El 12 de septiembre de 1683, sobre las colinas boscosas que dominan Viena, se decidió el rumbo de la historia de Europa central. Tras dos meses de asedio, la capital de los Habsburgo estaba a punto de rendirse ante el mayor ejército que el Imperio otomano había reunido en generaciones. Cuando parecía que las murallas cederían de un momento a otro, un ejército de socorro apareció por el oeste y lanzó una carga de caballería tan colosal que quedó grabada como la mayor de la que se tiene noticia. Aquella jornada marcó el punto de inflexión entre el avance otomano y su lento repliegue del continente.
El sultán llama a las puertas de Europa
Durante siglos, el Imperio otomano había sido la potencia expansiva por excelencia. En 1683, bajo el sultán Mehmed IV y con el gran visir Kara Mustafá al frente de las operaciones, un ejército inmenso, que las fuentes cifran en muchas decenas de miles de hombres, remontó el Danubio con un objetivo ambicioso: Viena, la llave de Europa central y sede del Sacro Imperio. Tomarla habría abierto de par en par el corazón del continente.
El emperador Leopoldo I, incapaz de defender la ciudad con las fuerzas disponibles, abandonó Viena junto a buena parte de la corte antes de que llegaran los otomanos. A mediados de julio, la enorme hueste turca plantó sus tiendas alrededor de las murallas y comenzó el asedio. Para muchos contemporáneos, la caída de la ciudad parecía solo cuestión de semanas.

Dos meses bajo tierra
La defensa de Viena recayó en el conde Ernst Rüdiger von Starhemberg, al mando de una guarnición reducida frente a la marea otomana. Las murallas modernas de la ciudad, diseñadas en forma de estrella para resistir la artillería, eran sólidas, así que los sitiadores optaron por una guerra de zapa: en lugar de lanzar asaltos frontales, cavaron galerías bajo las fortificaciones para volarlas con minas de pólvora.
Durante semanas se libró una lucha subterránea y desesperada. Los otomanos excavaban túneles y hacían estallar tramos de muralla; los defensores contraminaban, tapaban brechas y rechazaban asaltos una y otra vez. Dentro de la ciudad, el hambre y la enfermedad hacían tantos estragos como los cañones. A comienzos de septiembre, con las defensas cada vez más maltrechas y la guarnición exhausta, Viena estaba al límite de sus fuerzas.
La Liga Santa acude al rescate
Mientras la ciudad agonizaba, se gestaba su salvación. El papa Inocencio XI había impulsado y financiado una Liga Santa para frenar el avance otomano, y su pieza clave era un tratado entre el emperador Leopoldo y el rey Juan III Sobieski de Polonia y Lituania, uno de los mejores generales de su tiempo. A la llamada acudieron también tropas imperiales al mando de Carlos V de Lorena y contingentes de varios estados alemanes, como Sajonia y Baviera.
Reunidos en las cercanías de Viena, aquellos ejércitos formaron una fuerza de socorro de varias decenas de miles de hombres. El mando supremo se confió a Sobieski, cuyo prestigio militar era enorme. Las tropas aliadas ascendieron trabajosamente por los bosques del Kahlenberg, las alturas que dominan la ciudad desde el noroeste, para caer sobre la retaguardia otomana. Kara Mustafá, confiado en tomar Viena antes de que llegaran, se vio de pronto atrapado entre las murallas que asediaba y el ejército que descendía de las colinas.

La batalla en las colinas de Kahlenberg
Al amanecer del 12 de septiembre comenzó la batalla. Los aliados fueron descendiendo del Kahlenberg entre viñedos, barrancos y aldeas, en un terreno difícil que obligaba a combatir palmo a palmo. Durante la mañana y buena parte de la tarde, la infantería imperial y alemana del centro y del ala izquierda fue empujando poco a poco las líneas otomanas, que resistían con dureza mientras Kara Mustafá trataba de mantener a la vez el asedio y la batalla campal.
El gran visir cometió el error de no concentrar todas sus fuerzas contra el ejército de socorro, dividiendo su atención entre la ciudad y las colinas. A medida que avanzaba la jornada, la presión aliada iba desgastando a los defensores otomanos y desorganizando su despliegue. El escenario estaba listo para el golpe decisivo.
La mayor carga de caballería de la historia
Al caer la tarde, Sobieski reunió en el ala derecha una masa de caballería de alrededor de dieciocho mil jinetes, encabezada por su arma más temida: los húsares alados polacos. Aquella caballería pesada, célebre por las grandes estructuras emplumadas que llevaban sujetas a la espalda y por su capacidad de romper cualquier formación, se lanzó ladera abajo contra el centro otomano en una carga descomunal, considerada por muchos historiadores la mayor de la historia.
El impacto fue demoledor. Las líneas otomanas, ya agotadas por horas de combate, no pudieron resistir el choque y se desintegraron. En cuestión de poco tiempo, el gigantesco ejército sitiador se convirtió en una masa en fuga. Viena, que llevaba dos meses al borde del abismo, quedó liberada esa misma tarde.

El día después y la leyenda
La derrota otomana fue total. En su huida, los turcos abandonaron el campamento con sus tiendas, cañones, provisiones y hasta sacos de café. Kara Mustafá logró retirarse, pero pagó cara su responsabilidad: pocos meses después fue ejecutado en Belgrado por orden del sultán, estrangulado con un cordón de seda, el castigo reservado a los grandes dignatarios caídos en desgracia.
Viena de 1683 fue mucho más que la salvación de una ciudad. Marcó el comienzo del largo retroceso otomano en Europa central: en los años siguientes, la Liga Santa arrebató al imperio buena parte de Hungría en el transcurso de la llamada Gran Guerra Turca. En torno a la batalla florecieron toda clase de leyendas populares, como que el cruasán se creó imitando la media luna otomana o que los cafés vieneses nacieron de los sacos capturados; se trata de tradiciones pintorescas de dudoso fundamento. Lo que sí quedó para la historia fue la frase con la que Sobieski, parafraseando a César, resumió su victoria: vinimos, vimos y Dios venció.
