El heredero inesperado
Cuando Cayo Octavio nació en el año 63 a. C., nada anunciaba que aquel niño de familia acomodada pero provinciana acabaría gobernando el mundo conocido. Su padre había sido senador, pero fue su madre, Acia, sobrina del gran Julio César, quien lo emparentó con el hombre más poderoso de Roma. El destino se aceleró el 15 de marzo del año 44 a. C.: un grupo de senadores apuñaló a César en plena sesión, convencidos de que salvaban la República de un aspirante a rey. Octavio, que entonces tenía dieciocho años y se formaba en la ciudad de Apolonia, en el Adriático, recibió la noticia junto con otra aún más asombrosa.
El testamento de César lo adoptaba como hijo y lo convertía en su principal heredero. En Roma, un nombre valía tanto como un ejército, y el joven pasó a llamarse Cayo Julio César Octaviano. Los veteranos de César y buena parte del pueblo veían en él la sombra del líder asesinado. Frente a políticos veteranos como Marco Antonio, que esperaba capitalizar la herencia del dictador, aquel muchacho parecía una presa fácil. Se equivocaban todos: bajo su aparente fragilidad se escondía una paciencia fría y un instinto político que asombraría a sus contemporáneos.
Sangre y alianzas: el Segundo Triunvirato
La Roma de aquellos años era un polvorín. Los asesinos de César, encabezados por Bruto y Casio, controlaban parte de las provincias orientales, mientras Marco Antonio maniobraba en Italia. Octaviano hizo lo que nadie esperaba: en lugar de enfrentarse solo, negoció. En el año 43 a. C. selló con Marco Antonio y Lépido el llamado Segundo Triunvirato, una alianza legalizada para repartirse el poder y vengar a César.
El pacto tuvo un precio atroz. Los triunviros elaboraron listas de proscripción: cientos de senadores y caballeros fueron declarados enemigos públicos, ejecutados y despojados de sus bienes. Entre las víctimas estuvo el gran orador Cicerón. Con las arcas llenas y los rivales silenciados, los triunviros persiguieron a los conjurados. En el año 42 a. C., en las llanuras de Filipos, en Macedonia, derrotaron a Bruto y Casio, que se suicidaron. La causa de los asesinos de César quedaba aniquilada.
Pero una alianza entre ambiciosos rara vez dura. El mundo romano quedó dividido: Antonio se quedó con el rico Oriente, Octaviano con Occidente y el difícil control de Italia, y Lépido, cada vez más marginado, con África hasta ser apartado por completo. La convivencia se tensó cuando Antonio se unió política y sentimentalmente a Cleopatra, la reina de Egipto.
Accio: el último rival
Octaviano supo convertir esa relación en un arma de propaganda. Presentó a Antonio como un romano corrompido por el lujo oriental, un hombre sometido a una reina extranjera que soñaba con trasladar el centro del poder a Alejandría. La República, insinuaba, debía defenderse de esa amenaza. Con esa narrativa logró que Roma declarase la guerra a Cleopatra y, de paso, a Antonio.
El desenlace llegó el 2 de septiembre del año 31 a. C., frente a las costas de Grecia, en la batalla naval de Accio. La flota de Octaviano, dirigida por su hábil general y amigo Marco Vipsanio Agripa, cercó a las fuerzas de Antonio y Cleopatra. En plena batalla, la reina egipcia ordenó la retirada de sus naves y Antonio la siguió. Fue una derrota tanto militar como moral. Al año siguiente, acorralados en Egipto, ambos se quitaron la vida. Egipto, el reino más rico del Mediterráneo, pasó a manos de Octaviano, que a los treinta y dos años se quedaba sin rivales.

La gran ficción del año 27 a. C.
Aquí empieza la jugada más astuta de toda su carrera. Octaviano había visto cómo el pueblo romano odiaba la palabra rey y cómo el propio César había muerto precisamente por parecer uno. En lugar de proclamarse monarca, hizo lo contrario: en el año 27 a. C. anunció ante el Senado que devolvía sus poderes extraordinarios y restauraba la República. Fue un gesto teatral y calculado.
El Senado, agradecido y temeroso a partes iguales, le rogó que siguiera al frente del Estado y le concedió un nuevo nombre: Augusto, es decir, el venerable, el consagrado. A cambio de renunciar formalmente al poder, Augusto lo recibió todo envuelto en legalidad. Conservó el mando sobre las provincias donde estaban las legiones, acumuló la potestad tribunicia que lo hacía inviolable y se presentó simplemente como princeps, el primer ciudadano. La República seguía existiendo sobre el papel, con sus cónsules, su Senado y sus asambleas; pero todos los resortes reales del poder estaban en una sola mano.
Este sistema, que los historiadores llaman Principado, fue una obra maestra de ambigüedad. Augusto nunca se llamó rey ni emperador en el sentido moderno; gobernó como un magistrado más, respetando las viejas formas mientras vaciaba su contenido. Esa ficción permitió a Roma pasar de la República al Imperio casi sin darse cuenta.
El arquitecto de la paz
Con el poder asegurado, Augusto dedicó cuatro décadas a reconstruir un Estado agotado por casi un siglo de guerras civiles. Reorganizó el ejército y lo profesionalizó, fijando plazos de servicio y recompensas para los veteranos. Creó la Guardia Pretoriana, un cuerpo de élite al servicio del príncipe. Reformó la administración de las provincias, ordenó censos para mejorar la recaudación y tejió una red de calzadas y un servicio de mensajería que unió el vasto territorio.
Su reinado inauguró la llamada Pax Romana o Paz Augusta, un largo periodo de estabilidad interior que permitió florecer el comercio y las artes. Augusto presumía de haber encontrado una Roma de ladrillo y haberla dejado de mármol: financió templos, foros, teatros y monumentos como el Ara Pacis, el altar de la paz. Impulsó también a poetas como Virgilio, cuya Eneida daba al nuevo régimen un glorioso pasado mítico.
No todo fueron éxitos. En el año 9 d. C., tres legiones al mando de Varo fueron aniquiladas por los germanos en el bosque de Teutoburgo, un desastre que fijó para siempre la frontera romana en el Rin. Se cuenta que Augusto, desolado, golpeaba su cabeza contra las paredes clamando por sus legiones perdidas.

El legado de un nombre
Augusto murió en el año 14 d. C., tras más de cuarenta años al frente del Estado. Antes de morir, según la tradición, preguntó a sus amigos si había representado bien su papel en la comedia de la vida. La pregunta resume a la perfección a un hombre que hizo de la política un teatro permanente. Dejó redactado un balance de sus logros, las Res Gestae Divi Augusti, que se grabó en bronce y piedra por todo el Imperio.
Le sucedió su hijastro Tiberio, y con él quedó claro que el poder ya se heredaba dentro de una familia, como en una monarquía. El Senado divinizó a Augusto, que pasó a ser venerado como un dios. Su huella fue tan honda que su nombre y su título sobrevivieron durante siglos: los emperadores posteriores se llamarían augustos y césares, y hasta el octavo mes del año, agosto, lleva su nombre en su honor.
La gran paradoja de Augusto es que fundó un imperio jurando defender la República. No conquistó el poder con un golpe brutal, sino con paciencia, propaganda y una habilidad incomparable para dar a cada gesto la apariencia contraria a su verdadero fin. Fingió devolver la libertad a Roma y, al hacerlo, se quedó con ella para siempre.
