron los dólmenes.
A diferencia de la jerarquía guerrera de la mitología nórdica de Odín y Thor o del elaborado más allá de la mitología egipcia, la vasca es un culto humilde y terrenal: sin templos ni dioses celestiales, tejido en torno a la tierra, las cuevas y las cumbres del país.
Gran parte de lo que hoy sabemos se lo debemos a un sacerdote paciente, José Miguel de Barandiarán, que recorrió caseríos de Euskal Herria durante décadas anotando lo que le contaban los abuelos junto al fuego. Su labor alimenta hoy obras de referencia como la Auñamendi Eusko Entziklopedia. Gracias a él, esos dioses olvidados no se perdieron con la última generación que de verdad creyó en ellos.
Mari, la señora que habita las montañas
En lo más alto de la mitología vasca reina Mari, a veces llamada Anbotoko Dama, la Dama de Anboto, por el monte del Duranguesado donde se le supone una de sus moradas. No es una diosa lejana: vive dentro de la tierra, en simas y cuevas, y de una a otra se traslada volando por el cielo como una hoz de fuego. También se refugia en el Aizkorri, en el Txindoki o en Aketegi, montañas que los pastores miraban siempre con respeto.
Mari controla el tiempo. Según cómo se la vea salir de su cueva, anuncia sequía o lluvia, y las tormentas nacen de sus enfados. Se aparece de mil formas: mujer elegantísima peinándose con un peine de oro, ráfaga de viento, árbol en llamas, toro o cabra. En su reino subterráneo, dicen las leyendas, el oro y las riquezas abundan, pero quien roba algo de allí queda maldito para siempre.
Conviene distinguir la leyenda del dato. Mari no era una divinidad de templos, sacerdotes y dogmas, como los dioses grecolatinos. Era un numen, una presencia de la naturaleza que además vigilaba la moral: castigaba la mentira, el robo, el orgullo y el faltar a la palabra dada. Barandiarán la situó en el centro de un mundo presidido por Amalur, la Madre Tierra, de cuyo seno brotan también Eguzki (el sol) e Ilargi (la luna), consideradas sus hijas.
Sugaar y las lamias: serpientes y ninfas de los ríos
Junto a Mari aparece Sugaar (también Sugoi o Maju), un genio con forma de serpiente cuyo nombre significa literalmente «serpiente macho». Es su consorte. Cuenta la tradición que, cuando ambos se reúnen en las entrañas de la montaña, el encuentro se manifiesta afuera en forma de tormentas y de pedrisco. De esa pareja de la tierra y la serpiente procede buena parte del imaginario meteorológico vasco.
La serpiente crece hasta convertirse en dragón en la figura de Herensuge, la bestia de varias cabezas que aterraba los valles y a la que un héroe o un santo debía vencer. No es casualidad: los dragones pueblan los mapas y las leyendas de media Europa, y el País Vasco tuvo el suyo propio, enroscado en sus barrancos.
Más cercanas al agua viven las lamias (lamiak), seres femeninos de gran belleza que peinan sus cabellos junto a fuentes y ríos. Su rasgo más curioso son los pies: muchas versiones las describen con patas de pato o de ave palmípeda, un detalle que las delata cuando intentan hacerse pasar por humanas. Laboriosas y nocturnas, la tradición les atribuye la construcción de puentes, dólmenes e incluso iglesias en una sola noche, siempre antes del canto del gallo. No pocos relatos cuentan además amores imposibles entre una lamia y un joven del caserío, condenados justamente por esos pies que no podían esconder.

El Basajaun, señor del bosque y primer herrero
Si Mari reina en las cumbres, el bosque tiene su propio dueño: el Basajaun, cuyo nombre se traduce como «señor del bosque». Se lo imagina como un ser enorme y peludo, de larga melena, que habita las espesuras y las cuevas del monte. Lejos de ser un simple coco que asusta a los niños, la tradición lo pinta como un guardián benéfico: protege los rebaños y avisa a los pastores de la llegada de tormentas o de lobos con un grito que resuena entre los árboles.

El Basajaun guarda además un papel sorprendente en los mitos: el de primer agricultor y primer herrero. Según los relatos recogidos por Barandiarán, fue él quien conoció antes que nadie el secreto de cultivar el trigo y de trabajar los metales. La humanidad se los arrebató con astucia gracias a San Martín Txiki, «San Martín el pequeño», un pícaro que apostaba y engañaba al gigante para robarle sus secretos y entregárselos a las gentes del valle.
Esa historia esconde algo más que un cuento. Bajo la forma del gigante del bosque que posee la agricultura y la metalurgia, el mito parece recordar, transformado en leyenda, el enorme salto que supuso para aquellos pueblos aprender a sembrar y a forjar el hierro. Junto al Basajaun se menciona también a su pareja, la Basandere, señora del bosque.
Los jentilak: gigantes que levantaron los dólmenes
Antes que los humanos actuales, dice la mitología vasca, la tierra la habitaron los jentilak, una raza de gigantes de fuerza descomunal. A ellos atribuía el pueblo la construcción de los dólmenes y los menhires, esas piedras colosales que salpican los montes y que nadie sabía explicar de otro modo. Se contaba que jugaban a lanzarse rocas de una cima a otra como quien tira una bola.

La leyenda más hermosa cuenta su final. Una noche apareció en el cielo una nube luminosa que asustó a los jentilak. Un anciano ciego, al palparla con las manos, comprendió que anunciaba el nacimiento de Kixmi (nombre con el que llamaban a Cristo) y, con él, el fin de su mundo. Los gigantes decidieron enterrarse bajo un dolmen para siempre. Solo uno se quedó entre los hombres: Olentzero, el carbonero, hoy convertido en el personaje que baja del monte a repartir regalos en la Navidad vasca.
La imagen de un mundo antiguo barrido por un cataclismo o por un signo del cielo no es exclusiva de estas montañas. Muchas culturas guardan el recuerdo de un final y un nuevo comienzo, como los innumerables pueblos que comparten el relato de un gran diluvio que borró el mundo para dar paso a otro.
¿Cómo sobrevivió la mitología vasca a la llegada del cristianismo?
La llegada del cristianismo no borró de golpe a estos personajes; los fue arrinconando y transformando. Mari quedó reducida en muchos relatos a bruja o a compañera de las lamias; el papel de héroe frente al dragón Herensuge pasó a manos de los santos. La cristianización de estas tierras fue lenta y tardía, y por eso el sustrato pagano de la mitología vasca sobrevivió aquí mejor que en casi ningún otro rincón de Europa.
El caso de San Miguel de Aralar lo resume bien. La leyenda de Teodosio de Goñi cuenta cómo el caballero, engañado por el diablo, mató a sus propios padres y, en penitencia, se enfrentó al dragón del monte Aralar, del que lo salvó en el último instante el arcángel San Miguel. Sobre aquel escenario mítico se levantó un santuario cristiano: la vieja serpiente vencida por el nuevo cielo, la imagen perfecta del relevo de creencias.
Este proceso, el de dioses viejos que sobreviven disfrazados dentro de la nueva religión o de las costumbres, se repite por todas partes. Sucede también con nombres tan cotidianos como los de la semana, cuyo origen se hunde en antiguas divinidades planetarias que seguimos pronunciando sin darnos cuenta. Los dioses, cuando mueren, rara vez desaparecen del todo: se esconden.
Conclusión
La mitología vasca no es un catálogo de dioses grandiosos, sino un mundo íntimo y montañés donde lo sagrado se confunde con la niebla, el hayedo y la roca. Mari en su cueva, Sugaar en la tormenta, las lamias junto al río, el Basajaun en el bosque y los jentilak bajo los dólmenes forman un panteón que se resistió a morir porque estaba cosido al paisaje mismo.
Que hoy podamos nombrarlos se lo debemos a quienes, como Barandiarán, se sentaron a escuchar a los últimos que aún creían. Sus relatos nos recuerdan que, mucho antes de las iglesias, alguien miraba esas mismas cumbres y sentía que estaban vivas. Y que un panteón entero puede sobrevivir, callado, en la memoria de unas montañas.
