La historia que casi todo el mundo conoce dice que Hitler se negó a estrecharle la mano a Jesse Owens en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, furioso por ver a un atleta negro humillar a sus atletas arios delante del mundo. El propio Owens, muchos años después, insistió en que esa historia estaba mal contada, y en que el desaire real venía de mucho más cerca de casa.
Cuatro medallas de oro delante de Hitler
En Berlín, Owens ganó los 100 m (10,3 s), el salto de longitud (8,06 m), los 200 m (20,7 s) y el relevo 4 × 100 m, en el que su equipo batió el récord mundial. Cuatro medallas de oro que nadie volvería a igualar en las mismas pruebas hasta Carl Lewis, en 1984. El público alemán, sobre todo las jóvenes aficionadas, lo perseguía por las calles gritando «¿Dónde está Jesse?» y llegó a necesitar escolta militar para protegerse de quienes querían arrancarle un trozo de su ropa como recuerdo. Incluso Adi Dassler, el futuro fundador de Adidas, lo visitó en la villa olímpica para convencerlo de correr con su calzado: fue el primer contrato de patrocinio deportivo que firmó un atleta afroamericano.

¿A quién saludó Hitler, y a quién no?
Desde el primer día de competencia, Hitler solo había estado saludando personalmente a los atletas alemanes que ganaban medalla. El Comité Olímpico Internacional le hizo ver que eso no podía ser: debía saludar a todos los medallistas sin distinción, o a ninguno. Hitler eligió la segunda opción y dejó de asistir a las entregas de medallas, semanas antes incluso de que Owens ganara nada. Algunos historiadores señalan además que ese día en particular amenazaba lluvia, lo que también pudo pesar en la decisión. Sea como sea, la imagen que quedó fue la de un desaire personal contra Owens.
Sobre si hubo o no un saludo privado, las versiones se contradicen y ninguna está confirmada del todo: un piloto británico aseguró en 2014 haber visto a Hitler estrecharle la mano y felicitarlo; un periodista alemán afirmó en 2009 que Owens guardaba una foto de ese saludo, aunque la foto nunca ha aparecido; y un diario de Baltimore reportó en 1936 que Hitler le había enviado una fotografía dedicada. Ninguna de las tres se puede dar por probada.
El amigo alemán que le ayudó a ganar
La mejor parte de la historia no tiene nada de ambigua. En la clasificación de salto de longitud, Owens llegó a fallar sus dos primeros intentos y estaba a un paso de quedar eliminado. Quien se le acercó a darle un consejo técnico que le salvó el pase a la final fue su rival alemán, Luz Long, el atleta rubio y de ojos azules que el régimen nazi había puesto como ejemplo de superioridad aria. Al día siguiente, en la final, Long hizo su mejor marca personal y aun así perdió el oro ante Owens; fue el primero en felicitarlo y posó con él para las fotos. Los dos mantuvieron correspondencia hasta que Long murió en 1943, combatiendo en Sicilia. En su última carta le pidió a Owens que, terminada la guerra, buscara a su hijo pequeño y le contara «qué tiempos eran cuando no estábamos separados por la guerra». Owens cumplió: viajó a Alemania, encontró al niño ya adulto y más tarde fue su padrino de bodas.

El desaire que sí ocurrió
De vuelta en Estados Unidos, Owens descubrió que había tenido más libertad en la Alemania nazi que en su propio país: allí podía hospedarse en cualquier hotel, mientras que en casa debía alojarse en los hoteles segregados reservados para afroamericanos. En el desfile que Nueva York le organizó por la Quinta Avenida, alguien le entregó una bolsa de papel que resultó tener 10 000 dólares en efectivo, sin que nunca se supiera quién la había dejado. Para llegar a la celebración posterior en el hotel Waldorf-Astoria, tuvo que subir por el montacargas de servicio. Y el presidente Franklin D. Roosevelt, pese a sus cuatro medallas, jamás lo invitó a la Casa Blanca ni le envió una sola felicitación.
Fue precisamente por eso, ya de vuelta, cuando Owens empezó a decir en público que Hitler no lo había despreciado. Conviene saber en qué contexto lo dijo: para entonces se había afiliado al Partido Republicano y cobraba por hacer campaña entre votantes afroamericanos a favor de Alf Landon, el rival de Roosevelt en las elecciones de 1936. En un mitin en Baltimore declaró: «Algunos dicen que Hitler me despreció. Pero yo les digo que no lo hizo (…) el presidente no me envió ningún mensaje de felicitación». Días después, en Kansas City, lo repitió: «Fue nuestro presidente el que lo hizo. El presidente no me envió ni un telegrama».

Owens tampoco salió indemne de su propio país después de los juegos: cuando intentó sacarle provecho económico a su fama, las autoridades atléticas estadounidenses le retiraron el estatus de amateur y acabaron con su carrera deportiva. Terminó ganándose la vida corriendo contra caballos de carreras en espectáculos de feria. «La gente decía que era degradante», declaró años después, «pero tenía cuatro medallas de oro y no podía comérmelas».




