Anton van Leeuwenhoek no era médico, ni profesor, ni sabía una palabra de latín. Era un comerciante de telas de la ciudad holandesa de Delft que, en sus ratos libres, pulía lentes diminutas con una destreza que nadie ha logrado explicar del todo. Con esas lentes, montadas en placas de latón poco más grandes que un naipe, se convirtió en el primer ser humano que vio bacterias y protozoos, y en el primero que describió con precisión los glóbulos rojos y los espermatozoides. Los sabios de Londres tardaron más de un año en creerle, y con razón: aquel vendedor de paños sin título universitario estaba abriendo, él solo, la puerta de un universo invisible que nadie había sospechado jamás.
¿Quién descubrió las bacterias?
Las bacterias las descubrió Anton van Leeuwenhoek, un comerciante de telas holandés, hacia 1676. Las observó con un microscopio de una sola lente fabricado por él mismo, capaz de alcanzar unos 270 aumentos, y describió el hallazgo en cartas que envió a la Royal Society de Londres.
El descubrimiento no fue buscado. En el siglo XVII nadie imaginaba que existieran seres vivos demasiado pequeños para el ojo humano, así que ni siquiera había una palabra para nombrarlos. Leeuwenhoek los llamó «animálculos», es decir, animalitos, y el término hizo fortuna durante más de un siglo. La palabra «bacteria» no se acuñaría hasta el siglo XIX.
La primera descripción reconocible de bacterias aparece en su famosa carta de octubre de 1676, donde relata las criaturas minúsculas que pululaban en agua en la que había dejado macerar granos de pimienta. En 1683 fue todavía más lejos: raspó el sarro de sus propios dientes, lo diluyó y dibujó los microorganismos que encontró allí. Esos dibujos, con formas de bastones, esferas y espirales, se consideran la primera representación de bacterias de la historia, como recoge la biografía de Leeuwenhoek en cualquier historia de la ciencia.
El comerciante de telas que quería contar hilos
Nada en sus orígenes anunciaba a un gigante de la ciencia. Leeuwenhoek nació en Delft en 1632, en una familia de artesanos: su padre fabricaba cestas y su madre venía de una familia de cerveceros. A los dieciséis años entró como aprendiz en una tienda de telas de Ámsterdam, y hacia 1654 regresó a su ciudad natal para abrir su propio negocio de paños. Para completar los ingresos ocupó además varios cargos municipales, entre ellos el de encargado de la sala de los regidores y el de inspector de vinos.
El oficio de pañero fue, curiosamente, su escuela de óptica. Los comerciantes de telas usaban lupas cuentahilos para evaluar la densidad y la calidad de los tejidos, y Leeuwenhoek se familiarizó desde joven con las lentes de aumento. En algún momento dejó de conformarse con las lupas del gremio y empezó a fabricar las suyas propias, cada vez más pequeñas y potentes. Se cree que las láminas de la «Micrographia» de Robert Hooke, un éxito editorial de 1665 con imágenes espectaculares de pulgas y moscas ampliadas, terminaron de encender su curiosidad: el libro estaba escrito en inglés, un idioma que Leeuwenhoek no leía, pero sus grabados hablaban por sí solos.

Hay un detalle que fascina a los historiadores: Leeuwenhoek fue exacto contemporáneo y vecino del pintor Johannes Vermeer. Ambos nacieron en Delft en 1632, fueron bautizados con pocos días de diferencia y, cuando Vermeer murió en 1675 dejando deudas y once hijos, el ayuntamiento nombró a Leeuwenhoek administrador de su herencia. En una ciudad de unos 25.000 habitantes convivieron, sin saberlo, el mejor ojo de la pintura y el mejor ojo de la ciencia de su siglo.
El microscopio de Leeuwenhoek: una sola lente y un secreto
El microscopio de Leeuwenhoek desconcierta a quien lo ve por primera vez, porque no se parece en nada a un microscopio moderno. Era una simple placa de latón de unos cinco centímetros con un agujero diminuto en el centro. En ese agujero iba montada una lente única, una esferita de vidrio apenas mayor que una cabeza de alfiler. La muestra se colocaba en la punta de una aguja ajustable con tornillos, y el observador debía acercarse el aparato al ojo, casi pegado a la pestaña, y mirar a contraluz. Técnicamente era una lupa llevada al extremo, no un microscopio compuesto.

En la historia del microscopio, el instrumento compuesto (con dos o más lentes en un tubo) había llegado primero: la atribución tradicional señala a los fabricantes de anteojos holandeses Hans y Zacharias Janssen, hacia 1590-1600, aunque los historiadores la ponen en duda, porque se basa en testimonios tardíos e interesados, y también se propone como pionero a Cornelis Drebbel. En cualquier caso, aquellos primeros aparatos apenas lograban unos pocos aumentos, y los compuestos de la época de Leeuwenhoek, que rondaban los 20 o 30, producían imágenes borrosas, deformadas por los defectos de cada lente, que se multiplicaban al combinarlas. La solución de Leeuwenhoek fue radical: una sola lente, pero perfecta. Sus mejores esferas de vidrio lograban entre 200 y 300 aumentos con una nitidez extraordinaria; el ejemplar más potente que se conserva alcanza unos 270 aumentos.
Cómo conseguía pulir esas lentes es un misterio que se llevó a la tumba. Leeuwenhoek jamás reveló su método, no vendió sus aparatos y hasta se permitía despistar a los curiosos con explicaciones vagas. A lo largo de medio siglo construyó varios centenares de microscopios, quizás alrededor de 500 según los recuentos de sus cartas y de las subastas posteriores, y de todos ellos apenas sobrevive hoy alrededor de una decena de ejemplares auténticos, repartidos entre museos europeos. Ningún rival de su época logró fabricar nada comparable.
El enigma, por cierto, sigue dando trabajo a la ciencia. En 2021, investigadores de la Universidad Técnica de Delft y del museo Rijksmuseum Boerhaave examinaron varios de los ejemplares conservados con tomografía de neutrones, una técnica que permite ver el interior del latón sin abrir ni dañar los aparatos. Descubrieron que Leeuwenhoek combinaba métodos conocidos en su época: la mayoría de sus lentes estaban pulidas a mano, pero la más potente era una minúscula esfera soplada al fuego, un truco que el propio Hooke había descrito públicamente y luego abandonado.
Los animálculos: las cartas que nadie quería creer
Todo empezó en 1674, cuando examinó una muestra de agua verdosa de un lago cercano a Delft y encontró «animálculos» que nadaban con «patitas» y giros graciosos: eran protozoos y algas microscópicas, los primeros microorganismos observados por un ser humano. A partir de ahí lo miró todo: agua de lluvia, de pozo, de mar, infusiones de pimienta, sangre, saliva. En 1676 describió criaturas mil veces más pequeñas que las anteriores, las bacterias, y en 1677, a partir de una muestra que le llevó el estudiante de medicina Johan Ham, describió los espermatozoides. También describió con precisión los glóbulos rojos y la circulación de la sangre por los capilares en la cola de renacuajos y anguilas.

Sus hallazgos viajaban a Londres por correo. Leeuwenhoek escribió a la Royal Society unas 200 cartas a lo largo de cincuenta años, de las más de 500 cartas científicas que redactó en total, escritas en neerlandés coloquial, sin estructura académica y mezcladas con asuntos domésticos, porque no dominaba ningún otro idioma. En Londres, el secretario Henry Oldenburg y sus sucesores las traducían y las publicaban en las Philosophical Transactions, la revista científica de la institución, entre la fascinación y la sospecha. El contraste era llamativo: en la era de los sabios que se escribían en latín, el descubridor más prolífico de Europa firmaba como un tendero que contaba lo que veía, sin citas, sin teorías y sin adornos. La carta de 1676 sobre los animálculos del agua de pimienta colmó la paciencia de los académicos: aquello parecía sencillamente imposible.
La Royal Society pidió pruebas. De Delft llegaron testimonios firmados por ocho vecinos respetables, entre ellos pastores protestantes, un notario y varios médicos, que juraban haber visto las criaturas con sus propios ojos a través de las lentes del pañero. En paralelo, Robert Hooke repitió el experimento en Londres en 1677 y confirmó el hallazgo. La credibilidad de Leeuwenhoek quedó restaurada por completo, y en 1680 la Royal Society lo nombró miembro de pleno derecho. Él, agradecido, nunca viajó a Londres a ocupar su asiento: prefería seguir mirando por sus lentes en Delft.
¿El padre de la microbiología?
A Leeuwenhoek se le llama con justicia el padre de la microbiología: fue el primero en ver el mundo microbiano y en describirlo de forma sistemática. A Louis Pasteur, en cambio, se le suele llamar el padre de la microbiología moderna, porque dos siglos después demostró lo que Leeuwenhoek nunca llegó a plantearse: que aquellos seres diminutos podían fermentar el vino, pudrir la carne y matar personas. Los dos títulos conviven sin contradicción, separados por casi doscientos años de distancia.
Ese hueco de dos siglos es una de las grandes ironías de la historia de la ciencia. Durante generaciones, los animálculos fueron poco más que una curiosidad de gabinete, mientras la humanidad seguía atribuyendo las epidemias a los miasmas, al aire corrompido o al castigo divino, igual que en tiempos de la peste de Justiniano. Hubo que esperar a mediados del siglo XIX para que Pasteur y Robert Koch formularan y probaran la teoría germinal de las enfermedades, un camino que también estuvo lleno de experimentos con seres humanos que hoy resultan difíciles de creer.
Parte de la explicación es técnica: nadie igualó la calidad de sus lentes hasta bien entrado el siglo XIX, cuando aparecieron los microscopios acromáticos. Durante décadas, muchos investigadores simplemente no podían ver lo que Leeuwenhoek había visto, y una observación que no puede repetirse acaba arrinconada. Como él nunca compartió su técnica ni formó aprendices, su ventaja murió con él, y la microbiología quedó en pausa esperando instrumentos que estuvieran a la altura de sus esferas de vidrio. La otra parte es conceptual: sin una teoría que conectara microbios y enfermedad, aquellas criaturas fascinantes no parecían tener ninguna importancia práctica.
Conclusión
Anton van Leeuwenhoek murió en Delft en 1723, a los 90 años, dictando todavía observaciones sobre su propia enfermedad. Nunca dio una clase, nunca escribió un tratado (solo cartas, que otros recopilaron después en volúmenes) y nunca formó un discípulo, y aun así pocas personas han ampliado tanto los límites de lo visible. Reyes y sabios peregrinaron a su tienda de telas para asomarse a sus lentes, incluido el zar Pedro el Grande, que pasó a visitarlo en 1698.
Su hallazgo tardó en dar fruto, pero el fruto fue inmenso. De aquellos animálculos del sarro dental descienden, en línea directa, la teoría germinal, las vacunas, la higiene hospitalaria y el descubrimiento de la penicilina por Alexander Fleming, que por fin dio a la medicina un arma contra las criaturas que el comerciante de Delft había visto primero. No está mal para un vendedor de paños que solo quería contar los hilos de sus telas.
