Las bibliotecas encadenadas sujetaban sus libros con una cadena de hierro para que los lectores pudieran consultarlos en la sala sin llevárselos. La cadena era lo bastante larga para leer el libro en el pupitre, pero no para sacarlo del mueble. La costumbre se extendió por Europa en la Edad Media y duró siglos después de la imprenta. Según el historiador John Willis Clark, en Inglaterra se fue abandonando a lo largo del siglo XVIII, aunque en Liverpool todavía se encadenaron libros en 1815.
Por qué se encadenaban los libros
En la Edad Media los libros eran caros, y la cadena permitía dejarlos al alcance de los lectores sin arriesgarse a perderlos. Qué se encadenaba dependía de cada biblioteca. En 1289, la Sorbona, en París, estableció su biblioteca común con los libros encadenados «para la utilidad común de los socios» del colegio. En realidad eran dos bibliotecas. En la «grande» estaban encadenados los libros más consultados, que solo salían en casos excepcionales. Un estatuto de 1321 mandaba encadenar ahí el mejor libro que el colegio tuviera de cada materia. En la «pequeña» quedaban los duplicados, los libros poco consultados y los que se podían prestar con ciertas condiciones.
También los colegios ingleses lo pusieron por escrito. En 1350, los estatutos de Trinity Hall, en Cambridge, prohibieron vender, regalar o cambiar los libros del colegio, y prestarlos a quien no fuera miembro. Las obras de los doctores en derecho civil y canónico debían quedar en la biblioteca, «sujetas con cadenas de hierro para el uso común de los socios». Según Clark, esa regla se repitió, con cambios, en colegios de Oxford como New College (1400), All Souls (1443) y Magdalen (1479). En New College, los socios elegían cada año libros para su propio uso, y los que nadie elegía se encadenaban en la biblioteca común.
Las cuentas muestran lo que costaba. En 1563-1564, el St John’s College de Cambridge pagó tres chelines por ponerle cantoneras y bullones de metal a la anatomía de Vesalio y encadenarla, entre otras cosas. En 1638-1639, el gremio de los cirujanos barberos de Londres gastó 6 libras y 18 chelines en encuadernar y encadenar los libros de su nueva biblioteca. Solo de cadena compraron 72 yardas, unos 66 metros.
Cómo funcionaba la cadena
Hubo dos sistemas principales. En el que Clark consideraba más antiguo, los libros descansaban sobre pupitres inclinados, como atriles, y la cadena corría hasta una barra de hierro del mueble. Así siguen en la Biblioteca Malatestiana de Cesena, en Italia, y en la Librije de Zutphen, en los Países Bajos. En Inglaterra se impusieron después las estanterías con un pupitre delante, como en la catedral de Hereford.
En Hereford, cada cadena va sujeta por un extremo a la tapa delantera del libro, y por el otro, a una barra que corre por la base del estante. Así el libro se puede bajar y leer en el pupitre, pero no sacar del mueble. Clark, que describió estos muebles en 1901, cuenta que las cadenas son de eslabones de hierro martillado. Por lo general tienen en el medio un eslabón giratorio, probablemente para que no se retuerzan. Suelen medir entre un metro y 1,30 metros, según la altura del estante. Las barras se traban con cerradura, y una sola cerradura sirve para las de los tres estantes. Sacar un libro o agregar uno nuevo obligaba a retirar la barra y soltar todos los anillos: según Clark, «debió de ser una operación tediosa e incómoda».
Como la cadena va en la tapa delantera, los libros se guardan al revés que hoy, con el corte de las páginas hacia afuera y el lomo hacia el fondo. Según la catedral, así se pueden bajar y abrir sin tener que girarlos, y la cadena no se enreda.

Maldiciones contra los ladrones (y una que es falsa)
La cadena no era la única defensa. Muchos copistas medievales escribían en la primera o en la última página una maldición contra quien robara el libro. Por lo general lo amenazaban con la excomunión, la condenación o el anatema. Un manuscrito de los siglos XII y XIII lleva la nota de su donación a la abadía de Ter Doest, en Flandes. La nota declara anatema a quien se lo lleve, le corte una hoja o lo mutile. El escritor Marc Drogin recoge un verso latino rimado que lo resume: «Si quis furetur, anathematis ense necetur», que muera por la espada del anatema quien lo robe.
Con el tiempo, las maldiciones se volvieron costumbre. La rima inglesa «Steal not this book my honest friend» («No robes este libro, amigo honrado») da título a un estudio de la investigadora Lauren O’Hagan. Trata de las inscripciones en libros británicos de 1901 a 1914. Según ella, en la Edad Media estas maldiciones eran una amenaza seria, y a principios del siglo XX la mayoría se escribía por tradición.
Una maldición que circula mucho en internet, también en español, es falsa. La del ladrón al que el libro se le convierte en serpiente en la mano se atribuye a un monasterio de San Pedro de Barcelona. En realidad salió en 1909 en The Old Librarian’s Almanack, un folleto en broma del bibliotecario estadounidense Edmund Pearson. El folleto decía ser la reimpresión de uno muy raro de 1773. Hasta le daba una fuente a la maldición: un tal sir Matthew Manhan, que la habría visto escrita en latín en el monasterio. Según el folleto, Manhan la contaba en un libro de viajes de 1712. Varias publicaciones, entre ellas The New York Times, reseñaron el folleto en serio antes de que la broma se conociera.
Cuándo se quitaron las cadenas
La imprenta llegó a Europa a mediados del siglo XV. En China se imprimía desde mucho antes: el libro impreso con fecha más antiguo que se conserva completo, un Sutra del diamante de 868, apareció en una biblioteca emparedada de Dunhuang. Con la imprenta los libros se abarataron, pero las cadenas siguieron unos tres siglos más, aunque tenían sus problemas. En 1617, el Pembroke College de Cambridge rehízo su biblioteca porque los libros se dañaban por la inclinación de los pupitres y por el peso de las cadenas. Y en 1748, una guía de las universidades inglesas para extranjeros se quejaba de que los libros encadenados no se podían juntar ni siquiera dentro de la biblioteca. Estas son algunas de las fechas que reunió Clark:
| Año | Qué pasó |
|---|---|
| 1719 | El colegio de Eton ordena quitar las cadenas a los libros de su biblioteca, menos a los manuscritos de su fundador. |
| 1757 | La Biblioteca Bodleiana de Oxford empieza a quitarlas. |
| 1777 | El King’s College de Cambridge paga nueve días de trabajo de un hombre para quitar las cadenas de sus libros. |
| 1780 | Las quita el Brasenose College de Oxford. |
| 1792 | Las quita el Merton College de Oxford. |
| 1815 | Un marino, John Fells, dona 30 libras para fundar una biblioteca de teología en la iglesia de San Pedro de Liverpool. Los libros se sujetan a los estantes con barras y cadenas. |
En Francia, según Clark, la costumbre se había abandonado mucho antes. A principios del siglo XVIII, los autores del Voyage littéraire visitaron más de 800 monasterios y casi no mencionan las cadenas. Cuando lo hacen, se nota que les sorprendía que alguien las mantuviera. Hubo excepciones: la Facultad de Medicina de París, que mandó encadenar sus libros en 1509 después de unos robos, todavía tenía algunos con cadena en 1770.
Dónde se pueden ver hoy bibliotecas encadenadas
Pocas conservan sus muebles, sus cadenas y sus libros. La de la catedral de Hereford, del siglo XVII, es según la catedral la más grande que sobrevive con todas sus cadenas, barras y cerraduras. Hoy se ve tal como estaba entre 1611 y 1841. Dos de sus secciones las ocupan 229 manuscritos medievales, y el libro más antiguo y más importante de la catedral es un evangeliario del siglo VIII. Se visita en el edificio que se inauguró en 1996, junto con el Mappa Mundi, un mapa del mundo de hacia 1300.
En Inglaterra quedan otras. La de Grantham, sobre el pórtico sur de la iglesia de San Wulfram, la fundó en 1598 el clérigo Francis Trigge para el clero y los vecinos de la ciudad. Se la suele presentar como la primera de Inglaterra dotada para usarse fuera de una institución como una escuela o un colegio. Hoy le quedan 82 cadenas, y las barras y los estantes son de una restauración de 1884. La de la iglesia de Wimborne Minster, en Dorset, fundada en 1686, recibió en 1695 noventa libros de un vecino, Roger Gillingham. Según la web de la iglesia, puso dos condiciones: que se encadenaran y que la biblioteca abriera gratis para la gente del pueblo, siempre que fueran «tenderos o personas de mejor clase».
Zutphen y Cesena, dos bibliotecas de atriles
La Librije de Zutphen, en los Países Bajos, se construyó entre 1561 y 1564 junto a la iglesia de Santa Walburga. La idea fue de un administrador de la iglesia, Conrad Slindewater, que quería un lugar donde abogados, médicos y sacerdotes encontraran los libros de su oficio. La obra se hizo después de su muerte. Era una sala de lectura pública que abría casi todos los días, con sesenta llaves en circulación, y no prestaba ningún libro. Tras la Reforma protestante dejó de ser pública. Su catálogo de 1570 enumera 357 obras, de las que se conservan 105. Entre sus libros hay hoy una primera edición de De revolutionibus, el libro de Copérnico.

La Biblioteca Malatestiana de Cesena, en Italia, se construyó entre 1447 y 1452 y abrió en 1454. La iniciativa fue de los frailes del convento de San Francisco. Según el historiador del libro Anthony Hobson, el señor de la ciudad, Malatesta Novello, parece haber intervenido pronto: eligió al arquitecto y prometió libros por quinientos florines. Además dispuso que los libros fueran de la ciudad, no del convento ni de su familia.
Por eso la Unesco la cuenta entre las bibliotecas públicas más antiguas de Europa, y la describe como la única del siglo XV que sigue intacta. Sus 343 códices siguen en los mismos bancos de lectura, unidos a sus cadenas originales. Hobson contaba en 1970 que en toda su historia había perdido solo seis volúmenes: uno se lo llevó la Inquisición y dos, los comisarios de la República francesa. Desde 2005 está en el registro Memoria del Mundo de la Unesco.

Mitos sobre las bibliotecas encadenadas
| Lo que se cuenta | Lo que dicen las fuentes |
|---|---|
| Se encadenaban para que nadie los leyera | Era al revés: la cadena permitía dejarlos al alcance de los lectores. Los estatutos de los colegios hablan del «uso común» de sus miembros. |
| Todos los libros estaban encadenados | Dependía de cada biblioteca. En la Sorbona se encadenaban los más consultados y se prestaban los duplicados; en New College, los que los socios no se repartían. |
| Las cadenas desaparecieron con la imprenta | La imprenta llegó a Europa a mediados del siglo XV, y la Bodleiana de Oxford empezó a quitarlas en 1757. En Liverpool se encadenaron libros todavía en 1815. |
| La maldición del monasterio de San Pedro de Barcelona es medieval | La inventó el bibliotecario Edmund Pearson para un folleto en broma de 1909. |
Fuentes
Catedral de Hereford, «The Chained Library» (web oficial). John Willis Clark, The Care of Books (1901). Unesco, «The Malatesta Novello Library» (registro Memoria del Mundo). Lauren Alex O’Hagan, «Steal not this book my honest friend: Threats, Warnings, and Curses in the Edwardian Book», Textual Cultures 13, n.º 2 (2020). Iglesia de Wimborne Minster, «Chained Library» (web oficial). Wikimedia Commons, transcripción de la nota del manuscrito 78 de la Biblioteca Pública de Brujas (Ter Doest).
Wikipedia en inglés: «Chained library», «Book curse» (con Marc Drogin, Anathema!, 1983), «Edmund Pearson», «Francis Trigge Chained Library», «Hereford Cathedral», «Malatestiana Library» (con Anthony Hobson, Great Libraries, 1970) y «Diamond Sutra». Wikipedia en neerlandés: «Librije (Zutphen)».




