Belisario, el último gran general de Roma: reconquistó un imperio y murió olvidado

Belisario, el último gran general de Roma: reconquistó un imperio y murió olvidado

El general que llegó tarde a la historia

Cuando Belisario nació, hacia el año 500, el Imperio romano de Occidente ya no existía: Roma, Italia, Hispania, la Galia y el norte de África estaban en manos de reinos germánicos. Sobrevivía, en cambio, la mitad oriental, gobernada desde Constantinopla, rica, poblada y decidida a no resignarse a la pérdida. De aquel imperio superviviente saldría el hombre que estuvo a punto de dar marcha atrás a la historia y reconstruir el viejo mundo romano.

Belisario fue, probablemente, el mejor general de su siglo y uno de los más brillantes de toda la Antigüedad tardía. Con ejércitos pequeños y a menudo mal pagados, derrotó a persas, vándalos y ostrogodos, reconquistó Cartago y Roma, y salvó el trono de su emperador en una sola noche de motín. Y, sin embargo, su fama quedó eclipsada por la desconfianza del poder al que sirvió con lealtad.

Un imperio que soñaba con volver

El emperador que marcó su vida fue Justiniano I, que subió al trono en 527 con una ambición desmesurada: restaurar el Imperio romano en toda su antigua extensión, un proyecto que los latinos llamaban la renovatio imperii. Para hacerlo realidad necesitaba dinero, leyes y, sobre todo, un general capaz de vencer donde parecía imposible. Ese general fue Belisario, un joven oficial nacido en la frontera balcánica que ascendió con rapidez en la guardia imperial.

La época estaba llena de peligros. Al este acechaba el Imperio sasánida de Persia, la otra gran superpotencia del momento; al oeste, los reinos germánicos ocupaban las antiguas tierras romanas. Justiniano quería enfrentarse a todos ellos casi a la vez, una apuesta arriesgada que solo podía funcionar con un mando militar excepcional.

Justiniano I
El emperador Justiniano I, impulsor de la reconquista del Mediterráneo, en un mosaico de Rávena

Dara: vencer en inferioridad

La primera gran prueba de Belisario llegó frente al enemigo más temible de Bizancio. En el año 530, en la batalla de Dara, en la frontera de Mesopotamia, se enfrentó a un ejército persa muy superior en número. En lugar de lanzarse a un choque frontal, cavó trincheras, dispuso a sus tropas con inteligencia y esperó el momento exacto para contraatacar. El resultado fue una victoria resonante que anunció al mundo la llegada de un talento militar de primer orden.

Buena parte de su éxito se explica por un instrumento que él mismo forjó: una guardia personal de jinetes acorazados, reclutados y pagados por el propio general, que combinaban el arco de las estepas con la lanza pesada. Eran soldados profesionales, leales a su persona y adiestrados para maniobrar con una disciplina fuera de lo común. Con aquel núcleo de veteranos, Belisario podía suplir con calidad lo que casi siempre le faltó en cantidad, pues Constantinopla rara vez le confió los grandes ejércitos que sus campañas habrían merecido.

No todo fueron éxitos: al año siguiente, en Calínico, un combate mal planteado terminó en un revés. Pero Justiniano ya había visto suficiente. Belisario fue llamado a Constantinopla, donde el destino le tenía reservada una prueba muy distinta.

La noche que salvó el trono

En enero del año 532, la capital estalló. Lo que empezó como una disputa entre las facciones del hipódromo derivó en una revuelta general contra Justiniano: la llamada sedición de Niká, por el grito de victoria con el que se enardecía la multitud. Durante días, medio Constantinopla ardió y los amotinados llegaron a proclamar a otro emperador. Justiniano estuvo a punto de huir.

Según la tradición, fue la emperatriz Teodora quien lo convenció de resistir con una frase célebre: que la púrpura imperial era un buen sudario, es decir, que prefería morir gobernando antes que huir. Belisario y otro general, Mundo, tomaron entonces la iniciativa. Condujeron a sus tropas al hipódromo, donde se había concentrado la multitud, y sofocaron la revuelta en una matanza que, según los cronistas, dejó decenas de miles de muertos. El trono estaba salvado, y Justiniano quedó libre para lanzar su gran sueño de reconquista.

Teodora
La emperatriz Teodora, cuya firmeza durante la revuelta de Niká salvó el reinado de Justiniano

África en pocos meses

El primer objetivo fue el reino vándalo del norte de África, con capital en Cartago. En el año 533 Belisario embarcó un ejército relativamente modesto y desembarcó en la costa africana. En dos batallas decisivas, Ad Decimum y Tricamarón, deshizo el poder vándalo, entró en Cartago y capturó a su rey, Gelimer. En apenas unos meses, un reino que llevaba un siglo en pie se había desmoronado.

De regreso a Constantinopla, Belisario recibió el honor de un triunfo, la vieja ceremonia romana de la victoria, algo que ningún particular había celebrado en siglos. Fue la cima de su gloria pública. Pero la mayor de sus campañas aún estaba por empezar.

La reconquista de Roma

El segundo gran objetivo era Italia, corazón simbólico del viejo imperio, en manos de los ostrogodos. En el año 535 Belisario tomó Sicilia casi sin resistencia y cruzó a la península. Nápoles cayó tras un asedio, y a finales del 536 entró en Roma, devolviendo la ciudad eterna al dominio imperial después de sesenta años.

Los godos no se resignaron. En 537 el rey Vitiges puso sitio a Roma con un ejército muy superior. Durante más de un año, Belisario defendió las murallas con una guarnición reducida, rechazando asalto tras asalto y soportando el hambre y las epidemias. Cuando por fin los godos se retiraron, la iniciativa volvió a manos bizantinas. En 540 Belisario llegó ante Rávena, la capital goda. Los godos, desesperados, le ofrecieron proclamarlo emperador de Occidente. Belisario fingió aceptar para entrar en la ciudad sin lucha y, una vez dentro, la tomó en nombre de Justiniano, sin traicionarlo.

Guerra Gótica (535-554)
Mapa de la larga guerra por Italia entre Bizancio y los ostrogodos

La recompensa amarga

Aquel gesto de lealtad, en lugar de premios, le trajo sospechas. Un general capaz de rechazar una corona era, a ojos de un emperador receloso, demasiado peligroso. Justiniano lo llamó de vuelta y lo envió a la frontera oriental para frenar de nuevo a los persas. Mientras tanto, en Italia, un nuevo rey godo, Totila, deshizo buena parte de lo conquistado.

Belisario regresó a Italia hacia 544, pero esta vez sin apenas tropas ni dinero. Durante años libró una guerra desesperada y de escasos resultados, no por falta de talento, sino de recursos, hasta que fue relevado. Aún tuvo un último momento de gloria: en el año 559, ya anciano y retirado, salió de su descanso para organizar la defensa de Constantinopla frente a una incursión de jinetes esteparios que amenazaban la capital, y los rechazó con un puñado de veteranos y mucho ingenio.

Sus últimos años fueron agrios. En 562 se le acusó de participar en una conspiración; cayó en desgracia, se le confiscaron bienes y, aunque más tarde fue rehabilitado, murió en 565 sin haber recuperado del todo el favor imperial, el mismo año que su emperador Justiniano.

Leyenda y olvido

Siglos después, una leyenda quiso que Belisario hubiera acabado ciego y mendigando por las calles de Constantinopla, pidiendo una moneda a quienes pasaban. La escena inspiró cuadros célebres y se convirtió en símbolo de la ingratitud de los poderosos. No hay ninguna prueba histórica de que ocurriera: es un mito muy posterior. Pero se hizo popular precisamente porque encajaba con la verdad de fondo de su vida. Belisario devolvió a su imperio África e Italia, salvó a su emperador y nunca se rebeló contra él. Su recompensa fue la desconfianza y, con el tiempo, un injusto olvido frente a otros nombres más ruidosos de la historia militar.