La peste de Justiniano: la pandemia que estuvo a punto de enterrar a Bizancio

La peste de Justiniano: la pandemia que estuvo a punto de enterrar a Bizancio

A mediados del siglo VI, el emperador Justiniano estaba a punto de lograr lo imposible: reconstruir el viejo Imperio Romano y reunir de nuevo el Mediterráneo bajo un solo cetro. Sus ejércitos habían recuperado el norte de África e Italia, sus juristas habían ordenado el derecho romano y en Constantinopla se alzaba una catedral que dejaba sin aliento. Entonces, en el año 541, llegó una enfermedad que ningún ejército podía detener, y el sueño empezó a desmoronarse.

Un imperio en la cima antes del desastre

Justiniano I gobernó el Imperio Romano de Oriente —lo que hoy llamamos Imperio bizantino— desde el año 527. Fue uno de los emperadores más ambiciosos de la historia. Ordenó recopilar y sistematizar todo el derecho romano en el monumental Corpus Iuris Civilis, base de buena parte de la legislación europea posterior. Levantó en Constantinopla la basílica de Santa Sofía, prodigio de la ingeniería que durante casi mil años fue el mayor templo de la cristiandad. Y a través de su brillante general Belisario, arrebató el norte de África a los vándalos y buena parte de Italia a los ostrogodos.

Hacia el año 540, la vieja aspiración de restaurar el Imperio Romano parecía casi al alcance de la mano. El Mediterráneo volvía a ser, en gran medida, un lago romano. Pero la Antigüedad tardía guardaba una carta terrible. Pocos años antes, en el 536, un extraño velo de polvo había oscurecido el cielo durante meses y provocado un enfriamiento del clima que arruinó cosechas en medio mundo. Aquel presagio sombrío anticipaba tiempos difíciles.

Justiniano I
El emperador Justiniano I soñaba con reunificar bajo su mando el antiguo Imperio Romano

La peste llega a Constantinopla

En el año 541 apareció una epidemia devastadora. Las primeras noticias la sitúan en Pelusio, un importante puerto de Egipto por el que pasaba el grano que alimentaba al Imperio. Desde allí, la enfermedad se propagó siguiendo las rutas comerciales y los barcos cargados de trigo por todo el Mediterráneo. En la primavera del 542 alcanzó Constantinopla, la capital imperial, una de las mayores ciudades del mundo, con quizá medio millón de habitantes.

El impacto fue catastrófico. Los historiadores bautizaron el episodio como la peste de Justiniano, y hoy se considera la primera pandemia documentada de peste bubónica de la historia. Las víctimas desarrollaban fiebre alta, delirio y unas hinchazones dolorosas en las ingles y las axilas, los característicos bubones que dan nombre a la enfermedad. En una ciudad abarrotada y bien conectada por mar con todo el Mediterráneo, la peste encontró el terreno perfecto para cebarse.

El testimonio de un testigo: Procopio

Tenemos un relato de primera mano gracias a Procopio de Cesarea, el historiador que había acompañado a Belisario en sus campañas. En su Historia de las guerras dejó una descripción estremecedora de la epidemia, escrita a la manera del gran historiador griego Tucídides, que siglos antes había narrado la peste de Atenas. Procopio describió los bubones, la fiebre, el delirio y, sobre todo, la magnitud del horror: cadáveres que se acumulaban más rápido de lo que se podía enterrarlos, y torres de las murallas cuyos tejados se llenaron de muertos por falta de espacio.

Según su testimonio, en el peor momento morían hasta diez mil personas al día en Constantinopla. La cifra es casi con seguridad una exageración retórica, pero transmite bien la sensación de catástrofe: la ciudad quedó paralizada, el comercio se detuvo y la vida cotidiana se suspendió. Conviene subrayar que los historiadores actuales debaten cuántas víctimas causó realmente la peste. Estimaciones antiguas hablaban de decenas de millones de muertos en todo el Imperio, pero investigaciones más recientes, basadas en las escasas pruebas arqueológicas y textuales, sugieren que el impacto pudo ser menor o más localizado de lo que se creyó durante mucho tiempo.

El emperador que enfermó y sobrevivió

La peste no respetó ni al trono. El propio Justiniano contrajo la enfermedad y, contra todo pronóstico, sobrevivió. Pero mientras el emperador yacía enfermo, corrieron rumores de su muerte y comenzaron las maniobras políticas por la sucesión, lo que sumió al gobierno en la incertidumbre en el peor momento posible.

Su recuperación personal no libró al Imperio de las consecuencias. La población quedó diezmada, la recaudación de impuestos se hundió al morir tantos contribuyentes y los ejércitos tuvieron enormes dificultades para encontrar reclutas. Un Estado que dependía de mantener grandes ejércitos y una administración costosa se encontró de pronto sin el dinero ni los hombres necesarios para sostener sus ambiciones.

El sueño roto de reconstruir Roma

La peste asestó un golpe mortal al proyecto de Justiniano. Con menos soldados y menos recursos, las guerras en Italia se prolongaron durante años en un conflicto brutal, la llamada guerra Gótica, que devastó la península y dejó exhaustas a las regiones recién conquistadas. Los territorios recuperados resultaron muy difíciles de defender. Apenas una generación después de la muerte de Justiniano, en el año 565, buena parte de Italia cayó en manos de los lombardos, y el Imperio ya no tuvo fuerzas para seguir expandiéndose.

La enfermedad no golpeó solo a Bizancio. También se cebó con su gran rival, el Imperio sasánida de Persia. Algunos historiadores sostienen que el debilitamiento simultáneo de las dos grandes potencias de la época, agotadas por las guerras y las pestes recurrentes, contribuyó a hacer posible la fulgurante expansión árabe e islámica del siglo VII, que en pocas décadas arrebató a ambos imperios vastos territorios. La peste, además, regresó en oleadas más o menos cada generación hasta alrededor del año 750, cuando se desvaneció de forma tan misteriosa como había llegado.

Qué sabemos hoy gracias a la ciencia

Durante siglos no hubo certeza sobre qué enfermedad había causado semejante mortandad. La respuesta llegó de un lugar inesperado: el ADN antiguo. En 2013, un equipo de científicos logró recuperar material genético de víctimas de la peste enterradas en la actual Baviera y confirmó al culpable: la bacteria Yersinia pestis, la misma responsable de la posterior Peste Negra del siglo XIV y de los brotes de peste modernos.

Los estudios genéticos indican que aquella cepa surgió probablemente en Asia central y constituyó una emergencia distinta de la que causaría la Peste Negra ochocientos años después. La investigación continúa, sobre todo en torno a cuántas personas murieron realmente, prueba de que incluso una catástrofe tan famosa puede reexaminarse con nuevas evidencias. La peste de Justiniano quedó así como el primer acto de una larga historia de pandemias humanas: no acabó con Bizancio, que sobreviviría casi novecientos años más, pero sí enterró para siempre el gran sueño de un emperador de devolver la vida al Imperio Romano.