Juana de Arco: la hereje que la Iglesia quemó y luego convirtió en santa

Juana de Arco: la hereje que la Iglesia quemó y luego convirtió en santa

En mayo de 1431, un tribunal eclesiástico controlado por los ingleses quemó viva en la plaza de Ruan a una campesina de diecinueve años por hereje. Veinticinco años más tarde, otro tribunal, esta vez ordenado por el propio papa, revisó el juicio, lo declaró fraudulento de principio a fin y la exoneró por completo. Casi quinientos años después de la hoguera, la misma Iglesia que la había condenado la declaró santa. Pocas figuras de la historia han pasado por un giro tan completo, y pocas tienen, además, la fortuna de que ambos juicios (el que la condenó y el que la exoneró) se conservan casi íntegros: Juana de Arco es, probablemente, la persona mejor documentada de todo el siglo XV.

Una adolescente que decía escuchar voces

Juana nació hacia 1412 en Domrémy, una aldea del este de Francia, en plena Guerra de los Cien Años. Francia estaba partida: el rey Carlos VI había muerto, su heredero, el Delfín Carlos, no había sido coronado, e Inglaterra, aliada con el poderoso Ducado de Borgoña, controlaba París y buena parte del norte del país. Según su propio testimonio posterior, Juana empezó a los trece años a escuchar voces que identificó como las de San Miguel, Santa Catalina y Santa Margarita, y que con el tiempo le dieron un mensaje concreto: debía ayudar al Delfín a ser coronado rey legítimo y expulsar a los ingleses de Francia.

A los diecisiete años, sin ninguna formación militar ni apoyo familiar, consiguió que un capitán local la escoltara hasta la corte del Delfín en Chinon. La tradición cuenta que Carlos, para ponerla a prueba, se escondió entre los cortesanos y dejó a otro hombre sentado en el trono, y que Juana lo identificó de todos modos entre la multitud. Es una anécdota preciosa, repetida durante siglos, pero conviene tratarla con la misma cautela que cualquier leyenda: aparece en las crónicas de la época, no en su propio testimonio del juicio, así que no hay forma de confirmar que ocurriera exactamente así.

El sitio de Orleans y el giro de la guerra

Lo que sí está extensamente documentado es lo que pasó después. Convencido o simplemente sin nada que perder, el Delfín le confió un pequeño contingente militar y la envió a Orleans, una ciudad estratégica sitiada por los ingleses desde hacía meses y considerada la última barrera antes de que el sur de Francia quedara expuesto. Juana no era una estratega ni, según casi todos los testimonios, combatía cuerpo a cuerpo: su papel era portar el estandarte al frente de las tropas y, sobre todo, insuflar una moral que el ejército francés llevaba años sin sentir. Funcionó. En cuestión de días, Orleans quedó liberada, y la ofensiva inglesa que parecía imparable empezó a desmoronarse.

Miniatura medieval del sitio de Orleans de 1429, con arqueros y artillería en las murallas
Miniatura medieval del sitio de Orleans (1429), con arqueros y artillería disparando desde las murallas. (Dominio público, vía Wikimedia Commons)

La coronación en Reims

Tras Orleans llegó una cadena de victorias rápidas que despejó el camino hacia Reims, la catedral donde por tradición se coronaba a los reyes de Francia desde hacía siglos, y que en ese momento estaba en territorio hostil. Juana insistió en que la coronación debía celebrarse allí y no en ningún otro lugar, precisamente porque simbolizaba la legitimidad completa del nuevo rey. El 17 de julio de 1429, Carlos VII fue coronado en Reims con Juana de pie junto a él, sosteniendo su estandarte. Para ella, era el cumplimiento exacto de la misión que decía haber recibido.

La coronación de Carlos VII en la catedral de Reims en 1429, con Juana de Arco junto al rey sosteniendo su estandarte
La coronación de Carlos VII en la catedral de Reims, con Juana de Arco junto al rey sosteniendo su estandarte. Pintura del Panteón de París. (Dominio público, vía Wikimedia Commons)

Capturada, vendida, juzgada

La suerte le duró poco más de un año. El 23 de mayo de 1430, durante una escaramuza en Compiègne, fue capturada por tropas borgoñonas, aliadas de los ingleses. En vez de pedir rescate como era la costumbre con la nobleza capturada, los borgoñones la vendieron a los ingleses por una suma considerable. Carlos VII, el rey que le debía la corona, no movió un dedo para rescatarla.

Los ingleses no la juzgaron ellos mismos: organizaron un tribunal eclesiástico francés, presidido por el obispo Pierre Cauchon, un clérigo estrechamente alineado con la causa inglesa, en la ciudad ocupada de Ruan. El proceso comenzó formalmente en enero de 1431 con setenta cargos, luego reducidos, centrados en dos acusaciones: afirmar recibir revelaciones divinas directas sin pasar por la autoridad de la Iglesia, y vestir ropa de hombre, algo que ella misma reconoció y justificó por razones tanto prácticas (protegerse de abusos en prisión, donde la vigilaban guardias varones) como por sentir que era parte del mandato que había recibido.

Lo que casi nunca se cuenta es que Juana estuvo a punto de salvar la vida. Presionada y agotada, el 24 de mayo de 1431 firmó una abjuración: aceptó los cargos, prometió no volver a vestir ropa de hombre y su condena se conmutó a cadena perpetua. Días después, según el registro del propio tribunal, volvió a aparecer vestida con ropa masculina en su celda, alegando que sus guardias le habían retirado la ropa de mujer durante la noche, y que las voces la habían reprendido por haber cedido. Para el tribunal, esa «recaída» convertía la herejía en reincidente, el delito más grave posible en derecho canónico, y era condición suficiente para la pena capital. Los historiadores siguen debatiendo si el episodio fue una encerrona deliberada de sus captores ingleses, que necesitaban su muerte para deslegitimar la coronación de Carlos VII.

La hoguera de Ruan, 1431

El 30 de mayo de 1431, con apenas diecinueve años, Juana fue quemada viva en la plaza del mercado de Ruan. Según los testimonios recogidos después, mantuvo la calma hasta el final y pidió que le acercaran una cruz para mirarla mientras moría. Sus cenizas se arrojaron al río Sena, para evitar que cualquier resto se convirtiera en reliquia.

Representación de Juana de Arco atada a la hoguera momentos antes de su ejecución en Ruan, 1431
Juana de Arco momentos antes de su ejecución en la hoguera de Ruan, 1431. Pintura del Panteón de París. (CC BY-SA, vía Wikimedia Commons)

El juicio que la Iglesia declaró nulo

Aquí es donde la historia da su giro más extraordinario. A mediados de la década de 1450, con Carlos VII ya firmemente asentado en el trono que en buena medida le debía a Juana, se abrió una investigación formal sobre el proceso de Ruan. El papa Calixto III autorizó un nuevo juicio, conocido como el proceso de rehabilitación, que se prolongó entre 1455 y 1456 con testimonios de decenas de personas que la habían conocido o habían participado en el juicio original. La conclusión fue contundente: el tribunal de 1431 había actuado bajo presión política inglesa, había violado el procedimiento canónico en múltiples puntos y su veredicto quedaba anulado por completo. Juana fue declarada, oficialmente, inocente.

De hereje a santa: casi 500 años de espera

La rehabilitación de 1456 la limpió del cargo de herejía, pero pasarían más de cuatro siglos antes de que la Iglesia diera el paso final. El papa Pío X la beatificó en 1909, y once años después, el 16 de mayo de 1920, el papa Benedicto XV la canonizó como santa. Habían pasado 489 años desde que la misma institución, bajo otro nombre y otra época, la había condenado a morir en la hoguera. Hoy es una de las patronas de Francia, y su figura se invoca por igual en contextos religiosos, militares y nacionalistas, un espectro tan amplio que pocas figuras históricas logran ocupar sin contradicción.

Conclusión

Pocas vidas concentran tantos vuelcos en tan poco tiempo: una campesina sin formación que convence a una corte real, cambia el rumbo de una guerra, es traicionada por el mismo rey al que coronó, muere ejecutada por la institución que después la nombraría santa. Lo notable de Juana de Arco no es solo la historia en sí, sino que, gracias a dos juicios que se conservan casi palabra por palabra (el que la condenó y el que la absolvió), es una de las pocas figuras medievales de las que conocemos, con ese nivel de detalle, tanto la versión que quiso destruirla como la que, siglos después, la reivindicó.

V
Víctor Díaz

Autor de Historia Curiosa. Apasionado de la historia y de sus grandes preguntas: batallas, imperios, personajes y curiosidades que explican el mundo de hoy.